martes, 31 de agosto de 2010

La pesada lápida de la tradición


Hace algunos días fui invitado a presentar mi libro “De ida y vuelta” a un tecnológico. Luego del evento platicamos un unas amigas, historiador y yo. En un momento dado dije la palabra pisca y el historiador –un señor canoso y muy propio- me detuvo en seco. Me explico que no podía permitirme continuar mi plática porque había cometido un error garrafal. Se decía “pishca” y no pisca. Porque el termino nahua correcto era con X. Que en ningún diccionario vendría eso, pero que sus años de estudiar náhuatl así se lo decían. Ahí comenzó el calvario donde el peso de la tradición “nahuatlata” constantemente corregía o reposicionaba momentos históricos y formas de pensamiento. (“No se dice Tlaloc, se dice Tlaloctli, porque es un barbarismo español…”)
El nacionalismo es en si mismo una posición machista, porque no permite disentir, evolucionar, dejar el pasado para poder continuar con el futuro. No se voltea al pasado para verse, para encontrarse, sino para cargar una pesada lápida que reduce la vista hacia el futuro. Todos estos santones que recurren constantemente al pasado, que sacan versiones facsimilares de escritos que ya se han visto una y otra vez en realidad tienen una posición de padres yo-lo-sé-todo. Al erigirse como los guardianes de la tradición crean un círculo cerrado al cual solo es posible acceder observando las disposiciones del pasado que ellos enaltecen.
Con el pasado no tengo problema. Es más, es deseable que estas fechas sirvan para releerlo, revalorarlo y repensarlo. El verdadero problema es cuando se convierte en el único camino. Cuando el arte, la literatura, la música están atados a ideas ya superadas. En Tlaxcala, como en muchos otros estados, sufrimos de este envenenamiento donde constantemente nos obligan a regresar sobre nuestros pasos.
Con todo respeto, pero cuando el muralismo comenzó en el estado en México y el mundo ya era un arte residual, que por lo mismo había perdido toda su potencialidad disruptiva. De la misma manera que leer ensayos donde se compara a cierto escritor local con Jack London tampoco tienen razón de ser. El reto para las nuevas generaciones es conservar la juventud de viejos como Carlos Zerpa o Tom Waits.

lunes, 23 de agosto de 2010

Ahora que somos tantos


Alejandro Ipatzi es un escritor atípico en México. Es un tipo culto, vivaz, con una prosa bella, elegante y contundente. Lo que podría hacernos pensar en un hombre con doctorados y maestrías, este estereotipo de saco de pana y plática salpicada de mamonería. Pero Ipatzi es todo menos eso. Es un personaje que hasta pocos años vestía de negro completamente y que correspondía más bien al clice metalero rudo intransigente, sin caer en esto último.
Si bien es cierto que ha cambiado un poco físicamente con los años su larga cabellera rizada y negra sigue incólume, y su forma metalera de vivir sigue siendo su signo. Cuando digo metalera, más bien me refiero a lo punk, al “hazlo tú mismo”. Alejandro ha impulsado con sus libros artesanales (tan mal vistos en los escritores institucionales) a varios escritores en ciernes, además de hacerse llegar el sustento con ellos.
El Perro su editorial, siguen sacando a la luz, vía fanzine, vía libros artesanales, lo que a Alejandro Ipatzi le parece digno de mostrar. A diferencia de otros escritores Ipatzi no tiene empacho en autopromoverse, publicarse, leer como enfebrecido y darse tiempo de enloquecidos proyectos como conciertos, encuentros y proyecciones de cine.
Su nuevo libro “Ahora que somos tantos” es un cuentario que resume perfectamente lo que las clases proletarias, jodidas de Tlaxcala viven a diario. Claro, no faltan los guiños a los libros de terror que tanto disfruta (“Amatophobia”), ni a la clase media enloquecida por tener un status. Como lo revela el cuento que le da nombre al volumen. Varios de sus textos son estrujantes, te vana envolviendo en su trama, en sus palabras, en su ritmo hasta que te asaltan para no soltarte.
La muerte, la fatalidad están contenidos en estos cuentos de escuetas páginas. Ipatzi nos muestra su mundo, la mirada de quien no se vanagloria de sus estudios y de los conocidos que tiene en el mundo de la literatura. Sino que muestra que conoce a la gente de la que habla. Un libro excelente, que deberá reeditarse muchas veces en muchos lados.

jueves, 12 de agosto de 2010

Bienvenido

Perdi la clave de mi gmail pasado, pero continuare subiendo mi trabajo a este nuevo blog, mismo nombre.