viernes, 23 de diciembre de 2011

Impronunciable

En la larga lista de películas de ciencia ficción de culto, existen cuando menos dos nombres que se repiten, uno de ellos es Charlton Heston y el otro, por supuesto, Arnold Schwarzenegger. Ambos de derecha, ambos héroes por antonomasia, ambos malos actores, en especial el austriaco, que a pesar de los años sigue teniendo un acento terrible, que lo nota hasta el que menos sabe del idioma inglés.

Heston ha protagonizado Soylent Green, conocida en nuestro país como Cuando el destino nos alcance (USA, 1973) y El planeta de los simios (USA, 1968). Entre muchas otras de desastres que lo convirtieron en el héroe bíblico que promueve el uso de las armas y la desaparición de los inmigrantes.

El caso de Schwarzenegger es peculiar, porque es un inmigrante, que lo único que tenía al llegar era un cuerpo tallado en el gimnasio, un rudo acento alemán y muchas ganas de sobresalir. "El comienzo fue muy difícil para mí. Me dijeron los agentes y en los casting que mi cuerpo era muy extraño y que tenía un acento gracioso y que mi nombre era muy largo. Me dijeron que tenía que cambiarlo. Básicamente, en cualquier sitio que me presentaba, me decían que no tenía ninguna oportunidad.” Afirmó esto en una entrevista para Ask to hace ya algunos ayeres.

Pero pronto llegaría el éxito, con Conan el Bárbaro (USA, 1982), película caída del cielo para sus nulas dotes actorales. Lo único que tenía que hacer era gruñir como un bárbaro cimeriano, mostrar su cuerpo y decir algunos diálogos breves. Filmada en España, con un gran crew español, la película pronto se hizo famosa.

Schwarzenegger fue puesto en una buena plataforma para ser llamado a posibles proyectos. El éxito y consolidación total vino cuando James Cameron (aquel Cameron que extrañamos, no el melodramático y chillón de ahora), lo llamó para protagonizar la cinta de culto Terminator (USA, 1984). Otro papel que casaba a la perfección con sus reducidas capacidades. Aquí haría el personaje de un asesino cibernético que a lo sumo dice “volveré”, que con su acento se oía verdaderamente temible.

La cinta coronó una andanada de películas distópicas llamadas ciberpunk o Technoir, en honor al antro donde se conocen los tres personajes principales de la historia. Huelga decir que Linda Hamiltón se posicionó mejor en su carrera, Cameron como director taquillero y Arnold como personaje emblemático.

Luego vino Comando (USA, 1985) prescindible película de acción que salió para hacerle un poco de sombra a Firts Blood (USA, 1982) de su eterno competidor Sylvester Stallone. Curiosamente, el video juego Contra, desarrollado por Konami, reúne a estos dos personajes sin decirlo expresamente. El videojuego fue un éxito de farmacias y “chispas” durante varios años.

En el 87 vendrían un par de películas más que usarían su tosca forma de actuar para ayudarle. Las dos de ciencia ficción y las dos de culto. Una mejor que la otra. The running Man (USA, 1987) basada vagamente en la novela de Stephen King/Richard Bachman, donde un gobierno maligno gringo (algo así como el de los Bush) crea noticas falsas y mantiene a la gente alelada con un programa muy violento de concursos conocido como The running Man. Huelga decir, Arnold golpea a los malos, casi todos inmigrantes, ya sea japoneses, rusos, alemanes, italianos y se queda con la guapa del cuento, en este caso María Conchita Alonso.

Pero sería Predator (USA, 1987) en que se consolidaría como el héroe perfecto de toda una nueva generación. Película filmada en México, pero supuestamente ambientada en Sudamérica. En ella sale uno de los extraterrestres más memorables de la cinematografía. Schwarzenegger se las arregla para darle de palazos y sobrevivir a una bomba nuclear.

Es con el holandés Paul Verhoeven, que el austriaco viene a dar otro golpe al imaginario de los noventas, que apenas empezaban. Total Recall (USA, 1990), basado en un cuento de Philip K Dick de la misma manera vaga, casi anecdótica que hace Hollywood con los grandes autores. Filmada en su mayor parte en México, utilizando el metro Chabacano e insurgentes y los estudios Churubusco como principales espacios. En ella se cuenta la rebelión marciana en un futuro próximo. La idea de que el líder revolucionario sea un mutante parasitario, casi mítico, llamado Kuato, es genial y emparentada con el cuento ciberpunk de Johnny Mnemonic de William Gibson, donde un delfín super inteligente es el líder de otra rebelión. Los puristas se enojan por esta adaptación, si viene es cierto que retoma sola una parte muy pequeña del cuento del jefe Dick, la verdad es que la cinta no desmerece. Además de que nos enseña en nuestra cara que la ciudad de México es en sí una urbe postapocalíptica, o cuando menos decadente.

Es presionado por el éxito y luego de escribir un buen guión (no como el de Titanic o el de Avatar), que Cameron decide hacer de nuevo mancuerna con Schwarzenegger y Hamilton y revivir al exterminador. Terminator 2: Judgment Day (USA, 1991). Con esta cinta se cierra lo que podríamos llamar el ciberpunk en el cine. Atrás quedan cintas como Mad Max, El Guerrero de la carretera, Cartas de un hombre muerto, entre muchas otras. Habrá muchas más, pero solo ubicarán al hombre en espacios tecnológicos decadentes, sin la profundidad e innovación de estas que vieron su esplendor en los ochentas.

Como explica el escritor Mark Dery, T2 es, además de una cinta de acción, un compendio de géneros invertidos. La maquina masculina en realidad cumple la función de una madre y la madre humana de un padre ausente. La relación con las máquinas se ve reflejada con años de antelación. Edward Furlong, el actor que protagonista al futuro líder de la resistencia, John Connor, no es que sea un genio tecnológico, es que desde su misma concepción las máquinas están en relación con él. Pero las máquinas en sí no son malas o buenas, es el uso de la tecnología del hombre que lo acaba destruyendo. El exterminador acostumbrado a matar puede dejar de hacerlo cuando Connor se lo pide.

Arnold Schwarzenegger más tarde realizaría un par de cintas donde se tomaría en broma él mismo. Nada extraño, si vemos que la comedia se le da también. La incomprendida y veneno en taquilla The last Action Hero (USA, 1993) es un cine dentro del cine que grandes maestros ya habían hecho. Sin embargo, el público no entendió la burla y las referencias, por lo que la cinta apenas pudo recuperarse cuando llego a renta y venta. True Lies, (USA,1993) de su amigo James Cameron es una vuelta de tuerca a las cintas de espionaje y balazos tan en boga en el cine de acción.

Luego Arnold Schwarzenegger comenzaría a necear con la política y a escoger cintas tan olvidables como Eraser (USA, 1996) y la muy mala Batman y Robin (USA,1997). Que vendría a sepultar su carrera y la franquicia.

Schwarzenegger intenta regresar ahora, abandonó la política luego de dejar hecho trizas el estado de California, con un hijo latino producto de su relación extramarital con su empleada doméstica y una carrera que puede levantar o hundirse rápidamente. Debe recordar que a pesar de ser un pelmazo, tiene un buen estatus de héroe, de escoger buenos proyectos, de aliarse con buenos directores. Debe entender que ya está viejo, que lo suyo ya no es la acción física. Ahora esperemos que lo haga bien, porque sus zapatos no los ha llenado nadie.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Provocaré un diluvio de Arturo J. Flores


Uno de los principales problemas que le encuentran a “Provocaré un diluvio” los entendidos en literatura es saber si es crónica, novela o cuento. “Es que no se define”, me dijo a bocajarro un colega escritor. ¿Y cuál es el problema?, me respondí. Provocaré… es un libro que reúne las crónicas diarias (o cuando menos muy cercanas al día de los hechos), al surgimiento y posterior auge de un grupo de metal integrado por mujeres. La relación entre su manager-cronista y las chicas inicia de una frase casi inocente: “Ya vuélvete nuestro mánager, cabrón.”
De ahí surgen una serie de híbridos literarios que tocan lo mismo el cuento, la crónica, la novela, que la nota periodística y la simple entrada al blog, es decir, la escritura automática. Arturo J. Flores, curtido en las páginas de las revistas musicales, es un escritor atípico, porque si bien ha asistido a diferentes talleres literarios, no se ha formado como tal. Lo cual es para mí un punto a su favor, ya que abre nuevas posibilidades alejadas del canon. Flores no se detiene a pensar si lo que hace está quebrando leyes, si es socialmente responsable, si hablar de heavy metal es vendible (¡dios mío!, demodé, eso fue de los ochentas), si su relato de un grupo de “casi famosas” podría tener un público, si le gustaría a los críticos del Reforma, Jornada o Milenio.
Flores simplemente se deja llevar por el fragor de las tocadas en lugares alejados de la periferia y nos brinda desde el punto de vista del conocedor, o sea él, los datos suficientes para comprender por qué tal evento o situación es de relevancia y nos muestra, a los ignotos, que la Ciudad de México alberga un mundo metalero con sus propios signos, templos y feligreses.
Arturo J. Flores crea personajes entrañables, tridimensionales, basados en la realidad, es cierto, pero novelizados. Flores sabe fijarse en el detalle, sabe encontrar la fraternidad en un gremio que supuestamente está basado en el odio. Sabe desnudar a sus protagonistas y mostrarlas como seres humanos y no como las caricaturas que se convirtieron los mismos dioses sagrados del metal. Sabe encontrar la anécdota que humaniza, desde el roquero provincia que muere a costa de su pequeña fama, hasta la fan que persigue a Iron Maiden por el mundo.
Uno de los problemas que le encuentro al libro es que parece ser que no ató todos los hilos y algunos hechos o ideas se reiteran. O simplemente quiso dejarlo tal cual fue saliendo, respetando el mood del momento.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Efímera de Miguel Antonio Lupián Soto


El relato corto es muy difícil de vender, a las editoriales el cuento les parece poco comercial, poco manejable. Lo que es una ironía, porque en los suplementos culturales de todo el país es lo que te piden. Ya no se diga en las revistas que publican algo literario, como Playboy, Luvina y algunas más. Lo que se vuelve más tortuoso es que entre más breve mejor. Entonces comienzas haciendo cuento y debes terminar de novelista si quieres salir del ring protegido de las editoriales estatales. Porque se supone que el cuento no es un género en sí, sino simplemente un adiestramiento para ahora si ser escritor. Por eso, además de la inteligencia, el trabajo de relojero con las palabras, es valeroso quien hace relato y mucho más el que hace breves.
Eso ya le da un plus al libro de Lupián Soto, pero tiene más agravantes. Es fantástico y algunos se inscriben en la etiqueta del terror, lo cual lo convierte en un paria, porque los escritores “serios” no hacen eso. Pero el autor lo hace bien. Efímera es un universo en sí mismo, un mundo que tiene algunas zonas de contacto con la literatura gótica clásica (el caso de Clarimonda) y desde la breve ficha curricular, con el omnipresente Lovecraft. Pero también tiene en común y mucho, con los escritores tangenciales mexicanos, como Francisco Tario (tan llevado y traído en estos días cuando antes nadie se acordaba de él) y Amparo Dávila.
Como otros escritores de su generación, el cine es materia prima de su literatura. Lo cual se refleja, no en una narración cinematográfica, sino en que los escenarios mostrados nos recuerdan a sitios en donde hemos estados desde una butaca de cine. Como ejemplo, dos títulos: “Empresa Transnacional solicita” y “El blues del zorro”. Este último recuerda a las irreverentes caricaturas de los treinta y cuarenta.
Lupián crea minificciones ácidas, burlonas, como las de “Boda química”, donde el matrimonio y el amor son pasados a cuchillo. Por cierto, humor que no menudea en el resto de las narraciones.
Cuando menos tres cuentos son propicios para antologarse por su contundencia: “La Gotera” cruel, preciso, “El ladrón de fotografías” kafkiano y “Primera entrada al diario de un ciego”, que me recordó veladamente a Borges.
Lo malo del libro es su distribución, a pesar de la cuidada labor del editor y del propio escritor el libro encontrara problemas para estar en librerías al tratarse de una editorial pequeña (Samsara). Pero Efímera buscará a sus lectores.

martes, 29 de noviembre de 2011

Su número en Acapulco

Then she gave me a $200 tip
and her phone number in Acapulco.
The Wizard

Dormía en los parques por la mañana y en la noche me iba al Casino a esperar el amanecer. Había perdido hasta el último peso en él, pensando que con mi sistema me volvería millonario. Veía a los jubilados aplicando el suyo y me daba cuenta de sus errores, de sus manías, de que no entendían como la “casa” jugaba con ellos. El lugar estaba en un barco. Era como le decían muchos, un casino flotante. Según me habían contado lo habían hecho así porque en el territorio federal de Buenos Aires estaban prohibidos los juegos de azar. Por lo que el barco fue la solución “inteligente” que permitía tener un gran casino sin quebrantar las leyes… más que un poquito. Así que cada determinando tiempo el barco encendía sus motores y le daba una vuelta al rio hasta llegar a aguas internacionales y regresaba. Así no estaba de fijo y todos contentos.

Por fin, un día que mendigue unos pesos en la entrada del Subte, pude juntar para ir a un locutorio y revisar mi correo. Mi novia decía que se le complicaba, que tenía muchas dificultades para conseguir el dinero. Que los amigos a fin de cuentas estaban igual que nosotros, en bancarrota y que no tenía nada a la mano para vender.

En verdad me preocupé, Así que pedí ayuda desesperada. Por medio de una carta colectiva exhorté a los amigos que estuvieran en disposición, me depositaran algún dinero, porque estaba metido en problemas. No podía decirles que me la había pasado bárbaro apostando a la ruleta, así que inventé un robo. Expliqué de la mejor manera mi mentira y hasta casi visualizaba de cuerpo completo al ladrón. En la carta apelaba a su solidaridad, a su caridad y a su fraternidad con el compañero caído. La reescribí varias veces hasta que consideré que estaba perfecta. Me fui de ahí muy ufano, suponiendo que mis amigos enviarían algunos pesos a mi cuenta en ceros; que con lo que enviaran me alcanzaría para pagar un modesto hostal en los límites de la ciudad capital, todo para esperar llegará el día del retorno a mi país. Al cual le faltaban todavía dos semanas. El correo fue en balde, nadie depositó ni veinte pesos.

Seguí mi rutina de ir al Casino, pero ya sin entrar, porque los de seguridad simplemente me lo prohibieron. La verdad es que mi estado para ese momento era lamentable: sin rastrillo, mi barba había crecido sin ningún orden y mi cabello se apelmazaba por la falta de un verdadero baño; ya que solo me lavaba la cara y las axilas en los baños de los supermercados. Mis pantalones olían bastante mal y el rostro derrotado me hacía ser un tipo indeseable. Nada de aquellos días en los que muy orgulloso cambiaba fichas.

La siguiente noche que intenté entrar llamaron a la policía. Pude salir bien librado de aquel problema, es decir no me golpearon como era su costumbre, cuando enseñé mi pasaporte mexicano, que como mi tarjeta de banco, llevaba siempre junto a mí. El policía que me sacó del embarcadero le aseguró a los guardias que me metería cuando menos veinticuatro horas por vagancia. Me resistí un poco, debatiéndome entre dejarlo hacer para cuando menos poder estar bajo techo una noche o temiendo por lo que pudiera pasar dentro. Por fin me esposó.

Ya en la patrulla me preguntó si en verdad era mexicano. Claro, le contesté. Pareció darle gusto. Avanzamos unas cuantas calles y se detuvo cerca del barrio de la Boca, junto al rio, el mar de agua dulce. Volteó hacia atrás y me volvió a preguntar si era mexicano a través de la mica aprueba de balas del autopatrulla . Le dije que sí, que categóricamente lo era. Se apeó del vehículo y abrió la puerta donde iba. “Pasate para adelante, che” dijo muy amable. Me preguntó por algunas cosas, sin quitarme las esposas y luego, como si estuviera con un amigo muy querido, comenzó a contar la historia de su luna de miel en Acapulco, hacía ya más de treinta años.

El hombre, un tipo blanco entrado en la vejez, con mirada melancólica de europeo resignado a vivir en las Américas, parecía complacido de tener a alguien con quien platicar. Me dijo que había visto a la Virgen que estaba sumergida en el mar y los peces de colores y visitado la playa de la Roqueta. De como su esposa y él se escondieron en la espesura de la selva de la isla para hacer el amor en la noche hasta que amaneció y se fueron a primera hora a su hotel, felices de haber hecho algo tremendo. Locura que ahora es prácticamente imposible por la cantidad de vigilancia que existe.
—Marta, mi esposa deseaba mucho ir a Acapulco. Vivía enamorada de la playa, de sus artistas. La había visto en varias películas, en la del chanta este, del flaquito… Cantinflas. Me mataba el tipo este con su bigotillo y su pantalón a media cola. ¿Luis Miguel, sigue ahí?
—Sí, creo que sí. Contesté extrañado de la pregunta. Creí que el policía había visto muchas telenovelas.
—Me gusta Acapulco, hace años que no voy. —dijo evocador, con los ojos puestos en mi, pero con la mirada perdida— Marta quería regresar, pero perdí el laburo anterior y el boleto para tu país es caro. Ya no pudimos hacer esa segunda luna de miel. Marta se murió hace cuatro años. Ya no subimos de nuevo al yate ese de locura ni visitamos la casa del Weissmüller. Nunca habíamos visto películas de él, pero luego del viaje regresamos y vimos varias. Que grande era Weissmüller. ¿Te gustan las películas viejas, gordo?
—¿Las de blanco y negro? —contesté tratando de seguir el hilo de su conversación.
—Exacto y las de los setenta. A mí siempre me intrigó el chanta este taxista que sale con De Niro en la de Taxi driver. El gordo, que se hace llamar elWizard. La vi de joven, en un cine de La Plata. ¿Sabes?, siempre me pregunté si vivían muchas yanquis locas en Acapulco, de esas que se cogen a taxistas viejos y las dan 200 dólares de propina. ¿Viven?

¿Yanquis locas en Acapulco?, me pregunté. Yo no sabía nada de Acapulco. ¿Qué era Acapulco para mí?, un playa infestada de chilangos empobrecidos en fin de semana, gringas con las tetas al aire, el paraíso en las películas de Tin Tan, donde descansaba el Tintavento III y se hundió el segundo, el Baby O, Caleta y Caletilla, Puerto Márquez. Pero también el de las cabezas cercenadas, el de las narcomantas, el de la guerrilla.
Acapulco no existía, era simplemente el sueño de un México mejor, de un México que había tenido glamur y fama, que había visto a hombres de sombrero Stetson y divas caminando en las calles. Hoteles imperiales y costumbres salvajes que pudieran valorar los blancos occidentales barbados. La bahía y sus clavadistas eran un sueño que se terminaba pasando la Costera Miguel Alemán.

Y qué era México a tantos kilómetros de distancia. Qué era mi país sino más que una entelequia, un lugar donde conocía los nombres de las calles y donde vendían cerveza barata. Así que tenía la oportunidad de salvarme de esa contándole el sueño que quería. Y le conté historias fantásticas de Acapulco, de las bodas que se daban ahí recordando mis horas de televisión basura y agregándole un poco de fantasía. Le hablé de las estrellas de la televisión, de como México era como el Hollywood de las telenovelas. Que uno caminaba y se encontraba artistas a su paso, en los restaurantes, en las tiendas. El me veía con rostro de satisfacción y repetía cada vez que hablaba de una mujer: Qué minas hay allá, qué minas. Todas buenas y todas le rezan a la Virgen de Guadalupe. Con esos culos y rezándole a una virgen.

Me confesó que Acapulco para él seguía siendo un paraíso, que había ido hace un par de años a Cancún, pero que Acapulco se le hacía más auténtico, mas glamuroso. Que había un hotel donde te daban jeeps con la habitación y que tenía esa arquitectura de pueblo que Cancún ya había perdido.
Entonces se me quedó viendo y por un momento pensé que me llevaría la cárcel. No lo hizo, me pidió que me diera la vuelta, me quitó las esposas y luego sacó un cigarro y me ofreció uno. Le dije que no fumaba.

—Gordo, no regreses al Casino, porque entonces si te cargo. Si caes a la cárcel vas a tener problemas en migración. Te pueden boletinar como extranjero indeseable y si se enteran los yanquis, te quitan la visa.
Le agradecí el trato. Le expliqué mi situación, que no tenía ni un peso, que llevaba varios días durmiendo en las calles y moría de hambre. Se rió como un niño que oye una gran aventura. Yo, con la ropa sucia y sin bañar, me pareció de lo más humillante mi estado y muy poco heroico. Me dijo que era muy valiente y que el esperar que mi novia me enviara plata, era por demás romántico.
—Ustedes los mexicanos son tan increíbles. —De inmediato confirmé que el policía había visto muchas telenovelas.
Me advirtió de sitios a evitar por la noche, me dio un billete de cien pesos argentinos y me dijo que si seguía teniendo problemas fuera a mi embajada. Hasta se ofreció a llevarme de inmediato, cosa que rechacé. Por amigos sabía que en la embajada no resolvían nada. Insistió con lo de que si volvía al casino me iba a arrestar, muy a su pesar. Nos dimos un fuerte abrazo de despedida.

Me fui caminando a Corrientes y busqué una pizzería. Me devoré varios trozos acompañado de una jarra de vino de la casa. Me puse bastante borracho. Con el sobrante renté un cuartito en un hostal y me bañé; cosa que disfruté enormidades. Me subí a la terraza del hostal y una lluvia ligera, como rocío, comenzó a caer. Era la brisa marina de Acapulco, pensé.

Cuento aparecido en la revista Espiral: http://www.revistaespiral.org/espiral_36/

lunes, 24 de octubre de 2011

La pared


El sueño era persistente, tanto como el zumbido de un dolor de muelas; parece como que va a desaparecer y te asalta de improviso. Solo que ahora con más fuerza, más molesto. Comenzaba siempre con una pared lisa salpicada de algunas manchas de algo que no alcanzaba a descubrir y luego, de algún modo, salía la sangre. El rojo líquido escurría por todas partes formando líneas, gotas espesas, surcos rojizos que al llegar al piso ya eran de color carmín oscuro. A veces soñaba que se sacaba la lotería o que la vecina de a lado lo invitaba cuando no estaba su marido. O que hacia un viaje a playas de arenas blancas y azules aguas, y la pared interrumpía los deseos placenteros.
No le había contado a nadie la persistente pesadilla, hasta que le fue insoportable. Fue con un psicólogo que le habían recomendado. Al término de la primera terapia le dio la ruta de tratamiento y le aseguró que en pocos meses esas fijaciones desaparecerían. Soportó un par de semanas y abandonó el tratamiento. El sueño continuó despertándolo todas las noches.
En una ocasión, -luego de verlo tan cansado- un amigo le recomendó hacer algo para desestresarse. El tipo, un hombre tranquilo, que cuidaba de un huerto propio le sugirió dedicarse a la siembra de hortalizas. “Planta un árbol, no sé cuida gallinas. Algo productivo. Ese sueño es parte de tu locura, de tu ociosidad.”
Se lo tomó muy en serio. Al otro día fue una a gran tienda y compro madera, una sierra, herramienta y comenzó a hacer lo que pospuso por años: un mueble propio. El primer día acabó rendido y durmió perfectamente. El sueño no llegó a perturbarlo. A la semana ya era un carpintero feliz. Había hecho una banca de terminados primitivos y una repisa con cinco compartimentos donde ponía las pijas, los tornillos y el pegamento. Le había gustado tanto que la puso justo en una enorme pared blanca en el improvisado taller. La felicidad le había devuelto la tranquilidad y la pesadilla estaba ausente.
Una mañana comenzó a cortar maderas para hacer un baúl; entonces oyó un golpe tremendo. Se encontró con que su repisa había sido vencida por el peso. Todo el contenido estaba regado en el suelo. De inmediato la reconoció: vio frente a sí la pared. Un escalofrío lo sacudió. Era la misma, con las manchitas que ahora se revelaban como los hoyos que las pijas habían dejado. De improviso vio venir la sangre. Los mismos surcos y los mismos tonos carmesís. Eran chorros de sangre que brotaban de la moto sierra cercenando su mano.

jueves, 20 de octubre de 2011

Te veré en el infierno, Kurt Cobain de Rubén Don

Then that Cobain pussy had to come around and ruin it all.

Randy The Ram Robinson

La vida sin música es un error, dijo Nietzche y concuerdo perfectamente con la afirmación. Y no porque sea Nietzche, ese santón filosófico que se cita para dar legitimidad a cualquier dicho, si no porque la vida sin música sería aburridísima, cansada, y sin sentido. La música crea ideologías y las ideologías la crean a ella.

Desde que los reproductores personales se popularizaron cada uno ha creado el soundtrack de su vida y por lo consiguiente vive el sueño de su ídolo. En la novela de Rubén Don, “Nos veremos en el infierno, Kurt Cobain”, Santander, el personaje principal, se convierte en una especie de nihilista grungero, que si bien no idolatra a Cobain, si lo tiene en un nichito cerca de otros de sus otros santos.

Santander es un pijo apenas salido de la adolescencia que tiene que lidiar con su mal genio, el final de clases y esa sensación de estar hastiado de todo, cansado de vivir, cuando ni siquiera sobre pasa la veintena de años. Sensación que era el signo en los noventas y sigue siendo la moneda común para muchos adinerados sostenidos por el papá. El chamaco, se las arregla para ligarse a su psicóloga, a la mamá de un condisípulo y a dos que tres compañeras de no mal ver. Y a pesar de eso, sigue enojado. De alguna extraña manera Rubén Don se las arregla para que no soltemos el libro y sigamos leyendo las peripecias malditas de este Holden Caulfield, pero finisecular y chilango.

La diferencia con el personaje creado por papá Sallinger, es que Santander si se atreve a enloquecer y no se queda al margen. Que Santander se deja llevar por la circunstancia sin medir los límites o las consecuencias. Se abandona al momento porque sabe que el futuro es ahora (neo geo dixit).

Las referencias a la literatura norteamericana menudean y van desde los Beats, hasta Faulkner, desde Nación Prozac hasta Generación X, del canadiense Douglas Couplan, dos de los libros que se convirtieron en manuales de vida en los noventas. Y la música, la música es el hilo conductor. “Nos veremos en el infierno…” es una novela musical, una película, un tour de forcé en el mejor MTV de la ultima década del siglo XX. Don hasta se permite el detalle de brindarnos la discografía como créditos al terminar el filme. Como aquella canción de Radiohead.

El libro esta armado como una especie de diario, además de la evidente bitácora de supervivencia, en el que se van reuniendo todos los avatares que atraviesa Santander. Rubén Don logra crearnos expectativa a cada momento. El solamente mencionar a su amigo el Kurt, sin que aparezca a lo largo de varias páginas (algo similar a lo que pasa con Neal Cassady En el Camino), el fallido concierto final, los robos a la chequera paterna y el no saber a donde se dirige el libro nos hace no parar de leerlo. No paras porque sabes que una acción desemboca en otra y poco a poco se va desenredando ese entramado de deseos, con sexo ocasional, mucha coca y tragos a la orilla de la alberca.

Don hace un retrato de una generación que vio crecer frente a ellos un puñado de músicos que cambiaron el mundo, de una manera u otra, pero que estaban tan dopados que no se dieron cuenta de lo que pasaba en frente a sus narices, por lo que es necesario recapitular.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Antes de terminar la semana

Abrázame y muérdeme
Llévate contigo mis heridas
Aviéntame y déjame
Mientras yo contemplo tu partida
En espera de que vuelvas y tal vez vuelvas por mí.
Café Tacuba

La estuve esperando por más de dos días. En el pequeño cuarto que sirve como guarida y hotel, como gusanera y útero materno, atisbaba a través del vidrio quebrado y sucio, viendo sin ver, esperando a que llegara, fumando un Camel tras otro, oyendo como hervía la sopa instantánea en la olla desvencijada. Caminaba en círculos por la alfombra, me sentaba y buscaba, tras el guacal donde guardo mis discos, los restos de alguna botella de ron o algún líquido que terminara con la ansiedad. Me había jurado que vendría antes de terminar la semana. Lo había dicho con tal convicción que pensé que de un momento a otro podría aparecerse con una bolsa de supermercado llena de comida y un disco nuevo. Ya era domingo y no aparecía.

El viernes por la tarde apagué mi computadora y me despedí de mis compañeros de trabajo tan rápido que me preguntaron si me había ganado una herencia. No les festejé la broma, simplemente corrí con la chamarra apenas puesta en un brazo y la mochila de lona colgando de mis dedos, a punto de caerse. Llegué a mi casa pensando que ya estaría ahí, con su pantalón guango azul y la bolsa del super. Llegué y no estaba. La puerta oxidada seguía con llave, sin ningún recado que me dijera: “Hey, tonto, vine y no estabas. Regreso al rato” Nada, ni un rastro de ella.

Comencé a cocinar una exquisita, aunque salada, sopa de mariscos de pasta. Hervía con ganas, soltando un olor que me hacía relamer los bigotes. Prendí otro cigarro y volví a la hacia la ventana. La calle estaba húmeda, llena de charcos. Parecía que la lluvia nada más esperaba que las coladeras acabaran de sorber un poco el agua para volver a caer. En el parque, tres niños con uniforme azul deambulaban de aquí para allá contando una historia que no podía oír. La avenida estaba desierta, tan desierta como mi cabeza de ideas. Sólo pensaba en ella.

El sábado me negué a salir. Por fin me encontré un Bacardí Solera a medio terminar y me la pasé bebiendo, resistiéndome a la vieja idea de que un bebedor solitario es un alcohólico. Me la pasé oyendo los discos que habíamos comprado juntos y viendo fotos viejas. En una aparecía con sus pantalones de mezclilla llenos de lodo en medido e la selva, en otra me abrazaba, en aquella estaba rodeada de sus amigas y una más antigua con otro tipo, que ella juraba nunca fue su novio. Aunque no podía negarlo; a fin de cuentas la pose era por demás clara. Nunca le rompí la foto porque se me hacía algo malo. Como si ella y sus recuerdos fueran de mi propiedad. Así estuve todo el sábado, caminando y perdiéndome en los timbales de los Fabulosos Cadillacs, hojeando los únicos libros que sobrevivieron a la inundación del año pasado, viéndola en cada mujer que se acercaba por la avenida o sintiendo sus pasos en las escaleras y con el corazón vibrando en cuanto sonaba el timbre; cuando en realidad eran vendedores, Testigos de Jehová o la vecina de arriba pidiéndome azúcar.

Desperté el domingo con una cruda de aquellas y la camisa que había planchado totalmente arrugada, con la alfombra oliendo a ron barato y una rabia tremenda. Al principio la justificaba. Me convencía pensando que tenía mucho que hacer, que ella sí trabajaba, que sí había estudiado para que le pagaran. Mientras yo era apenas un sociólogo más con encuestas que reportaban datos sin importancia y la computadora llena de archivos inútiles. Mientras que yo me la pasaba jugando solitario en una oficina de gobierno con café caliente y galletas baratas. Pero el domingo la empecé a odiar, a enojarme al grado de arderme el estómago. Tenia ganas de tenerla enfrente y decirle que era una cabrona, que no tenia derecho a dejarme esperando así, que no debía hacerme eso.

Me veía al espejo como una novia a la cual dejan en plena iglesia, con el vestido arrugado y el rimel corrido. Me veía burlado, engañado, cachondo. Con los condones comprados en oferta y la comida en la hielera. Me veía como un idiota mientras me echaba agua en la cara. Me puse a pensar en la ceremonia de elegir la ropa. Había escogido la camisa, el pantalón apropiado, los calzones blancos pegados “ porque con esos te ves sexy ”. Ahí estaba, después de un sábado en vano escondido, negándome a cualquier interrupción del mundo de afuera, de la realidad misma. Como un monje que espera por medio de la reclusión la llegada de Dios, con un dolor de cabeza enorme y sin una leve lucecita de su llegada. Entonces ya no echaba de menos sus labios rojos y carnosos, o sus senos saltarines y la reseña de una nueva lectura o de una nueva película, para nada. Tenía ganas de decirle que no era su perro para esperarla por siempre. Y esa maldita sopa instantánea que no acababa de estar y los Camel escaseando y mis tenis mojados por salir a esperarla sobre los charcos del parque.

Aún seguía con la mirada puesta en el vidrio lleno de grasa y masquin pegado cuando oí un toquido distintivo en la puerta: un anillo golpeando cuatro veces. Abrí y ahí estaba, con su camiseta naranja y el pantalón que se le caía al caminar., cargando una bolsa repleta de latas, una botella y un “ no puedes creer lo que me pasó ”. Entonces toda mi ira se calmó ante el beso certero en la boca, ese beso que me mantenía vivo en una agonía perpetua.

Entró hablando sin para del idiota de su jefe, quien le pidió que trabajara tiempo extra con el diseño de algún laboratorio. Luego siguió parloteando de que si la nueva película de Burton era muy sangrienta, que si todavía no me curaba el síndrome de Peter Pan, que ya tirara mis video juegos, que olía a borracho la alfombra, de que si ya me había bañado, que esa sopa era una porquería. Y sin más ni más la quito de la estufa y la tiro por el lavabo. Ahí se fueron los peces instantáneos que había cocinado en minutos interminables de agua hervida, camarones y pulpos que intentaban flotar en un torrente de cilantro deshidratado y vitaminas adicionadas.

Puso a Manu Chao y comenzó con su análisis de la semana, con sus risas quedas y su cabello girando de aquí para allá cada vez que movía la cabeza para afirmar o negar lo que contaba. Ahí estaba yo sin cigarros, comiendo atún con mayonesa y chiles picados acompañado de pan integral. Después se levantó a caminar un poco, pidiéndome perdón por ir hasta el domingo, yo haciéndome el ofendido, aunque sabía que sólo bastaba una palabra suya para perdonarla de todos su pecados. Ella hincada en el colchón que fungía de recámara y sala. Me hacía para atrás tratando de no recibir sus besos en la boca, ella jugando a que sí, y yo a que no. Luego de ese juego tonto nos liamos en un abrazo lleno de calor. Al poco rato la ropa salía sobrando por que mis manos deseaban tocar sus senos desnudos y sus piernas blancas y su sexo que parecía querer quemar todo lo que se encontraba a su paso. Entonces calle a Manu y puse a Portishead sin soltarla, ayudado por el control remoto. Ella lo agradeció besándome los hombros y acariciándome la espalda. Y yo que no sabía de mí y ella gimiendo en mi oído, desgarrándome la piel, pidiéndome que no tuviera piedad, viéndome a los ojos para cerrarlos después ante un grito que no parecía salido de su garganta. La veía retorcerse en mis brazos y decirme algo que no oía porque estaba ahí y a la vez no. La sentía perlarse de un sudor tibio, casi mágico, mientras me carcomía la duda de que si ella sentía más placer. Ella era todo fuego, como si yo sólo consistiera en un medio para su éxtasis. Entonces disfrutaba más viéndola cómo apretaba rítmicamente su vagina y aprisionaba mi pené que por las sensaciones en mi cuerpo.

Luego estallo y casi podía jurar que era un estorbo para todo lo que experimentaba. Me decía que me amaba, que era todo para ella y la besaba y seguía moviéndome porque ahora me tocaba a mí. Entonces me concentraba y trataba de lograr lo mismo. La besaba, la mordía, apretaba sus caderas contra mi cuerpo, la penetraba cada vez más y más. Y eyaculaba como quien estornuda, como quien desea experimentar algo más y no puede.

En ese momento veía a mi alrededor: estaba su pantalón tirado por la alfombra, su sostén y esas braguitas rosas con olanes que tanto me gustaban. Mientras ella observaba con detenimiento mi rostro rojizo, mi expresión perdida y ante aquello no podía seguir engañándome. Entonces hablábamos. Me contaba más de lo que había hecho en el tiempo que no la había visto, los problemas con su ex esposo, el rollo de que no quería vivir conmigo por no querer precipitar las cosas, que cada uno necesitaba su espacio, que era mejor así, que me era fiel, que nos amábamos, que todo iba bien y yo asintiendo, aceptando todo, dándole la vuelta al conflicto, besándola, acariciándole el rostro y preparándome para el siguiente asalto en aquella guerra de sexos que continuaría toda la noche.

Así pasaban los días, uno tras otro, comiendo sopas Campbells (“porque esas si son nutritivas”), guisados comprados en el departamento de salchichonería, platicando de esto y aquello, haciendo planes. Aunque yo sabía que no estaba en mi vida, ni yo en la suya, que lo único que ambos necesitábamos era hacer el amor con alguien para no acabar masturbándonos por la mañana. Que necesitábamos decirle “te amo” a alguna persona antes de acabar locos viendo novelas por las tardes. Que necesitábamos sentirnos deseados para no volvernos más burócratas de lo que éramos.

Al poco me sentía hastiado. Su sola presencia me hacía sentir mal. Entonces ella desapareció como lo venía haciendo desde que nos conocimos. Dejaba un recado diciéndome que si necesitaba algo le hablara porque ella haría lo mismo, que me amaba y nos veríamos pronto.

Pocos días después de que se fue comencé a pensar en nuestra relación, en lo nuestro, en ella y en mí, en los planes y me sentí vacío, insatisfecho. Pensé en acabar con todo, en hacer una llamada y decirle que nos viéramos en algún lado para terminar de una buena vez. Una llamada que sabía iba a doler y por eso trataba de retardarla lo más posible. Pero antes de terminar la semana ya la quería tener cerca de nuevo. Entonces sí le hablaba; pero para decirle cuándo iba a venir.

Después de colgar encendí un Camel frente al vidrio roto esperando a que volviera.

martes, 11 de octubre de 2011

Antichrist Superstar

Para Omar Carrillo, por ser aferrado.

En los noventa se destaparon varias cloacas. Lo que había estado escondido durante los ochenta de pronto nos estalló en la cara. Adiós los días de bonanza petrolera, de Reagan y Tacher sonriendo, adiós los pantalones bombachos con camisas de seda. Los noventas nos recordaron que las drogas no son divertidas, que la iglesia y la familia son castrantes hasta el hartazgo.

Fue a principios de esa década que aparece un grupo formado por unos histriónicos personajes que combinaban el nombre de un asesino serial con el de una diva del cine norteamericano para tomar una personalidad propia. Marilyn Manson era el líder y también el nombre del grupo. El producto molestó a muchos, porque da directo en uno de los pilares del american dream, el ser famoso. Pero ese primer disco sólo les abriría un espacio en la industria para después dar el hachazo final con Antichrist Superstar, que vería la luz un 8 de octubre de hace dieciséis años.

Antichrist Superstar es un disco pensado para convertirse en un suceso. Él reverendo Manson, no es cualquier personaje. No es el típico roquero que busca espantar a los adolescentes que lo siguen para vender más discos. Heredero de varias corrientes artísticas, Manson ha tomado ideas de Frederich Nietzche, de Jodorowsky, del mismo Alan Parker, de la Tora hebrea y demás para conformar un collage de sueños y pesadillas que van directamente a la clase media de su país.

Satanizado en el acto, Manson, apoyado por ese otro genio del metal industrial Trent Reznor, logra crear texturas e historias que lo mismo aluden a los Keneddy (The Beautiful People) que al superhombre y la voluntad, a la manera nietzchiana. El disco fue un éxito de ventas y convirtió a Manson en una celebridad y en el coco que espantaba a los puritanos blancos de todo estados Unidos y de gran parte del mundo. “Uy, viene el demonio, no dejan que se presente en mi estadio”.

Lo llamativo del Reverendo es la mezcla. Al igual que Tarantino, no tiene una sola idea nueva o algo que no se haya dicho, ¿críticas a la iglesia?, ¿imágenes shockeantes?, ¿Música salvaje? Nada, Manson saquea pero sabe bien de donde. Sin duda un disco que vino a dar un giro a lo que pasa en aquellos y malogrados días.

sábado, 17 de septiembre de 2011

No somos tribus urbanas de Carlos Camaleón

Carlos Camaleón es un referente dentro del underground en la Ciudad de México y entendidos en todo aquello que se refiere a los géneros y subgéneros dentro de la literatura y el cine. Promotor cultural y empresario (quitando toda connotación negativa que la palabra conlleva) Camaleón realiza año con año diferentes festivales, mesas de lectura y encuentros para hablar sobre lo que le interesa: el realismo sucio, el vampirismo, la ciencia ficción, la fantasía y demás géneros menospreciados. Por eso sabe de lo que habla cuando punto por punto defiende la premisa del título de su libro. No somos tribus urbanas es un ensayo donde Camaleón demuestra que el término tan en boga en los noticieros y libros de sociología es en realidad un reduccionismo para poder asir a un gran sector de la población que no corresponde al estándar de la cultura de masas. Término que intenta explicar por la vestimenta a los grupos juveniles, como si se trataran las facciones en pugna dentro de la película Mad Max II, El guerrero de la carretera de Miller o focalizarlo a la juventud. Razón por la cual la definición “Tribus urbanas”, no alcanza a comprender en realidad de lo que habla. En el primer capítulo se zanja la discusión, pero el resto del libro es un recorrido por las premisas de varias identidades culturales contemporáneas (ICC), como él llama a las diferentes expresiones contrarias a la cultura de masas. Hace un recorrido somero por el uso de las drogas, la literatura alternativa, la utilización de una nueva identidad por parte del grupo en el que se elige estar, además de echar por tierra el término sociológico “culturas juveniles” al mencionar la militancia de veteranos como William Burroghs, Nick Cave, David Bowie o Mick Jagger. Tal vez ahí esté uno de los puntos débiles del libro, su brevedad. Algunos temas se antojan que pudieran ser desarrollados con más amplitud, aportar muchos más datos, pero se quedan en simples referencias a vuelo de pájaro. O el mencionar muy sucintamente a Alejandro Jodorowsky que ha creado en si mismo una subcultura. El libro va en su tercera reimpresión y como buena publicación subterránea es editada por el propio Carlos Camaleón en su sello El Under ediciones localizable en la página web del mismo nombre.

Circa 94 de Fran Ilich


Siempre he pensado que los noventas mexicanos comenzaron en 1994 con el error de diciembre y con la aparición del zapatismo. Orión, el personaje adolescente creado por Fran Ilich, data sus noventa con la asistencia a ese enorme rave que sucedió en California en ese mismo año y que da nombre al libro, Circa 94. Orión observa los demás eventos, desde la muerte de Kurt Cobain hasta la cris económica, como tangenciales. Lo cual habla del zeitgeist de ese momento donde la música, las drogas y los eventos masivos eran los últimos reductos para escapar de una realidad que ya no tenía esperanzas.
Hábil narrador e historiador logra crear un abultado relato generacional, un mapa de lo que significaba ser joven en esa época ida. La sensación de estar siempre a la vanguardia, de utilizar las drogas y la tecnología como una forma de crecimiento personal sin caer en lo maldito tan en boga hoy día. Es más, Orión, personaje fronterizo, tiene ideas muy claras sobre el mundo, pero no sobre él. Lleva una sana relación con sus padres, además de sufrir, como buen adolescente, por su novia con la cual nunca ha tenido sexo.
La novela además reflexiona sobre la literatura, en específico en los aspectos accesorios: los encuentros, las primeras publicaciones de una carrera en ciernes, los chismes entre escritores, las relaciones entre Tijuana, San Diego y la Ciudad de México. Todo lo hace desde esa visión de púber enojado, a la cual le falta malicia, pero que por lo mismo es rabioso y a la vez desencantado. Orión desea escribir la gran novela mexicana, con el ego exacerbado de cualquier escritor en ciernes, que siente que él si podrá concretar lo que tantos antes han querido realizar.
Todas estas virtudes y defectos de Orión logran hacer del personaje un ser real. Uno no puede más que dejarse atrapar por la trama y sufrir o gozar a trompicones todo lo que sucede en aquel 1994 de larga memoria.
Relacionada temáticamente con sus dos novelas anteriores, Tekno-Guerrilla y Metropop, es en realidad la simiente de estas dos. Como ha especificado en más de una entrevista Fran Ilich, la novela fue escrita mucho antes que estas. Por lo que creo que el tema ha quedado agotado.

domingo, 28 de agosto de 2011

Inhalantes para el alma


Habitante de una de las colonias con más criminalidad, la Agrícola Oriental, el rock urbano y el metal eran moneda corriente en mi ideario musical. Por absurdo que parezca, fue a mi llegada en mi adolescencia a Tlaxcala –esa mini urbe- que supe de otras manifestaciones musicales de la mano de un compa muy activo en el arte correo y el intercambio musical con gente de todo el mundo. Mi amigo, que para fines prácticos se llama Mark Panzacola, hacía esténcil y se carteaba con gente de España, Estados Unidos, Sudamérica y claro, la mítica Tijuana.
Debido a esto escuchábamos mucha música electrónica y rock pop en español casi todo el tiempo. Su casa, alejada de la capital de estado, era como un refugio para los que buscábamos nuevos sonidos. Un día encontré entre sus discos apilados aquí y allá uno que había visto en muchas revistas. Su nombre era Nevermind y el grupo se hacía llamar Nirvana. Me burlé del título porque un nombre con connotaciones religiosas hinduistas y con aquella portada me parecía un desacierto. En aquellos tiempos coqueteaba con las culturas orientales y estuve a un paso del volverme al budismo.
Pero mi parte ominosa siempre fue más grande, así que le pedí ese disco y el anterior, el Bleach, para escucharlos en la santidad de mi guarida. El golpe fue tremendo. Recuerdo que sonaban fuertes, crudos, directos, con distorsiones metaleras, pero con lo rudimentario del punk. Eran verdaderos inhalantes para el alma. En especial el primero. De inmediato quería saberlo todo de ellos. En aquellos tiempos pre internet (P.I. deberían de datarnos las nuevas generaciones), la única forma de conocer más de tu grupo favorito era ver el MTV (aquel MTV) o leer revistas extrajeras. Las mexicanas, con todo y la Mosca, siempre iban muy por detrás. Agradecía que mi compa tenía varias de ellas, muchas editadas en Los Ángeles, Tijuana y Monterrey, pero muchas más españolas, como la Rock de Lux y Zona de Obras.
Entonces, luego de subir a una combi, supe que Cobain moría víctima del saturnismo, es decir: exceso de plomo en la cabeza. Ya me había pasado con el viejo Bukoswki justo unas semanas antes. Lo había leído y me enteraba que moría al poco tiempo. Todos mis héroes me habían abandonado. Tal vez por eso los noventas fueron para mí como un tour de forcé de depresión y drogas, que disfruté al máximo.
No me volví chico grunge, pero si amé intensamente todo lo que esa década nos dio: aquellos cómics de Phantagrafics y el Gallito comix; la música de Alice in chains o Morphine; los libros como Generacion X o Nación Prozac; las pelis como Transpotting y Kids, el MDMA y las smart drinks ácidas.
Nirvana y en especial las letras crípticas de Cobain, nos ofrecerían himnos generacionales para cantarlos en los pequeños departamentos a los que nos fuimos a vivir con el tiempo. Aún hoy veo los videos de aquella época y me pregunto ¿dónde quedó la actitud, la pasión, el desenfreno? Los noventas son los sesentas, pero al revés.
Texto hecho para www.lapirateca.com.mx en el aniversario del Nevermind.

lunes, 22 de agosto de 2011

Chequeo médico (fragmento de novela)

El doctor se acercó a mí con un escalpelo en la mano. El lugar donde me encontraba parecía extraño. Las ventanas eran redondas y sólo dejaban ver un líquido multicolor, en el que dominaba el verde, dando vueltas, como en una lavadora, como un remolino, como si tuviera vida. El médico vestía de blanco con un tapabocas azul y una cofia del mismo color. Yo permanecía sentado sin moverme en la mesa de auscultación. Esta era fría y parecía hecha con tubos de fierro. Los otros muebles: una silla, una báscula y una escalerilla para subir a la mesa, hacían juego. Estaba desnudo con la piel reseca y moretones en los muslos y pecho. El frío calaba.
El doctor acercó su rostro al mío. En el ojo derecho traía una especie de microscopio con una luz muy potente. Con ese artefacto me observó las pupilas, pareció pensar un poco el diagnóstico y dijo por fin que estaba enfermo.
—¿De qué? —Pregunté angustiado. Se alejó unos pasos. El escalpelo producía pequeños brillos. Sus manos enguantadas hacían rechinar el látex.
—Tiene un alto grado de testosterona en el cuerpo. —No tenía ni idea de que podría significar eso. —Esto lo hace muy masculino, pero a la vez lo convierte en una bestia en brama continua. Si por usted fuera, se acostaría con cuanta mujer tuviera a la mano. No lo culpo, son sus impulsos, sus instintos. Todos pensamos que vivimos en la era del racionamiento, que la civilización y las computadores nos van a volver mejores seres humanos y no es cierto. —El escalpelo se movía al compás de sus palabras, como si este llevara el ritmo. —Seguimos siendo animales. Fuimos hechos para aparearnos durante todo el año, aún cuando la pareja este preñada. Es un mecanismo para mantener a los machos en el hogar. Si no fuéramos dueños de esa lujuria perenne los hombres y las mujeres viviríamos separados y la especie hubiera desaparecido desde hace mucho. El sexo mueve el mundo.
Me dolía el cuerpo por el frío que hacía. Mi pene estaba erecto. Esto me sorprendió.
—¿Nunca se había preguntado por qué hombres y mujeres viven peleándose a diario, pero siempre en comunidad? Estoy seguro que uno de los dos vino de otro planeta y se amoldó a la forma de vida local. Si no fuera por el sexo usted, yo, todos seríamos homosexuales. Las mujeres tienen más posibilidades de sobrevivir. Ellas pueden inseminarse.
El tipo era un genio.
—No se preocupe, estoy aquí para ayudarlo. Le voy a curar esa lujuria desmedida. Eso le hará un hombre mejor, con más calma, no tomará sus decisiones en función del principio del placer, si no con la mente despejada, con ecuanimidad. Ya no le importará sobresalir o ganar dinero para lograr tener una familia. Nada de eso le afectará. Sin la necesidad natural de ser un proveedor para conseguir su cuota de sexo, podrá dedicarse a lo que en verdad quiere.
Entonces sonó un timbre atronador. Se escuchó por todo el lugar. Fue tan fuerte que me lastimo los oídos. El médico me tomó del miembro en un rápido movimiento y levantó en alto su escalpelo. De improviso supe lo que iba a hacer.
—La castración es la respuesta. La libido disminuirá a su mínima expresión. Todos sus problemas son causados por su miembro y yo lo voy a curar.
El sonido crecía en fuerza. El doctor parecía no percatarse de él.
—¡No! ¿Está loco! —le grite empujándolo para tratar de escapar.
—Esto está comprobado. —El tipo se desgarró la bata dejando ver su desnudés. Su piel estaba llena de cortes, casi en carne viva. Había sangre por doquier y donde debería estar su pene no había más que una sutura de varios centímetros.
Salté de la mesa. No había salida. El sitio era circular y parecía girar sobre su propio eje. El timbre sonó de nuevo, esta vez como el choque de un meteorito con la tierra. Me caí al suelo en medio de la confusión. Sentí al doctor encima de mí con mi pene entre sus manos.
Entonces me desperté.
Me asomé por la mirilla: Afuera, Carmen tocaba con notable desesperación. Cambiaba de un pie a otro y me gritaba bastante enojada. Me puse un pantalón y una camiseta. Zitlali seguía dormida. Me calcé unos Convers sin calcetines, eché la cartera a una chamarra de cuero que descansaba sobre la mesa y salí corriendo. Cuando iba a abrir regresé a despedirme de Zitlali. Le di un beso en la mejilla.
Al abrir Carmen estaba furiosa. Quería entrar pero me interpuse, cerré la puerta tras de mí y le dije que nos fuéramos.
—Es Tirso, está ocupado. Por eso no te abría. Estaba en el baño.
—Pero si llevo como media tocando. Te fui a buscar al trabajo y me dijeron que no sabían nada de ti. Es la segunda vez que vengo para acá.
—Lo que pasa es que me enfermé del estómago y cuando llegué Tirso ya estaba ocupado con una tipa que apenas conoció. Me fui a mi cuarto y me dormí.
—Pues tómate un Pepto, ese lo arregla muy rápido.
—Ya lo hice, estoy bien.
El sol de la tarde me dio de lleno en los ojos. Me sentía rebosante de energía, con ganas de hacer muchas cosas, de mentarle la madre a mi jefe y escupirle su trabajo. Lo había decidido, no me iba a casar, ni a tener hijos y mucho menos iba contribuir con nada a la raza humana. Que se jodieran los premios Nobel, los prohombres, esos que están en los libros de historia; que se jodieran las fronteras, los nacionalismos, las verdades absolutas, las redes de información, las matemáticas, los griegos, los romanos, los aztecas y los mayas. Que quemen los libros sagrados, el Coran, la Biblia y todos los demás. Nos habíamos olvidado de vivir. ¡A la chingada la literatura! ¡Que se chingaran todos! Ya estaba harto. A partir de ese día solo quería coleccionar momentos, vivir al día. El Apocalipsis estaba cerca y si de cualquier manera estaba condenado al infierno, pues tenía que gozar un poco más en la tierra.
Besé con efusividad a Carmen. Tenía dos mujeres bellas, las dos de tanto en tanto insoportables, pero era su naturaleza; no estaba enfermo terminal, que más podía pedir. ¿Cerveza gratis?
—Vamos a Soriana, tengo que comprar un regalo. —Dijo Carmen abrazándome. Se había contagiado de mi buen humor.
—Vamos.
Mientras caminaba silbé el estribillo de la obertura 1812.

Fragmento de la novela inédita (Testosterona). La ilustración es de Jose Javier Reyes.

viernes, 19 de agosto de 2011

Performances

Un performances, el segundo de mi vida, con los mismo tópicos, libros y palabras. El link para verlo en youtube está aquí.

domingo, 14 de agosto de 2011

Arde Berlín Arde (fragmento de novela)


—Es que tengo demasiado sexo en la cabeza, —afirmó recargada en la plataforma de recorte. Detrás suyo se apilaban los periódicos organizados por fecha y tipo, empezando por La Jornada, pasando por El Sol de San Carlos y llegando hasta pasquines tan invisibles como el Alfabeto. Había empezado a hacer su servicio social en la oficina de prensa en la que yo trabajaba y desde que la conocí supe que tenía muchas cosas girándole en la cabeza, cosas que no la dejaban pensar, cosa que me meterían en problemas.
Para ese entonces hacía poco tiempo de haber dejado la universidad y tenía en mente la idea ser un joven ganador, como tanto me habían inculcado mis padres. Deseaba casarme, tener un empleo estable, un departamento y un auto pequeño con el cual moverme hasta que decidiera hacer la maestría en otro país. Los sueños mínimos de un tipo arribista como lo era en ese entonces, antes de que comiera mis sándwiches de realidad.
Vi de arriba a abajo a la chica mientras intentaba corregir una nota que se tenía que ir en una hora o menos. Llevaba su uniforme de la preparatoria: suéter guinda con falda gris; una combinación que a mí siempre me pareció de lo más acertada. Ella se veía bien así. Tenía el cabello negro y la tez morena. Una vez, alguien me había dicho que a esa edad la piel tiene una suavidad natural que se va perdiendo al paso de los años y que esa era la principal razón por la que nuestra sociedad está plagada de H.H. deseosos de encontrar una Lolita que los pervierta.
Pasaba apenas de los diecisiete años, era una niña; se le veía en la mirada extraviada y el rostro de eterno sufrimiento. Le llevaría como cinco o seis años, por lo que esa frase soltada sin venir a colación me turbó. "Es que tengo demasiado sexo en la cabeza", como muchos, como todos. Solo era cosa de abrir una revista al azar y ver las fotos de las modelos explotando el filón. Todo era sexo: la televisión, los programas, los juegos, todo se vendía con sexo. Todo. Yo también tenía demasiado sexo en la cabeza, por eso la evitaba lo más posible.
Porque desde que la vi llegar con el Administrador del instituto de cultura hubo algo en ella que me llamó la atención. El Administrador era un tipo arrogante que usaba siempre trajes completos con chaleco, camisas de mancuernillas, con el cabello perfectamente peinado y aire de realeza. La trajo muy recomendada como “una casi sobrina”. Me dijo que estaba interesada en trabajar directamente con la prensa. A decir de las palabras de su casi tío, pero ella, en los dos meses que llevaba ahí no pasaba de recortar notas, pegarlas en los formatos y decir de vez en cuando algunas frases comunes para una adolescente. “Es increíble”, “está guapísimo”, “cero, he, cero”. Nunca mostró interés en como redactaba notas o cuando entrevistaba los personajes de la cultura local.
Se llamaba Zitlali, con “Z” en lugar de “C” debido a que una secretaria le pareció que así debía escribirse. Lo curioso es que por una cadena de explicaciones y truques en su nombre terminó siendo Cas. Yo nunca le dije así, pero los demás sí lo preferían. En especial los tres compañeros que la acompañaban y recogían cuando llegaba a la oficina. Tres tipos que morían por ella. Mientras Zitlali la mayoría de las veces llegaba ya cambiada, con bilé y algo de pintura en los ojos, sus compañeros traían todavía el uniforme de la escuela. Se decían tonterías y regresaban justo cuando ella salía de su servicio social.
Como dije, me ponía nerviosa su presencia en la oficina. Sabía que habría problemas porque me gustaba. Me gustaban sus labios carnosos pintados con aquel brillo sabor cereza que usan las adolescentes y que a uno le dan ganas de hacer hasta lo imposible con tal de quitárselos; porque parecían estar siempre húmedos, esperando que alguien los besara. Sabía que habría problemas porque me veía de manera diferente. Sentía cuando pasaba su mano cerca de la mía o cuando se pegaba mucho a mi cuerpo al explicarle algo en la computadora. Por eso cuando soltó la frase traté de ganar tiempo y encontrar una salida.
—¿Cómo que tienes mucho sexo en la cabeza?
—Soy una perra, esos es lo que soy. —Dijo tratando de entretenerse en algo porque al parecer no quería seguir con la conversación.
—¿Cómo que una perra? Si eres una niña. No te imagino...así
—Es que no soy lo que aparento.
—No creo que seas una perra.
—Pues sí.
Me vio a los ojos con un periódico en las manos. Me resistía a creerlo más por moralina que por que en verdad no fuera posible. Moví la cabeza y seguí escribiendo. Revisé un poco la ortografía y la imprimí. No tardarían en llamar del periódico. Me levanté y en ese momento me di cuenta de que no había música. El silencio me comenzó a molestar. La conversación estaba en el aire pero nadie estaba dispuesto a reanudarla. De improviso sentí ganas de violencia, una necesidad instintiva de violencia, de verla, de oírla, de producirla. El nerviosismo siempre me lleva a eso.
Miré a Zitlali absorta en el periódico y tuve ganas de besarla. Pero sabía en el abismo de problemas en que me hundiría si eso pasaba. Fui hacia el balcón de la oficina y me asomé. Estábamos en un primer piso y abajo se extendía un jardín enorme que rodeaba toda la casa de la cultura. Según el reloj, la mayoría de los burócratas ya habrían salido a comer. Estábamos solos Zitlali y yo. Caminé hacia ella cuidando que la puerta estuviera cerrada. Era una costumbre que tenía desde hace mucho, le ponía seguro para que nadie entrara sin tocar. No tenía un motivo claro para explicar esa acción, simplemente me gustaba sentirme apartado de todos.
Le sonreí. Ella me devolvió la sonrisa.
—¿Ya acabaste lo del periódico?
—Sí.
—No quieres que haga algo, me estoy aburriendo. —Sus ojos marrones se incrustaron en los míos. ¿Porqué había tanto silencio? El monitor de la computadora me mostraba su protector de pantalla, una serie de tubos que crecían como plantas, sin un orden, sin detenerse por ningún motivo y que en un momento dado se desintegraban en el espacio virtual.
—Pues no hay mucho que hacer. Ya sacaste la síntesis de ayer ¿no? Vamos a oír música, ahí tengo unos discos, ¿quieres escucharlos?
—Sí, por que no.
La mire un poco más, sentí como nuestras respiraciones se habían sincronizado, como sus ojos se dilataron, como su pecho subía y bajaba.
Revolví en una caja que tenía para guardar los cd’s que llevaba y traía de mi casa y encontré el de un grupo alemán que ejecutaba una serie de ruidos mezcla de metal y música electrónica, Atari Teenage Riot. El título era esclarecedor Burn Berlin, Burn. Lo puse y una bomba de sonido cayó sobre la oficina. Las paredes de madera se cimbraron. El estéreo viejo todavía tenía buen sonido. Me acerqué a ella otra vez para poder sentir el calor de su cuerpo. ¡Mother fucker!. Sonó en los altavoces.
—¿Qué es eso? —me dijo alzando la voz por encima del sonido.
—Ruido, un ruido a toda madre, —exclamé, sintiéndome como en un torbellino. De pronto me pregunte si a ella le gustaba, si andaría con un tipo tantos años mayor. De pronto, tal vez emocionado por su frase y por la música, pensé en que conmigo podía hacerse realidad la vieja fantasía de las nínfulas.
Me sonreí y con toda intención le dije al oído, aprovechando que el grupo sonaba muy fuerte, qué era lo que oía en su casa.
—De todo, pero esto ni sabía que existía. —Me contestó pegando su rostro con el mío.
Entonces olí su cuerpo, una mezcla de chicle de frutas con piel recién bañada y le dije que me gustaba, que desde que la vi no había dejado de pensar en ella y toda esa serie de estupideces que dices cuando deseas un beso. No me contestó, soltó una risa coqueta y puso una mano sobre mi hombro. Me acerqué lentamente y le di un beso en la boca, un beso que duro mucho, mientras las imágenes sonoras y visuales se agolpaban en mi cabeza.
Mientras sentía sus labios en mi boca y luchaba porque mi lengua tocara la suya me imagine como se vería Berlín ardiendo, con el muro derribado a mis pies, a los alemanes corriendo de aquí para allá con antorchas y cocteles Molotov, gritando frases que no podía entender, viendo miles de Lolas de cabello rojo corriendo en las callejuelas de la ciudad, ventanas dejando salir llamas y los autos encendidos como pebeteros.
Entonces alguien tocó. Nos soltamos inmediatamente y tratamos de tranquilizarnos. Ella abrió la puerta y un tipo vestido de azul entró; uno de los seis esclavos que están alrededor de la oficina del administrador, todos contadores, todos trajeados, todos infelices. Nos miró a los dos y por fin me preguntó por las facturas para justificar gastos. Atari Teenage Riot sonaba fuerte, quité el disco. Se hizo un silencio que podía sentirse en toda la piel. El tipo veía las hojas donde pegué las facturas con fechas y desglose de gastos, sin ponerle verdadera atención. Por fin dijo: Todo está en orden, pero creo que necesitaré una fotocopia de su credencial de elector.
—Por ahora no me puedo mover, espero una llamada. ¿Tú podrías sacarla Zitlali? —Ella asintió. Saque el documento de mi cartera, se la di y me quede solo.
Al poco rato regresó y ya tenía una excusa perfecta para disculparme.
—Oye, Zitlali, lo que pasó hace rato...
—No importa— me cortó de pronto— soy una perra, todos me tratan así. —Me vio muy seria, no pude sostenerle la mirada.
—Si quieres tómate este día, no hay mucho movimiento. —Casi le supliqué, necesitaba aire.
—Bien. —tomó su mochila, me dio un beso en la mejilla y se fue.

NOTA:Este es el primer capítulo de mi novela Testosterona que verá la luz a mediados de octubre. La imagen de portada es de Alonso Maza y es una cinco.

domingo, 31 de julio de 2011

Actitud rock

Fue en pleno apogeo de su banda The Doors cuando Jim Morrison fue detenido en los baños del estadio de Miami por un policía que le impidió seguir teniendo sexo con una groupie. Morrison, lleno de ácido y hasta el tope de Jim Bean, subió al escenario y le contó a la gente sobre el incidente. Sus compañeros sabían de sus actitudes, así que siguieron tocando la pieza en la que de improviso al cantante se le ocurrió decir su perorata. El resultado fue que acabó detenido y con el odio de sus compañeros por tener que pagar una millonada en fianzas.
Charly García descansaba en un hotel cinco estrellas cuando la prensa y su propio manager comenzaron a presionar con algo que todavía no se sabe con exactitud que era; las versiones varían. El caso es que vio la ventana y decidió saltar varios pisos hacia la alberca que lo esperaba tranquilamente.
Nuestro único rock star mexicano, es decir el proto-roquero Tin Tan tenía la misma actitud. Se dice que antes de cada filmación fumaba un porro de Golden Acapulco y que en una ocasión su yate, el Tintavento II, tuvo un corto circuito que inició un incendio. La mayoría de sus compañeros alcoholizados como él, se tiraron por la borda esperando salvar la vida. El pachuco tomó una cubeta que para su mala suerte y pachequés resultó ser gasolina.
Esos incidentes eran moneda corriente entre las estrellas de rock, esas que pueden permitirse locuras porque tiene una cohorte de seguidores que los festejan. La leyenda del guía en el laberinto, del mago eléctrico, que es capaz de infringir las normas y que por lo mismo molesta al status quo cada vez es menor. Ahora roqueros donan dinero para causas “justas” y el mismo Bono, ese santón irlandés, se vuelve director de The Guardian por un día para hablar sobre el sufrimiento de los africanos con esa palabrería tan demagógica que lo caracteriza. O los tapatíos de Maná (nombre bíblico que ya mostraba su actitud franciscana) hacen una inocua canción para el activista brasileño Chico Mendes, que, acá entre nosotros es de risa loca. Mientras a Mendes lo perseguían para matarlo los Maná dicen: pícale la panza te va morder (sic).
La actitud roquera cada vez más se diluye en estas generaciones carcomidas por la televisión y la promesa de vida fácil que nos brindan los supermercados. ¿Necesitas salsa para pasta? Ya hay en frasco. ¿Necesitas actitud revolucionaria? Camisetas del Che Guevara en el departamento de ropa.
Este danzón está dedicado a Amy Winehouse por su reciente ingreso al afamado club de los 27.

domingo, 24 de julio de 2011

Tú sabes no soy bueno


Desperté en otro hotel. Era una habitación pequeña, pero que daba al centro de la gran ciudad. Salude a mi acompañante desde la cama mientras ella contestaba el celular e iniciaba el Skype para proseguir con su vida diaria. Una mujer ocupada, muy ocupada, de gran mundo, tres idiomas y una cuenta larga de teléfono.
Yo era ahora solo un bulto en la cama, ayer era el especial nocturno, el gran conquistador, el hombre al que se le cumplían sus fantasías. ¿Así te gusta? ¿Me inclino más? El tipo que ofrecía plática y sonreía. El que no volteaba a ver a ninguna otra mujer. “Tengo hambre”, dijo entre una y otra llamada. “¿Podrías poner algo de música?“ Encendí la computadora y seleccioné algo que nos gustara a los dos. Ayer había sido pop basura cortesía de ella (con grandes interpretaciones mías), mezclado con mi necedad de oír grandes éxitos del lounge y de acid jazz.
Puse en mi lap a Amy Winehouse, You know I’m no good. Me desperté con esa tonada y quería oírla en la habitación. Ella traía sus lentes de leer y esa bella bata de seda vietnamita. Toda una princesa. Me puse mis viejos pantalones de mezclilla deslavada y le avisé que me iba a bañar. “Yo muero por desayunar.”
En el baño leí la típica advertencia de “si usted olvido algo nosotros…” pedí todo, peine, cepillo de dientes, hilo dental, un par de aspirinas… “No tenemos, pero hay paracetamol.” Luego de ducharme la encontré vestida. ¿Estás enojada?, dije. Me contestó con un largo beso que por poco se convertía en sexo sobre la alfombra, pero el rastrillo y lo demás tocaron en ese instante.
Parecía una artista en su paseo dominical. Lentes negros, cabello suelto y ropa holgada. Yo traía la misma ropa de ayer, ella sabía que no regresaríamos a su casa, yo sólo fui a charlar. En la terraza del hotel, donde desayunamos el buffet dominical, encontré a una cuarentona de muy buen ver, a un par de políticos de más de setenta, una familia de gringos que disfrutaban el melancólico sonido del salterio y a la mujer más hermosa del mundo enfundada en mezclilla azul y una tierna blusa con cuello v que dejaba ver su breve y delicioso pecho.
Me serví dos o tres veces jugo de naranja con mandarina y barbacoa. Mientras ella fue al baño me acerque a la chica y le pregunté su nombre. La chica se espantó. Tal vez todavía olía a sexo, pensé. Le pedí disculpas por el atrevimiento y profundamente afectado por su negativa le dije que una cara tan linda como la suya me obligaba a hacer tonterías. Sumé dos o tres lisonjas más que me salieron de muy dentro del alma. Ella se fue con su plato a las mesas del solar. Me quedé como vampiro en donde los rayos de la mañana casi no calaban.
Al poco regresó mi acompañante y pidió nos fuéramos de ahí. La tome de la cintura y nos alejamos del restaurante. Antes de salir, voltee hacia atrás y descubrí a esa criatura hermosa con su escote asomándose a la jarra de jugos especiales (green juice). Le hice adiós con mi mano libre y ella me contestó de la misma manera un poco despistada. Le sonreí.
Luego imaginé que delicioso sería despertar con ella un buen día por la mañana. Sentir su delgado cuerpo junto al regordete mío, y platicarle hasta entrada la tarde. No soy bueno, le diría y sabría que en un desayuno podría pasarle lo mismo que a mi actriz dominical en descanso.
Cuento Publicado hace casi más de un año en la Jornada de Oriente.

viernes, 22 de julio de 2011

Sus piernas


Me gustaban sus piernas. Eran delgadas y suaves. Casi nunca usaba falda, por lo que las escondía muy bien tras esos pantalones infames que utilizaba. Pantalones que eran una o dos tallas más grandes de lo que necesitaba. Así, su cuerpo estaba escondido con esos pedazos de tela que nada le hacían justicia. Además, insistía en utilizar sus lentes de pasta y sus gorras viejas. Era como una niña envejecida, porque y a pesar de lo mucho que había vivido era una niña: 17 apenas llegados. 17 años de una vida dura, 17 de llorar y odiar.
No había muchos lugares a donde ir: terrenos baldíos, parques polvorientos, calles sin pintar y hoteles de camas viejas que de vez en vez se les salía algo que juraba era paja. Me gustaba abrazarla y contarle algo. Que mis palabras fueran las que nos sacaran de ahí, de ese sito en medio de la nada, de ese hotel viejo con toallas rasposas y dulces de mantequilla en las almohadas. Ese sitio al que nos teníamos que recluir porque la policía, sus amigos y su familia podrían encontrarnos.
Le acariciaba la espalda pasando mis dedos lentamente por la estructura de su columna, le mordía la nariz y veía sus ojos gatunos. Ella apenas si era un animal espantado entre mis manos. Un ciervo herido, un gato sangrando, que un día soltaría un zarpazo y se iría huyendo. Porque la naturaleza de lo salvaje es escapar y no dejarse asir. Los felinos caseros engordan y mueren victimas de la pereza. Ella no, ella prefería morir libre. Yo compañeros, apenas si soy una cebada mascota que fenecerá en la alfombra de la sala.
Pero como disfrutábamos de comernos la piel, de descubrir nuevas formas de disfrutarnos. No había sitio que no pudiera tocar, no había postura que no pudiéramos experimentar. Su cuerpo era mío a mi entera disposición y solo había que verla de una manera para que ella entendiera lo que deseaba.
Un día lloramos juntos en su casa porque hasta ese momento nos dimos cuenta que ese acuerdo de poco amor y solidaridad de amigos, de disfrutar únicamente el mordernos la piel a escondidas, se había complicado. Me voy, dijo, besándome con desesperación. Nos tenemos que separar, me decía y nos abrazábamos en la central camionera como si ese momento lo pudiéramos alargar más de lo necesario.
Y compañeros, la deje ir sin documentos y sin promesas de volver. Se fue dejándome con la angustia en la garganta, arremolinándose en mi interior. Se fue compañeros y seguro ahora lame otra piel, seguro otros brazos la cubren. Pero dudo que sepan de su naturaleza, dudo que la vean a los ojos y sepan lo que yo sabía al verla.

martes, 19 de julio de 2011

El Burdel


Hasta hace no mucho tiempo dedicarse a algo relacionado con el arte era catalogado como una gran estupidez. Era bien visto entre amigos y conocidos, pero comprendido como una locura de juventud que no veía su fin y que acarrearía severos problemas al implicado. Pero ahora con las crisis constantes, el sólo hecho de no vivir del presupuesto y dedicarse a cualquier otra cosa es considerada como una tontería. Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error. Es decir, da lo mismos er médioc, abogado o tener dos doctorados, acabarás de taxista.
Por eso cuando la Galería el Burdel se abrió en pleno centro de Tlaxcala, yo no lo consideré como una locura. A pesar de todos los pros/contras con que saltaba a la palestra: el hecho de que fuera arte contemporáneo, que su tendencia pop contrastara con los hábitos de consumo de arte del estado, que fueron en su mayoría creadores que no llegaban a los treinta y ese dejo de “joven progre” de colonia acomodada. Toda esa mezcla podía funcionar a su favor o en contra.
Sin embargo rompieron uno los lineamientos que Felipe Ehrenberg da por sentado: Nunca tiremos en saco roto a nuestros propios colegas allegados, quienes suelen ser nuestros mejores promotores, y quien en ocasiones actúan como curadores y funcionarios: ellos también pueden llegar a ser nuestros mejores coleccionistas.
No sé como vaya funcionando las ventas dentro de este espacio, pero la percepción general, a varios meses de su inicio, es la de alejamiento de tirsos y troyanos por igual. Los otrora simpatizantes les mencionas el sitio y su cara se transforma en decepción completa.
A diferencia de aquel espacio señero como lo era el Mictlan, que en breve tiempo se convirtió en lugar de reunión para distintos tipos de gente; El Burdel poco a poco ha ido perdiendo las simpatías que producía entre sus pares. Y lo que es peor, no ha logrado nuevos simpatizantes.
Las razones son imputables únicamente a la administración, con el agravante de que vivimos en un páramo yermo de propuestas culturales y mucha gente espera un sito a donde buscar refugio, como lo fue el café Intlapancalli, El Mictlán, bar El Tigre original o La Cafebrería. El burdel pudo ser ese refugio que muchos esperábamos.
Recuerdo que uno de los integrantes se quejaba amargamente de que la gente no asistiera a su Taller de arte sonoro, disciplina que incluso en el DF es de unos cuantos. Es no entender al público al que te pretendes acercar.
Aún no cierra, pero no dudo que dentro de poco ese sitio se una las cientos de propuestas que a diario los artistas se envalentonan en crear con resultados fallidos. Los ejemplos sobran.

sábado, 16 de julio de 2011

Resultados del ataque poético

La cita fue a las cuatro de la tarde y justo a las cuatro y media ya éramos más de veinte personas. Nos organizamos en dos escuadrones y marcamos el curso hacia el centro de Tlaxcala. En el medio había un centro comercial, un mercado y varios restaurantes. La gente respondió muy bien a pesar de nuestras carencias. El siguiente ataque ya se está armando.
Acá está el link al video.

jueves, 14 de julio de 2011

Ataque poético


Un grupo de artistas que radicamos en Tlaxcala decidimos leerle poesía a los incautos transeúntes de la capital. Buscaremos víctimas en restaurantes, cafés, centros comerciales, zapaterías. Queremos la plaza.

miércoles, 13 de julio de 2011

Érica


No pensábamos encontrarla. Es más, sólo salimos a comer un hot dog, para calmar el hambre y dar una vuelta. Simplemente la casa nos parecía asfixiante. Pero nos la encontramos con su nuevo novio, que a su vez era el mismo tipo de siempre. Es decir, un sujeto blanco, delgado y con cierto pedigrí entre la pequeña comunidad tlaxcalteca. Había andado con hijos de todo tipo de gente, desde senadores, funcionarios de primer, segundo y tercer nivel, hasta empresarios textileros y dueños de restaurantes. En esta ocasión le tocaba al sobrino de un conocido político. Nos lo presentó con mucho gusto y luego nos invitó a tomar un trago.
Gonzalito, como le decía Erica colgándose de su brazo, ya estaba bastante pedo. Se le notaba en la nariz rojiza y en la mirada perdida. Mi pareja y yo pensábamos que nadie puede negar una invitación a beber. Máxime que todo iba a ser gratis: alcohol y vuelta en auto.
Nos subimos atrás y de inmediato me di cuenta que Erica estaba bastante borracha, también. No paraba de hablar y de contar lo “increíble” que iba la campaña del tío a la gobernatura. Nos relató, con mucho entusiasmo, sus visitas domiciliarias y los planes que tenía para cuando fuera gobernador. Erica siempre era así; tomaba como suyos los proyectos de sus infinitas parejas. Por lo cual la podías ver un día recaudando dinero para niños pobres en áfrica y al otro como empresaria en una disco. Un día, podía estar planeado sus vacaciones por el caribe, y al otro, escribiendo una novela para algún premio. Erica era una mujer co todo para aborrecerla, sin embargo no podías hacerlo.
Su novio me pasó la botella de whiskey y le pegué un buen trago. El tipo se sentía en verdad orgulloso de apoyar al más grande ojete de la región. En verdad deleznable. Un sujeto que había hecho su fortuna esquilmando a la gente que descuidaba sus terrenos. El abogadillo veía el lugar en cuestión, preguntaba por el dueño y luego, si era propicio, levantaba un juicio para quedarse con la propiedad.
Pero el sobrino hablaba de él como un gran estadista, como un sujeto digno de toda confianza. Gonzalito ya se veía al mando de alguna secretaría, con la total impunidad que da ser parte del clan. Por eso se pasaba los altos, veía desafiante a los policías y les gritaba a los trabajadores (que a esa hora regresaban en bicicleta a su casa), ¡Pinches nacos! con un aire de triunfo, que saboreaba en el paladar.
Dimos vueltas durante mucho tiempo, mientras la botella seguía bajando su contenido. Pronto, mi pareja se aburrió y me sugirió que nos bajáramos en cualquier alto, sin explicación ni nada. Le dije que no, que esperara a que sacaran la cena. Aceptó a regañadientes. En realidad quería seguir viendo la progresiva degradación que el alcohol operaba en esa pareja de fresas rurales. Además de que me percataba la forma sexual en la que Erica me pasaba la botella. No sabía cómo o cuándo, sin embargo, acabaría acostarse conmigo.
Cuando dimos la enésima vuelta al kiosko, Gonzalo sugirió que fuéramos a la fiesta de cumpleaños de América. ¡Iba a hacer una parrillada!, grito ella. América era un bombón. Una mujer que hacía ejercicio dos horas al día y que gracias a ello tenía un cuerpo perfectamente esculpido. Voltee a ver a mi mujer y ella acepto. A fin de cuentas, una fiesta le pareció más interesante que andar tras esos pendejos.
La fiesta se hizo en una casa no muy lejana del centro. Era como un pequeño fraccionamiento de clase media alta; muy influenciado por las construcciones gringas suburbanas. Las viviendas estaban dispuestas a ambos lados de una avenida con camellón, tenían techos de dos aguas, y el patio frontal estaba bordeado por truenos recortados hasta alcanzar el metro de altura. En la de América ya estaban los amigos de siempre, estudiantes de derecho que venían de Puebla, algunos otros que cambiaban constantemente de carrera, porque sabían que acabarían siendo los dueños de la empresa de papá.
Las mujeres se veían buenisimas. Esa moda de pantalones a media cadera, resaltaban sus nalgas y las ombligueras mostraban algunos estómagos bastante bellos. América se veía deslumbrante. Ella, alta, con unos senos desbordantes, con una cola de caballo coronando su cabeza y enfundada en un pants carísimo, pegado con delicadeza a su cuerpo, nos dio la bienvenida. Yo la disfrute por unos segundos. Vi tranquilamente su boca al hablar, sus ojos al cerrarse y olí todo el tiempo que pude el discreto perfume que emanaba. Era una delicia verla caminar y saberse bonita. El problema era cuando comenzaba a hablar. América no sabía nada más allá de los trece pasos del maquillaje, la nueva tendencia de la ropa en España y claro, Miami, la reciente crema para borrar manchas y los guapos de la tele.
Nos sentamos cerca de la agringada cocina al aire libre (una “barbacoa” aseguró un recién llegado de Seattle), donde estaban los bisteces y chorizos cocinándose. Sin mediar invitación, entre mi pareja y yo, una flaca bastante hambrienta, dimos cuenta de todo lo que pudimos.
Los presentes era un grupo compacto de empresarios o políticos en embrión. La mayoría no sabían lo que era trabajar para pagar la renta. Estaban, claro, los jodidos con ínfulas de ser ricos. Pero no importaba, cuando menos para mí. El vivir con mi pareja, a esas alturas, casi un año y medio ya me hacía sentir un poco claustrofóbico. Además, las fresas siempre estaban buenisimas o saben ocultar muy bien su fealdad con maquillaje y ropa cara. Yo le agradecía los diseñadores del mundo (uníos) que nos brindaran a los cerdos, como un servidor, aquella vista de piernas, nalgas y estómagos perfectamente cubiertas, pero con tanto que imaginar.
Después de un rato ya estaba lo bastante caliente como para sentirme incómodo. Mi pareja estaba menstruando y por supuesto ni por equivocación podría tocarla. Ella era bastante normal en cuanto al sexo y durante ese periodo, por más cachonda que se pusiera, no permitía que me le acercara. Pinche judía.
La casa estaba sola, porque los padres de América “habían salido”. Entre los giros y cambios de lugar propios de la fiesta, me encontré a Erica a la salida del baño. Me sonrió. Quiso salir de la casa de inmediato, pero la detuve del brazo. Ella giro sobre su propio eje y me acercó su aliento alcohólico. La llevé dentro del baño y comencé a besarla con desesperación. Le metí la mano bajo la blusa y apreté con fuerza sus senos; ella soltaba gritos de dolor y yo los apretaba más fuerte. Parecía que en verdad lo disfrutaba. Luego me comenzó a morder con fiereza los hombros y el pecho. Me dolió, la hice para atrás y le levanté la blusa. Le bese las tetas con violencia, dejándole saliva por todos lados y marcas de mis dientes en la piel. Comenzó a gemir como una loca. La miré a los ojos con extrañeza. Estaba excitadísima. Le ordené que bajara la voz porque nos iban a descubrir. Ella se limitó a apagar la luz del baño.
Lo que quería era vaciarme, acabar pronto y regresar al lado de mi pareja. Esta bien que no quería ya vivir más a su lado, pero, tampoco deseaba que termináramos mal. Me gustaba coger con ella. Le bajé a Erica los calzones y justo cuando iba liberar mi pene, entró Gonzalito. La jalo de los cabellos y en plena oscuridad la comenzó a cachetear. Le bramó que era una puta, la puta más grande que había visto en su vida. Yo estuve de acuerdo con él. Erica era así, su naturaleza era “puteril”. No podía hacer nada contra eso. Le gustaba coger, con quien fuera, dar su cuerpo sin miedo, sin promesas de vida a futuro. Aunque en verdad a cada una de sus novios lo quisiera y terminara con ellos porque una cosa era su corazón y otra su vagina hambrienta de penes.
Cosa que Gonzalito no entendía. Gonzalito había visto en Erica la chica de casa rica con la cual formar una familia, echar raíces y frecuentar las fiestas de la comunidad; que acaban siendo fotografiadas para el periódico.
Gracias a ese descubrimiento y las cachetadas que le acomodó no se percató de quien era el que se estaba intentando coger a su novia. Yo salí de ahí de inmediato. Mientras ellos hacían el zafarrancho en la sala, fui a la parte de atrás de la casa, salté al jardín contrario y entré por el frente a la fiesta. Mi pareja me preguntó que donde andaba, que alguien se estaba madreando a mi amiga. Le dije que el baño estaba ocupado y que había ido a mear en el jardín de a lado. Me iba a preguntar algo, cuando salió Erica con la boca chorreando sangre. Agarrándose de la puerta principal a dos manos y columpiándose de atrás para delante, comenzó a gritar que Gonzalito era un puto, que le había pegado, que lo tenía chiquito y que podía irse a chingar a su madre.
Todos en la fiesta soltaron su indignación. “Pinche Gonzalo”, dijeron unos, “Es un cobarde” comentaron otras. Aunque todos coincidían en que Erica había tenido la culpa. Gonzalo la agarró del brazo y como pudo la metió al coche. En un arranque de conductor suicida se dio la vuelta y casi subiéndose a la banqueta nos dijo que nos fuéramos. Yo volteé a ver a mi pareja y ella asintió. La verdad es que la casa quedaba bastante lejos y no teníamos ganas de regresar caminando. Ella se fue atrás con Erica y yo adelante con Gonzalito.
Cuando llegamos a la casa, mi amiga seguía con su retahíla de gritos y chingaderas. Nos bajamos, abrimos la puerta de la cocina, cosa que Erica aprovecho para meterse y salir con un chuchillo. Gonzalito dio un salto hacia atrás y casi se caía en unos arbustos. Yo la cargué en vilo por la cintura y le dije a mi pareja que me esperara en lo que lograba quitarle el cuchillo y la tranquilizaba. Cerré la puerta y vi, entre las sombras de mi pequeño departamento, que ellos dos trataban de entender que era lo que había pasado.
En cuanto estuvimos dentro, Erica soltó el arma y comenzó a besarme. Luego metió la mano en mi bragueta y sacó mi pene. Le intenté decir que no, que se tranquilizara. Ella contestó ya con mi verga cerca de su cara, que no se iba a ir sin antes acabar lo que empezó. La chupó unas cuantas veces y me vine casi de inmediato. “!Me hubieras avisado, cuando menos¡” Se limpió con su blusa lo que no se tragó y luego salió calmada. Se subió al auto y le ordenó a Gonzalito que la llevara a su casa.
―¿Qué le dijiste? –Preguntó mi pareja.
―Nada. Se tragó una pastilla y luego se tranquilizo. –Contesté sereno.
―Esa Erica es una puta. –Dijo, viendo como el auto se alejaba.

(Versión del 14 de noviembre de 2007, la versión para el libro "Extraños" cambió un poco)
NOTA. En una fiesta Fadanelli me pidió un cuento para la revista Moho, así que hice este texto exprofeso para él. Pero cuando lo terminé el tipo se había vivir a Oaxaca y luego a Alemania. Así que no sé si la Moho siga saliendo y si algún día lo veré en sus páginas.