domingo, 31 de julio de 2011

Actitud rock

Fue en pleno apogeo de su banda The Doors cuando Jim Morrison fue detenido en los baños del estadio de Miami por un policía que le impidió seguir teniendo sexo con una groupie. Morrison, lleno de ácido y hasta el tope de Jim Bean, subió al escenario y le contó a la gente sobre el incidente. Sus compañeros sabían de sus actitudes, así que siguieron tocando la pieza en la que de improviso al cantante se le ocurrió decir su perorata. El resultado fue que acabó detenido y con el odio de sus compañeros por tener que pagar una millonada en fianzas.
Charly García descansaba en un hotel cinco estrellas cuando la prensa y su propio manager comenzaron a presionar con algo que todavía no se sabe con exactitud que era; las versiones varían. El caso es que vio la ventana y decidió saltar varios pisos hacia la alberca que lo esperaba tranquilamente.
Nuestro único rock star mexicano, es decir el proto-roquero Tin Tan tenía la misma actitud. Se dice que antes de cada filmación fumaba un porro de Golden Acapulco y que en una ocasión su yate, el Tintavento II, tuvo un corto circuito que inició un incendio. La mayoría de sus compañeros alcoholizados como él, se tiraron por la borda esperando salvar la vida. El pachuco tomó una cubeta que para su mala suerte y pachequés resultó ser gasolina.
Esos incidentes eran moneda corriente entre las estrellas de rock, esas que pueden permitirse locuras porque tiene una cohorte de seguidores que los festejan. La leyenda del guía en el laberinto, del mago eléctrico, que es capaz de infringir las normas y que por lo mismo molesta al status quo cada vez es menor. Ahora roqueros donan dinero para causas “justas” y el mismo Bono, ese santón irlandés, se vuelve director de The Guardian por un día para hablar sobre el sufrimiento de los africanos con esa palabrería tan demagógica que lo caracteriza. O los tapatíos de Maná (nombre bíblico que ya mostraba su actitud franciscana) hacen una inocua canción para el activista brasileño Chico Mendes, que, acá entre nosotros es de risa loca. Mientras a Mendes lo perseguían para matarlo los Maná dicen: pícale la panza te va morder (sic).
La actitud roquera cada vez más se diluye en estas generaciones carcomidas por la televisión y la promesa de vida fácil que nos brindan los supermercados. ¿Necesitas salsa para pasta? Ya hay en frasco. ¿Necesitas actitud revolucionaria? Camisetas del Che Guevara en el departamento de ropa.
Este danzón está dedicado a Amy Winehouse por su reciente ingreso al afamado club de los 27.

domingo, 24 de julio de 2011

Tú sabes no soy bueno


Desperté en otro hotel. Era una habitación pequeña, pero que daba al centro de la gran ciudad. Salude a mi acompañante desde la cama mientras ella contestaba el celular e iniciaba el Skype para proseguir con su vida diaria. Una mujer ocupada, muy ocupada, de gran mundo, tres idiomas y una cuenta larga de teléfono.
Yo era ahora solo un bulto en la cama, ayer era el especial nocturno, el gran conquistador, el hombre al que se le cumplían sus fantasías. ¿Así te gusta? ¿Me inclino más? El tipo que ofrecía plática y sonreía. El que no volteaba a ver a ninguna otra mujer. “Tengo hambre”, dijo entre una y otra llamada. “¿Podrías poner algo de música?“ Encendí la computadora y seleccioné algo que nos gustara a los dos. Ayer había sido pop basura cortesía de ella (con grandes interpretaciones mías), mezclado con mi necedad de oír grandes éxitos del lounge y de acid jazz.
Puse en mi lap a Amy Winehouse, You know I’m no good. Me desperté con esa tonada y quería oírla en la habitación. Ella traía sus lentes de leer y esa bella bata de seda vietnamita. Toda una princesa. Me puse mis viejos pantalones de mezclilla deslavada y le avisé que me iba a bañar. “Yo muero por desayunar.”
En el baño leí la típica advertencia de “si usted olvido algo nosotros…” pedí todo, peine, cepillo de dientes, hilo dental, un par de aspirinas… “No tenemos, pero hay paracetamol.” Luego de ducharme la encontré vestida. ¿Estás enojada?, dije. Me contestó con un largo beso que por poco se convertía en sexo sobre la alfombra, pero el rastrillo y lo demás tocaron en ese instante.
Parecía una artista en su paseo dominical. Lentes negros, cabello suelto y ropa holgada. Yo traía la misma ropa de ayer, ella sabía que no regresaríamos a su casa, yo sólo fui a charlar. En la terraza del hotel, donde desayunamos el buffet dominical, encontré a una cuarentona de muy buen ver, a un par de políticos de más de setenta, una familia de gringos que disfrutaban el melancólico sonido del salterio y a la mujer más hermosa del mundo enfundada en mezclilla azul y una tierna blusa con cuello v que dejaba ver su breve y delicioso pecho.
Me serví dos o tres veces jugo de naranja con mandarina y barbacoa. Mientras ella fue al baño me acerque a la chica y le pregunté su nombre. La chica se espantó. Tal vez todavía olía a sexo, pensé. Le pedí disculpas por el atrevimiento y profundamente afectado por su negativa le dije que una cara tan linda como la suya me obligaba a hacer tonterías. Sumé dos o tres lisonjas más que me salieron de muy dentro del alma. Ella se fue con su plato a las mesas del solar. Me quedé como vampiro en donde los rayos de la mañana casi no calaban.
Al poco regresó mi acompañante y pidió nos fuéramos de ahí. La tome de la cintura y nos alejamos del restaurante. Antes de salir, voltee hacia atrás y descubrí a esa criatura hermosa con su escote asomándose a la jarra de jugos especiales (green juice). Le hice adiós con mi mano libre y ella me contestó de la misma manera un poco despistada. Le sonreí.
Luego imaginé que delicioso sería despertar con ella un buen día por la mañana. Sentir su delgado cuerpo junto al regordete mío, y platicarle hasta entrada la tarde. No soy bueno, le diría y sabría que en un desayuno podría pasarle lo mismo que a mi actriz dominical en descanso.
Cuento Publicado hace casi más de un año en la Jornada de Oriente.

viernes, 22 de julio de 2011

Sus piernas


Me gustaban sus piernas. Eran delgadas y suaves. Casi nunca usaba falda, por lo que las escondía muy bien tras esos pantalones infames que utilizaba. Pantalones que eran una o dos tallas más grandes de lo que necesitaba. Así, su cuerpo estaba escondido con esos pedazos de tela que nada le hacían justicia. Además, insistía en utilizar sus lentes de pasta y sus gorras viejas. Era como una niña envejecida, porque y a pesar de lo mucho que había vivido era una niña: 17 apenas llegados. 17 años de una vida dura, 17 de llorar y odiar.
No había muchos lugares a donde ir: terrenos baldíos, parques polvorientos, calles sin pintar y hoteles de camas viejas que de vez en vez se les salía algo que juraba era paja. Me gustaba abrazarla y contarle algo. Que mis palabras fueran las que nos sacaran de ahí, de ese sito en medio de la nada, de ese hotel viejo con toallas rasposas y dulces de mantequilla en las almohadas. Ese sitio al que nos teníamos que recluir porque la policía, sus amigos y su familia podrían encontrarnos.
Le acariciaba la espalda pasando mis dedos lentamente por la estructura de su columna, le mordía la nariz y veía sus ojos gatunos. Ella apenas si era un animal espantado entre mis manos. Un ciervo herido, un gato sangrando, que un día soltaría un zarpazo y se iría huyendo. Porque la naturaleza de lo salvaje es escapar y no dejarse asir. Los felinos caseros engordan y mueren victimas de la pereza. Ella no, ella prefería morir libre. Yo compañeros, apenas si soy una cebada mascota que fenecerá en la alfombra de la sala.
Pero como disfrutábamos de comernos la piel, de descubrir nuevas formas de disfrutarnos. No había sitio que no pudiera tocar, no había postura que no pudiéramos experimentar. Su cuerpo era mío a mi entera disposición y solo había que verla de una manera para que ella entendiera lo que deseaba.
Un día lloramos juntos en su casa porque hasta ese momento nos dimos cuenta que ese acuerdo de poco amor y solidaridad de amigos, de disfrutar únicamente el mordernos la piel a escondidas, se había complicado. Me voy, dijo, besándome con desesperación. Nos tenemos que separar, me decía y nos abrazábamos en la central camionera como si ese momento lo pudiéramos alargar más de lo necesario.
Y compañeros, la deje ir sin documentos y sin promesas de volver. Se fue dejándome con la angustia en la garganta, arremolinándose en mi interior. Se fue compañeros y seguro ahora lame otra piel, seguro otros brazos la cubren. Pero dudo que sepan de su naturaleza, dudo que la vean a los ojos y sepan lo que yo sabía al verla.

martes, 19 de julio de 2011

El Burdel


Hasta hace no mucho tiempo dedicarse a algo relacionado con el arte era catalogado como una gran estupidez. Era bien visto entre amigos y conocidos, pero comprendido como una locura de juventud que no veía su fin y que acarrearía severos problemas al implicado. Pero ahora con las crisis constantes, el sólo hecho de no vivir del presupuesto y dedicarse a cualquier otra cosa es considerada como una tontería. Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error. Es decir, da lo mismos er médioc, abogado o tener dos doctorados, acabarás de taxista.
Por eso cuando la Galería el Burdel se abrió en pleno centro de Tlaxcala, yo no lo consideré como una locura. A pesar de todos los pros/contras con que saltaba a la palestra: el hecho de que fuera arte contemporáneo, que su tendencia pop contrastara con los hábitos de consumo de arte del estado, que fueron en su mayoría creadores que no llegaban a los treinta y ese dejo de “joven progre” de colonia acomodada. Toda esa mezcla podía funcionar a su favor o en contra.
Sin embargo rompieron uno los lineamientos que Felipe Ehrenberg da por sentado: Nunca tiremos en saco roto a nuestros propios colegas allegados, quienes suelen ser nuestros mejores promotores, y quien en ocasiones actúan como curadores y funcionarios: ellos también pueden llegar a ser nuestros mejores coleccionistas.
No sé como vaya funcionando las ventas dentro de este espacio, pero la percepción general, a varios meses de su inicio, es la de alejamiento de tirsos y troyanos por igual. Los otrora simpatizantes les mencionas el sitio y su cara se transforma en decepción completa.
A diferencia de aquel espacio señero como lo era el Mictlan, que en breve tiempo se convirtió en lugar de reunión para distintos tipos de gente; El Burdel poco a poco ha ido perdiendo las simpatías que producía entre sus pares. Y lo que es peor, no ha logrado nuevos simpatizantes.
Las razones son imputables únicamente a la administración, con el agravante de que vivimos en un páramo yermo de propuestas culturales y mucha gente espera un sito a donde buscar refugio, como lo fue el café Intlapancalli, El Mictlán, bar El Tigre original o La Cafebrería. El burdel pudo ser ese refugio que muchos esperábamos.
Recuerdo que uno de los integrantes se quejaba amargamente de que la gente no asistiera a su Taller de arte sonoro, disciplina que incluso en el DF es de unos cuantos. Es no entender al público al que te pretendes acercar.
Aún no cierra, pero no dudo que dentro de poco ese sitio se una las cientos de propuestas que a diario los artistas se envalentonan en crear con resultados fallidos. Los ejemplos sobran.

sábado, 16 de julio de 2011

Resultados del ataque poético

La cita fue a las cuatro de la tarde y justo a las cuatro y media ya éramos más de veinte personas. Nos organizamos en dos escuadrones y marcamos el curso hacia el centro de Tlaxcala. En el medio había un centro comercial, un mercado y varios restaurantes. La gente respondió muy bien a pesar de nuestras carencias. El siguiente ataque ya se está armando.
Acá está el link al video.

jueves, 14 de julio de 2011

Ataque poético


Un grupo de artistas que radicamos en Tlaxcala decidimos leerle poesía a los incautos transeúntes de la capital. Buscaremos víctimas en restaurantes, cafés, centros comerciales, zapaterías. Queremos la plaza.

miércoles, 13 de julio de 2011

Érica


No pensábamos encontrarla. Es más, sólo salimos a comer un hot dog, para calmar el hambre y dar una vuelta. Simplemente la casa nos parecía asfixiante. Pero nos la encontramos con su nuevo novio, que a su vez era el mismo tipo de siempre. Es decir, un sujeto blanco, delgado y con cierto pedigrí entre la pequeña comunidad tlaxcalteca. Había andado con hijos de todo tipo de gente, desde senadores, funcionarios de primer, segundo y tercer nivel, hasta empresarios textileros y dueños de restaurantes. En esta ocasión le tocaba al sobrino de un conocido político. Nos lo presentó con mucho gusto y luego nos invitó a tomar un trago.
Gonzalito, como le decía Erica colgándose de su brazo, ya estaba bastante pedo. Se le notaba en la nariz rojiza y en la mirada perdida. Mi pareja y yo pensábamos que nadie puede negar una invitación a beber. Máxime que todo iba a ser gratis: alcohol y vuelta en auto.
Nos subimos atrás y de inmediato me di cuenta que Erica estaba bastante borracha, también. No paraba de hablar y de contar lo “increíble” que iba la campaña del tío a la gobernatura. Nos relató, con mucho entusiasmo, sus visitas domiciliarias y los planes que tenía para cuando fuera gobernador. Erica siempre era así; tomaba como suyos los proyectos de sus infinitas parejas. Por lo cual la podías ver un día recaudando dinero para niños pobres en áfrica y al otro como empresaria en una disco. Un día, podía estar planeado sus vacaciones por el caribe, y al otro, escribiendo una novela para algún premio. Erica era una mujer co todo para aborrecerla, sin embargo no podías hacerlo.
Su novio me pasó la botella de whiskey y le pegué un buen trago. El tipo se sentía en verdad orgulloso de apoyar al más grande ojete de la región. En verdad deleznable. Un sujeto que había hecho su fortuna esquilmando a la gente que descuidaba sus terrenos. El abogadillo veía el lugar en cuestión, preguntaba por el dueño y luego, si era propicio, levantaba un juicio para quedarse con la propiedad.
Pero el sobrino hablaba de él como un gran estadista, como un sujeto digno de toda confianza. Gonzalito ya se veía al mando de alguna secretaría, con la total impunidad que da ser parte del clan. Por eso se pasaba los altos, veía desafiante a los policías y les gritaba a los trabajadores (que a esa hora regresaban en bicicleta a su casa), ¡Pinches nacos! con un aire de triunfo, que saboreaba en el paladar.
Dimos vueltas durante mucho tiempo, mientras la botella seguía bajando su contenido. Pronto, mi pareja se aburrió y me sugirió que nos bajáramos en cualquier alto, sin explicación ni nada. Le dije que no, que esperara a que sacaran la cena. Aceptó a regañadientes. En realidad quería seguir viendo la progresiva degradación que el alcohol operaba en esa pareja de fresas rurales. Además de que me percataba la forma sexual en la que Erica me pasaba la botella. No sabía cómo o cuándo, sin embargo, acabaría acostarse conmigo.
Cuando dimos la enésima vuelta al kiosko, Gonzalo sugirió que fuéramos a la fiesta de cumpleaños de América. ¡Iba a hacer una parrillada!, grito ella. América era un bombón. Una mujer que hacía ejercicio dos horas al día y que gracias a ello tenía un cuerpo perfectamente esculpido. Voltee a ver a mi mujer y ella acepto. A fin de cuentas, una fiesta le pareció más interesante que andar tras esos pendejos.
La fiesta se hizo en una casa no muy lejana del centro. Era como un pequeño fraccionamiento de clase media alta; muy influenciado por las construcciones gringas suburbanas. Las viviendas estaban dispuestas a ambos lados de una avenida con camellón, tenían techos de dos aguas, y el patio frontal estaba bordeado por truenos recortados hasta alcanzar el metro de altura. En la de América ya estaban los amigos de siempre, estudiantes de derecho que venían de Puebla, algunos otros que cambiaban constantemente de carrera, porque sabían que acabarían siendo los dueños de la empresa de papá.
Las mujeres se veían buenisimas. Esa moda de pantalones a media cadera, resaltaban sus nalgas y las ombligueras mostraban algunos estómagos bastante bellos. América se veía deslumbrante. Ella, alta, con unos senos desbordantes, con una cola de caballo coronando su cabeza y enfundada en un pants carísimo, pegado con delicadeza a su cuerpo, nos dio la bienvenida. Yo la disfrute por unos segundos. Vi tranquilamente su boca al hablar, sus ojos al cerrarse y olí todo el tiempo que pude el discreto perfume que emanaba. Era una delicia verla caminar y saberse bonita. El problema era cuando comenzaba a hablar. América no sabía nada más allá de los trece pasos del maquillaje, la nueva tendencia de la ropa en España y claro, Miami, la reciente crema para borrar manchas y los guapos de la tele.
Nos sentamos cerca de la agringada cocina al aire libre (una “barbacoa” aseguró un recién llegado de Seattle), donde estaban los bisteces y chorizos cocinándose. Sin mediar invitación, entre mi pareja y yo, una flaca bastante hambrienta, dimos cuenta de todo lo que pudimos.
Los presentes era un grupo compacto de empresarios o políticos en embrión. La mayoría no sabían lo que era trabajar para pagar la renta. Estaban, claro, los jodidos con ínfulas de ser ricos. Pero no importaba, cuando menos para mí. El vivir con mi pareja, a esas alturas, casi un año y medio ya me hacía sentir un poco claustrofóbico. Además, las fresas siempre estaban buenisimas o saben ocultar muy bien su fealdad con maquillaje y ropa cara. Yo le agradecía los diseñadores del mundo (uníos) que nos brindaran a los cerdos, como un servidor, aquella vista de piernas, nalgas y estómagos perfectamente cubiertas, pero con tanto que imaginar.
Después de un rato ya estaba lo bastante caliente como para sentirme incómodo. Mi pareja estaba menstruando y por supuesto ni por equivocación podría tocarla. Ella era bastante normal en cuanto al sexo y durante ese periodo, por más cachonda que se pusiera, no permitía que me le acercara. Pinche judía.
La casa estaba sola, porque los padres de América “habían salido”. Entre los giros y cambios de lugar propios de la fiesta, me encontré a Erica a la salida del baño. Me sonrió. Quiso salir de la casa de inmediato, pero la detuve del brazo. Ella giro sobre su propio eje y me acercó su aliento alcohólico. La llevé dentro del baño y comencé a besarla con desesperación. Le metí la mano bajo la blusa y apreté con fuerza sus senos; ella soltaba gritos de dolor y yo los apretaba más fuerte. Parecía que en verdad lo disfrutaba. Luego me comenzó a morder con fiereza los hombros y el pecho. Me dolió, la hice para atrás y le levanté la blusa. Le bese las tetas con violencia, dejándole saliva por todos lados y marcas de mis dientes en la piel. Comenzó a gemir como una loca. La miré a los ojos con extrañeza. Estaba excitadísima. Le ordené que bajara la voz porque nos iban a descubrir. Ella se limitó a apagar la luz del baño.
Lo que quería era vaciarme, acabar pronto y regresar al lado de mi pareja. Esta bien que no quería ya vivir más a su lado, pero, tampoco deseaba que termináramos mal. Me gustaba coger con ella. Le bajé a Erica los calzones y justo cuando iba liberar mi pene, entró Gonzalito. La jalo de los cabellos y en plena oscuridad la comenzó a cachetear. Le bramó que era una puta, la puta más grande que había visto en su vida. Yo estuve de acuerdo con él. Erica era así, su naturaleza era “puteril”. No podía hacer nada contra eso. Le gustaba coger, con quien fuera, dar su cuerpo sin miedo, sin promesas de vida a futuro. Aunque en verdad a cada una de sus novios lo quisiera y terminara con ellos porque una cosa era su corazón y otra su vagina hambrienta de penes.
Cosa que Gonzalito no entendía. Gonzalito había visto en Erica la chica de casa rica con la cual formar una familia, echar raíces y frecuentar las fiestas de la comunidad; que acaban siendo fotografiadas para el periódico.
Gracias a ese descubrimiento y las cachetadas que le acomodó no se percató de quien era el que se estaba intentando coger a su novia. Yo salí de ahí de inmediato. Mientras ellos hacían el zafarrancho en la sala, fui a la parte de atrás de la casa, salté al jardín contrario y entré por el frente a la fiesta. Mi pareja me preguntó que donde andaba, que alguien se estaba madreando a mi amiga. Le dije que el baño estaba ocupado y que había ido a mear en el jardín de a lado. Me iba a preguntar algo, cuando salió Erica con la boca chorreando sangre. Agarrándose de la puerta principal a dos manos y columpiándose de atrás para delante, comenzó a gritar que Gonzalito era un puto, que le había pegado, que lo tenía chiquito y que podía irse a chingar a su madre.
Todos en la fiesta soltaron su indignación. “Pinche Gonzalo”, dijeron unos, “Es un cobarde” comentaron otras. Aunque todos coincidían en que Erica había tenido la culpa. Gonzalo la agarró del brazo y como pudo la metió al coche. En un arranque de conductor suicida se dio la vuelta y casi subiéndose a la banqueta nos dijo que nos fuéramos. Yo volteé a ver a mi pareja y ella asintió. La verdad es que la casa quedaba bastante lejos y no teníamos ganas de regresar caminando. Ella se fue atrás con Erica y yo adelante con Gonzalito.
Cuando llegamos a la casa, mi amiga seguía con su retahíla de gritos y chingaderas. Nos bajamos, abrimos la puerta de la cocina, cosa que Erica aprovecho para meterse y salir con un chuchillo. Gonzalito dio un salto hacia atrás y casi se caía en unos arbustos. Yo la cargué en vilo por la cintura y le dije a mi pareja que me esperara en lo que lograba quitarle el cuchillo y la tranquilizaba. Cerré la puerta y vi, entre las sombras de mi pequeño departamento, que ellos dos trataban de entender que era lo que había pasado.
En cuanto estuvimos dentro, Erica soltó el arma y comenzó a besarme. Luego metió la mano en mi bragueta y sacó mi pene. Le intenté decir que no, que se tranquilizara. Ella contestó ya con mi verga cerca de su cara, que no se iba a ir sin antes acabar lo que empezó. La chupó unas cuantas veces y me vine casi de inmediato. “!Me hubieras avisado, cuando menos¡” Se limpió con su blusa lo que no se tragó y luego salió calmada. Se subió al auto y le ordenó a Gonzalito que la llevara a su casa.
―¿Qué le dijiste? –Preguntó mi pareja.
―Nada. Se tragó una pastilla y luego se tranquilizo. –Contesté sereno.
―Esa Erica es una puta. –Dijo, viendo como el auto se alejaba.

(Versión del 14 de noviembre de 2007, la versión para el libro "Extraños" cambió un poco)
NOTA. En una fiesta Fadanelli me pidió un cuento para la revista Moho, así que hice este texto exprofeso para él. Pero cuando lo terminé el tipo se había vivir a Oaxaca y luego a Alemania. Así que no sé si la Moho siga saliendo y si algún día lo veré en sus páginas.

lunes, 11 de julio de 2011

Sobre Extraños


Fue hace ya más de cuatro años que mi vida llegó a un momento álgido. Vivía a ratos en Xalapa, en Tlaxcala y el DF. De pronto se cortó el vínculo que tenía con Xalapa y me tuve que refugiar en la Ciudad de México. El único amigo que sabía de esa mala racha y sus villanos me tendió la mano. Cuando llegué a su casa todavía la nube negra llovía sobre mí. Varias veces escribí cartas larguísimas tratando de regresar a Veracruz pero todo estaba roto y tuve que resignarme al duelo y a dejar atrás una vida de casi cinco años. Eso sólo fue el detonante de muchas cosas.
En el DF me fui a vivir a un cuarto de azotea donde cabían dos colchones tamaño individual, una mesa, un sofá cama y algunos libros. Eso sí, mi amigo y yo siempre deseamos conservar el estilo por lo que en las noches nos preparábamos café de grano, poníamos unas sillas en la azotea y platicábamos viendo el cielo rojo de la ciudad.
Sin trabajo claro cantábamos en los camiones, cosa que a mí no me agradaba, por aquello del ego exacerbado. Mi amigo guardaba las monedas de diez pesos y los billetes en un gran frasco de mayonesa McCormick porque con eso nos íbamos a ir de viaje. Huelga decirlo, el frasco nunca se llenó y esas prometidas vacaciones no se concretaron. Pero la esperanza seguí ahí.
En medio de tan precariedad, era divertido podernos leer poesía o narrativa. Un día por la noche llegué y mi amigo tenía los pies subidos en un escritorio que acaba de adquirir. Tenía entre sus manos Sexus de Henry Miller, me leyó un pedazo y me sentí tan bien. Oír la voz jodida del neoyorquino pidiendo prestado en Paris para poder acostarse con una mujer me hizo recordar que la literatura se alimenta de vida.
Esa noche comencé a redactar lo que sería el primer cuento de Extraños. Mi amigo iba todas las tardes a sus juntas de AA y yo me quedaba a espiar a la vecina de abajo, una adolescente de 23 años con un hijo. Frente a ella se mudo un contable, que a la postre se convertiría en nuestro ángel salvador.
Un día el nuevo vecino, un tipo de sesentas años que se estaba divorciando, subió a preguntar por el nombre de algún albañil que le ayudara a reconstruir el departamento, porque estaba hecho una ruina: el agua se colaba por al cocina, el calentador era una reliquia con más de 20 años de uso, el piso estaba levantado, no había luz en la habitación principal, las paredes estaban escarapeladas, el yeso se caía a pedazos y varios vidrios faltaban. Mi amigo observó al personaje, lo midió en fracciones de segundo y dijo: nosotros podemos ayudarle. Me quedé callado porque en parte estaba pagando una manda y en parte porque necesitábamos el dinero.
Al otro día nos dedicamos a quitar el calentador, revocar paredes, instalar contactos, poner el sapo de la caja del baño, reponer vidrios, impermeabilizar el techo, pintar y demás detalles. Yo no sabía hacer nada de eso, pero entre mi amigo y las sucesivas preguntas a ferreteros, electricistas, albañiles pudimos ir haciendo las cosas. El dinero de ese casi mes de trabajo nos dio para vivir con holgura.
En las noches llegaba tan cansado que lo único que me quedaba era imaginarme historias. No las escribía, simplemente se iban acumulando en mi cabeza. El contador tenía severos problemas con su esposa, la vecina de abajo con su novio, mi amigo con su pareja, otro amigo que me permitía beber en su casa tenía problemas con sus tres mujeres. La secretaria del contador me contaba sus problemas y la vecina hacía lo mismo. Pronto me di cuenta de lo solos que estaban todos, que las personas que aparentaban ser con sus parejas no correspondían con lo que yo percibía.
La vida del contador era de supers y restaurantes. Pronto me hizo su chalan de confianza y lo acompañaba a los supermercados en el momento más feliz de su vida: cuando hacía la despensa de la semana. Compraba botellas, revistas, jabones de olor, aerosoles, ropa de Aurrera y sus muebles con la tarjeta de crédito. Su tema favorito era hablar de las mujeres. Le gustaban las señoras entradas en carnes y que rondaran los cuarenta años.
Como gente de su confianza me manda a visitar a algunos de sus clientes. Así pude platicar con taqueros, tenderos, papeleros y una variopinta muestra de los personajes que viven a diario en las colonias Portales, Centro, escuadrón 201 y demás colonias de clase media baja de la ciudad.
Los escritores mexicanos por lo regular nos recluimos en guetos literarios donde vemos el mundo desde los ojos de los libros y las revistas. Nos leemos entre nosotros y de vez en cuando levantamos el puño contra “las injusticias” dándole reenviar a un correo o un coment en el facebook. Ahí recordé lo que era vivir en una colonia jodida entre gente que le importa madre Paz y Fuentes.
El trabajo con el contador poca poco se iba haciendo subyugante. Me había tomado como un hijo y me levantaba a correr en los áridos prados de la colonia escuadrón 201. Mi amigo había tenido que irse a trabajar con la esposa de mi empleador. Cuando comparábamos historias era gracioso ver como uno y el otro se acusaban del divorcio.
Pronto la cotidianeidad con mi amigo se volvió difícil y tuve que abandonar su casa y aceptar un trabajo en Veracruz. Recogí una mañana todas mis cosas y me fui de ahí. En Acayucan pretendíamos crear un museo comunitario un compañero antropólogo, su sobrino y yo. Sin embargo el proyecto no se concretó, pero si me dio el suficiente espacio en las precarias condiciones donde viví como para escribir varios de los cuentos del libro. La historia de Acayucan, sus políticos corruptos, los table dances junto a la iglesia, sus brujos, narcos y tamales, deberá ser contada en otra ocasión.
Cuando regresé a Tlaxcala el esqueleto del libro ya estaba en pleno. Conjunté los cuentos, les di una revisada y se los envíe a una editorial que residía en el estado, misma que había publicado a un par de colegas escritores. El editor me envió una carta de rechazo muy elegante, diciéndome que prácticamente era horrible como escribía, que el sexo y los temas que tocaba eran un impedimento: “…me encontré con que lo escrito era álgido y estuve a punto de tomar las Villadiego, pero decidí continuar leyendo”, escribió. Tiempo después, en su columna semanal dijo que “De ida y vuelta” un volumen sobre artistas plásticos de Tlaxcala que acaba de publicar, también era bastante malo.
Dejé de tocar el tema de querer publicar y me dediqué a trabajar como jefe de difusión del Museo de arte de Tlaxcala, gracias a la intermediación de su ex directora Helena Hernández. Ahí tuve tiempo de dejar enfriar los escritos y de nutrirme de otras realidades. Mi casa se convirtió en el refugio de bebedores ocasionales. Había madrugadas en que me levantaba para abrir y ahí estaban con botella en mano amigos o conocidos. En la cama de visitantes durmieron todo tipo de personas. Yo era el doctor psiquiatra que por las mañana escuchaba la historia de los que sobrevivían a esas noches. Pronto más historias de amores frustrados, de incomunicación y alcoholismo se fueron gestando en mi cabeza.
Fue Nahum Torres quien me sugirió enviar el volumen a Tierra Adentro y esperar el dictamen. Sin conocer a nadie dentro de la estructura, un día lo imprimí, lo empaqueté y esperé pacientemente a que me contestaran. En el museo recibíamos de vez en cuando libros enviados al concurso “Juan Rulfo de primera novela”. Uno sabe que el romántico correo mexicano es muy falible por lo que meses después llamé para preguntar por el destino que había tenido mi envío. Me contestó Mauricio Salvador que muy amablemente comentó que mi libro había pasado una etapa y esperaba otra dictaminación.
En enero de 2010 encontré en mi correo electrónico la felicitación de Rayo Ramírez quien me confirmaba que Extraños se publicaría. Me compré un Don Simón y festejé solo en mi casa. Para ese momento volvía ser desempleado pero la felicidad no cabía en mí.
Al paso del tiempo creo que Extraños habla sobre la incomunicación, sobre el alcoholismo, sobre el sexo como una forma de paliar la soledad, sobre el absurdo de la vida en las ciudades, sobre el desempleo y este mundo suburbano que nos toca vivir a los que tenemos la suerte de pertenecer a la maltrecha clase media. Son claras las influencias de Raymond Carver, Murakami, Henry Miller, Pedro Juan Gutiérrez, Frederick Barthelme, Norman Miler y principalmente de “El Loco Chávez” de Carlos Trillo. Extraños no es un libro de denuncia, ni espera serlo, es simplemente un reflejo de la gente que he visto en mi paso por este mundo.
San Pablo Apetatitlán-Octubre de 2010

Imágenes sicalípticas

El cine pornográfico nació al mismo tiempo que el convencional. No es culpa de los “tiempos terribles” que vivimos ahora o de la “falta de valores de la sociedad actual”, es simplemente producto del deseo carnal. La pornografía ha estado en la humanidad desde hace ya muchos siglos, ya sea por medio de dibujos procaces o de grabados sicalípticos. La edición en español de La Perla, un clásico de la literatura pornográfica, contenía estas delicias venidas de siglos pasados.
Entre sus páginas había reproducciones de antiguos dibujos medievales o litografías con monjas libidinosas formadas frente al diminuto pene de un padre panzón, geishas sufridoras violadas por un pulpo o níveos traseros victorianos cogidos por un señor de impecable mostacho.
El porno cinematográfico nació con “vistas” de prostitutas mostrándose ante la cámara. Pudibundas mujeres desnudándose en atiborrados escenarios con almohadas, cortinas y mullidos sillones. Al principio la imagen saltaba por sus escasos 20 o 24 cuadros por segundo pero el romance entre la inexperta actriz y el soez camarógrafo ya estaba consumado. Eran solo mujeres contratadas para mostrarse sin ningún tipo de gracia. Luego vinieron los primeros pornógrafos con ideas y aquello cambio horrores. Pronto hubo nuevas propuestas para poder “calentar” al público. Público que veía estos breves encuentros sexuales en cualquier bodega o sótano donde se proyectaran. Claro, siempre que no hubiera alguien de la sociedad respetable, para no meterse en problemas.
Aquellas vistas evolucionaron a las grandes películas en 35 mm de los setentas, gracias al gran éxito de Garganta Profunda (USA, 1972) tal vez la película pornográfica más célebre de todos los tiempos, referencia colectiva de hasta el público más neófito. Este garbanzo de a libra hizo que viniera una época de oro en la industria del cine para adultos.
Los productores adquirieron cierto respeto, los directores se posicionaron como cotizados artesanos y los actores tuvieron el gusto de poder recibir premios por sus cachondas actuaciones. Se crearon cines para exhibirlas, un público asiduo las visitaba y hasta ciertas personas open mind llevaban a sus chicas a ver estos productos. La porno había triunfado en el aspecto de prestigio, aunque seguía teniendo el rechazo de la parte más conservadora de Estados Unidos y del resto de los países.
Pero esta luna de miel no duraría mucho. La pornografía abandonaría sus grandes éxitos donde la trama era importante, así como los gemidos de las protagonistas. No más cosas tan inquietantes como Café Flesh, Tras la Puerta Verde o El Diablo en la Señorita Jones. El cine porno se replegaría a sus inicios teniendo que volver a esas vistas de pocos minutos y nula trama. En una primera instancia al videocasete y más tarde al Internet.
Publicada originalmente en www.neotraba.com