martes, 17 de abril de 2012

La podredumbre de la clase media

Por Sergio Orospe (Reseña sobre Entropía del año 2003 aparecida en el extinto portal Zonar.tv, coordinado por Nahum Torres y Nadia Islas Navarro)

Desde la primera lectura que escuche del propio autor durante la respectiva presentación, Entropía llamó mi atención, no sólo por lo agridulce de sus cuentos, sino por su muy peculiar visión de la clase media urbana. A lo largo de los nueve cuentos (llamados hipervínculos), Iván Farías disecciona a la perfección esa middle class trashque abarrota los Vips, que cada semana visita el tianguis cercano a su casa o que trabaja en alguna apretada oficina con horario establecido.

Todos los detalles parecen tener el objetivo de recordarnos a alguien que nos hemos topado durante el día, alguien cercano o, ¿por qué no?, a nosotros mismos: la forma de vestir, el comportamiento, los hábitos al comer rehidratados, los complejos y prejuicios… todo parece ancontrarse y en perfecto orden.

La narrativa de Farías contiene sangre, sexo, infidelidades y relaciones frustradas. En medio de todo este fango puede distinguirse una minúscula luz de esperanza en los personajes, la cual, en ocasiones, es la culpable de que caigan en garrafales absurdos ("La mujer del hotel") o ser víctimas de su propia generosidad como en "Antes de que llegara". La mediocridad es otro motiro de desdichas, y el sexo parece omnipresente en todos y cada uno de las secuencias descritas en el libro. Los personajes (sin rostro, números de serie vestidos con ropa chafa o pirata, rencorosos e infieles empedernidos), están llenos de prejuicios. Para demostrarse a sí mismos su hombría terminan acostándose con la novia de su mejor amigo ("Un viaje") ¿nos suena?, o para mantener una amistad deciden "compartir" su mujer como si de un objeto se tratara ("Entropía") ¿también nos suena?, y si bien desde la presentación del libro se descalificaba de misógino -etiqueta merecedora de quien no comprende la lectura-, la verdad es que en muchos momento no se puede pensar en otro calificativo para nombrar lo que Farías ha escrito.

Fuera de su polémico contenido, es una pena que este libro se imprima con tantos errores ortográficos, especialmente en aquellas partes donde el autor introdujo citas en inglés para comenzar sus cuentos. Ésto, desgraciadamente, le resta puntos e imagen ante todos aquellos que piensan que no hay nada bueno en el panorama de las "nuevas voces" nacionales, porque sin mucho tiraje, sin mucho ruido pero con mucha fuerza y mordacidad, Iván Farias y suEntropía dejan bien claro que no pueden estar más equivocados...

Entropía. Iván Farías. Los premios. Instituto Tlaxcalteca de Cultura, 2003. 136 pág.

martes, 10 de abril de 2012

Uno de los diez más buscados


Cuando atravesé el pasillo una de las empleadas del penal me indicó que me estaban esperando en el salón. Dentro, una veintena de mujeres vestidas de azul sentadas en pupitres, veían como su maestra de lectura recogía sus cosas y luego, muy enojada, borraba el pizarrón. La encargada le había pedido que se retirara antes, porque yo había llegado media hora antes. Hizo evidente su molestia y se fue, poco después de que me presentara. El sol de la tarde se metía por los ventanales enrejados y hacía que los rostros de las internas se hicieran más tristes. En Tepepan, la mayoría de las internas tiene más 40 años y son abandonadas por sus familiares. A diferencia de los hombres, que las madres, hermanas y amantes van a visitarlos para llevarles dinero, comida y regalos, las mujeres son abandonadas a su suerte.
Desde que comencé a escribir me he acercado a diferente instituciones como escuelas, mercados, cárceles y demás para a leerle a la gente. Mi razonamiento es que, si conocen a un escritor y este les explica que la lectura es gozo y no imposición, se acercarán a los libros con menos suspicacia. Así he ido a diferentes reclusorios del DF, dentro de un programa implementado por el INBA que se llama “Visitando a los lectores”. Lo cual me ha permitido entrar con apoyo institucional y facilidades; porque los reclusorios son un mundo muy difícil, cerrado, literal y metafóricamente hablando. A pesar del pomposo nombre, centro de readaptación social, lo que es cierto es que son lugares donde se recluye a los molestos, ya sea criminales o no, para que no estorben.
La diferencia entre Tepepan y digamos, el Reclusorio Femenil Oriente, es abismal. Las internas del oriente reciben más visitas y por lo tanto pueden pagar por lujos, porque sus familiares les llevan dinero, cigarros, dulces y demás. Pueden pagar por colchones nuevos o por tener joyas. Dentro se paga por todo, por eso los reclusos ven a un externo como una manera de allegarse algo. Los hombres por lo regular te piden cigarros, una moneda, llamar a algún familiar, o en casos extremos, droga.
En alguna ocasión llevaba los ojos muy irritados, debido a una conjuntivitis producida por mi alergia a los gatos. Mientras un grupo de teatro experimental brindaba su función, uno de los internos se me acercó para decirme algunas tonterías. Luego, cuando tuvimos confianza, me dijo que le regalará un poco de mariguana. Le dije que no utilizaba y que menos la llevaba. No me creyó y siguió viéndome a los ojos. “A ustedes les dejan pasar cosas. Nada más quiero una ‘bachita’, por favor.” El encargado de los programas sociales se dio cuenta y se llevó al insistente sujeto.
Las mujeres utilizan otras formas. Se acercan a ti y te coquetean. Te ofrecen llamarte e incluirte en la lista de visita conyugal si les das tu teléfono y una tarjeta o dinero para llamarte. Muchos caen y ven perdida su tarjeta y su dinero. No es tampoco extraño que muchos maestros que dan clases al interior al poco tiempo renuncian para regresar como parejas de las reclusas. Debido a este abandono del que habla antes, muchas mujeres prefieren tener un amante que les traiga cosas a vivir en la pobreza y la soledad.
La primera vez que visité un penal fue en Tlaxcala, hace unos diez años. La revisión esa vez me pareció excesiva; ni botas con casquillo, ni pantalón caqui o camisas negras. La razón es simple: los presos visten de marrón y los custodios de negro. Quieren evitar en lo posible, que te puedan utilizar para escapar. Ni celulares, ni relojes, ni monedas, nada que pueda servir como arma punzo cortante. Solo libros y hojas. El encargado de trabajo social me dio la bienvenida y de inmediato me catalogo como pedagogo. “Pase por aquí pedagogo”, decía mientras abría rejas y me explicaba qué podía y qué no podía hacer. Reglas que se repetirían en el resto de los penales: no darles mi número telefónico, ni mi correo electrónico, no hacer evidente su reclusión, no verlos con misericordia, ni como animales en zoológico.
Atravesamos las celdas preventivas (los separos), luego el patio principal, donde algunos internos, cómo en las películas, hacen ejercicio. Finalmente me metieron a un salón con cuarenta reos, con la cara curtida por el tiempo y cerraron por fuera. El funcionario y el custodio me advirtieron, antes de poner el candado, “venimos en una hora, pedagogo”. Hablé y hablé como nunca. No paré de hablar de los nervios. Todo se desarrolló con tranquilidad. Saben las implicaciones que tendría si algo le llegara a pasar a un visitante.
En los penales, tener un cuerpo musculoso es una obsesión. Dentro, es un distintivo de poder. Más entre los internos jóvenes; a determinada edad el tener un “cuerpo completo”, lleno de tatuajes, deja de ser importante. Los viejos se olvidan de eso. Es por eso que las comunidades juveniles, el nombre oficial con los que son llamados los tutelares para menores, están plagado de adolescentes machos alfas, que saldrán para volver a ser recluidos en poco tiempo.
La gente puede estudiar dentro. En el Distrito Federal la Universidad de la Ciudad de México ofrece varias carreras en el formato a distancia, con asesorías cada semana. La UNAM con su sistema abierto ofrece estudios a todos. Los CECATIS ofrecen igual cursos de capacitación para el trabajo y todos, al finalizar los estudios brindan un certificado sin ninguna diferencia a los que tendrían si lo hubieran hecho en libertad.
Pero la vida dentro del penal es muy dura. Muchos prefieren hacerse de un grupo, tonificar su cuerpo y seguir en el crimen para evitar el acoso, la corrupción y la violencia, que son cosa de todos los días. Uno se acostumbra a los rostros de esperanza que se convierte en dolor cuando su proceso se empantana o es adversa una resolución. Uno sabe cuándo están a punto de salir en libertad condicional o cuando están sentenciados por 40 o 50 años. Las actitudes cambian, los ojos están vivos o muertos, según sea el caso.
Una de las lecturas más memorables que he tenido fue en el reclusorio sur. En la pequeña biblioteca del lugar, se reunieron varios internos. Casi todos indígenas, ancianos o discapacitados. Les leí un par de cuentos y vinieron las preguntas. Fueron casi dos horas de estar ahí discutiendo sobre el ron jarocho y lo difícil que era conseguir libros dentro del penal. Al final, luego de que les regalaran unas revistas, se me acercó un reo con los ojos encendidos, el cabello cano y las venas saltadas de sus temblorosas manos. “Yo también salgo en los periódicos –dijo-; en el 2006 fui uno de los diez más buscados de aquí, del DF.” Bien, respondí.
Hay comunidades vulnerables, como son llamadas en la jerga de los Ceresos: los indígenas, los discapacitados y los homosexuales. La gente que trabaja dentro se ha tenido que hacer inmune a muchas de las desgracias humanas. “Todos dicen que son inocentes, me dijo uno de mis guías. Pero no, son cabrones.” Los homosexuales y transexuales, en su mayoría hombres, que atreven a mostrar su condición, llevan la peor parte. Constituyen el diez por ciento de la población y son muchas veces vejados. Por lo que son separados en dormitorios especiales. Sin embargo, el comercio sexual al interior involucra a homosexuales declarados y musculosos y tatuados internos.
A la oficina donde trabajaba, una vez, llegó un hombre que me saludó llamándome pedagogo. Levanté la vista y reconocí ese rostro cincuentón y de sonrisa fácil. Se trataba de uno de los primeros reclusos que había conocido. Era poeta y no paraba de hablar nunca. Muy ufano me dijo que había salido bajo palabra y que no solo eso, sino que había ganado el segundo lugar en el premio de poesía “Salvador Díaz Mirón”, que es exclusivo para internos. Le di un abrazo mientras intentaba acostumbrarme a verlo fuera y sin el uniforme. Poco después presentamos su libro en el instituto donde laboraba. Ese día no se aguantó las lágrimas cuando comenzó a leer. La gente le ofreció un aplauso y él lloraba con emoción. La literatura hace eso y más, ablanda hasta al más cabrón.do. Era poeta y no paraba de hablar nunca. Muy ufano me dijo que había salido bajo palabra y que no solo eso, sino que había ganado el segundo lugar en el premio de poesía “Salvador Díaz Mirón”, que es exclusivo para internos. Le di un abrazo mientras intentaba acostumbrarme a verlo fuera y sin el uniforme. Poco después presentamos su libro en el instituto donde laboraba. Ese día no se aguantó las lágrimas cuando comenzó a leer. La gente le ofreció un aplauso y él lloraba con emoción. La literatura hace eso y más, ablanda hasta al más cabrón.

sábado, 7 de abril de 2012

Viajero del éter

¿Puede una historieta tener el peso específico para volverse un referente nacional? Ya no digamos una historieta, ¿puede la Historieta toda volverse un referente que aglutine la identidad de un país? De entrada suena descabellado que un personaje de ficción serializado pueda tener este peso específico, cuando menos si lo vemos desde nuestra perspectiva; pero la historieta en el mundo ha venido a recordarnos que los “monitos“ son más que productos desechables.
Para dar un ejemplo nacional, antes de que la industria del cómic de nuestro país fuera destripada por los propios empresarios y creadores, El Santo, una revista atómica tenía tal penetración que a su guionista José G. Cruz se le ocurrió que el Santo volara, para lo cual ideó ponerle un cohete en la espalda. El problema vino cuando el verdadero Santo, el de carne y hueso, hizo su arribo al ring y no pudo volar, por lo que fue abucheado y perseguido en alguna perdida arena de provincia.En el caso de El Eternauta, la historieta nodal de Argentina, creada hace ya más de cincuenta años por el guionista Hugo Germán Oesterheld y el ilustrador Francisco Solano López, ha tomado derroteros que ninguno de los dos involucrados había podido prever. En un principio fue creada para poder tener un ingreso. Una historia serializada prometía tener un trabajo constante y dinero en el bolsillo.
Pero, poco a poco, el planteamiento inicial de un grupo de amigos varados en una nevada mortal fue girando hacia una historia épica que involucraba al mundo entero.Los creadores argentinos hasta ese entonces realizaban tramas que sucedían en “sitios neutros”; es decir, en lugares que se parecían lo más posible a las tramas estadunidenses. El Eternauta por el contrario, está totalmente ubicado en el contexto bonaerense. Los protagonistas viven en las afueras del gran Buenos Aires, juegan truco (un juego de cartas muy platense) y beben mate. Son hombres comunes que escuchan la radio y se divierten. No son ex militares, policías; son torneros, choferes, maestros; son un héroe colectivo, no individual.
Las calles de Buenos Aires se presentan como el escenario donde ellos van a repeler la invasión de los Ellos. Se atrincheran en el estadio del River Plate, caminan por Rivadavia y lloran al encontrar Corrientes destrozada.Aunque muchos han querido encontrar metáforas directas en la trama de la historieta a eventos acontecidos antes o durante su realización, lo cierto es que no hay tales. Únicamente se respira ese aire de desolación de verse atrapados y a merced de la tragedia. Los cascarudos, los hombres robots, dos de las armas extraterrestres con los que son atacados los seres humanos, son sólo leva manejada por otros titiriteros llamados Mano. A fin de cuentas, los verdaderos artífices de la invasión, los Ellos nunca darán la cara. Argentina y el mundo entero quedarán a su merced.
Oesterheld, hijo de padre judío alemán y madre española, era un sujeto que devoraba libros y vivía con la pulsión política en la piel. La mayoría de sus amigos eran anarquistas en el exilio, artistas o intelectuales. Por eso, en lugar de decantarse hacia la literatura, decidió escribir guiones de cómic, porque pensaba que de esta manera sus posturas sociales tendrían mayor difusión. Lo cual, a la postre, le traería problemas con la junta militar que en ’76 llegó al poder y creo el eufemismo de “Proceso de reorganización nacional” para llamarle al genocidio de miles de argentinos que disentían de sus ideas de limpieza racial y reeducación. Los Mano tomarían el poder y su más visible ejecutor sería Videla. Los Ellos, claro está, no serían visibles.Para 1969, El Eternauta ya se había terminado y su leyenda se esparcía por todo el país austral. Después de leer el episodio los niños salían a ver si las calles seguían en pie. Por tal razón la revista Gente le comisiona a Hugo Oesterheld y a Alberto Breccia lo realicen en una nueva versión. Para ese entonces las posturas ideológicas de Oesterheld se han radicalizado al grado de volverse simpatizante y amigo de los grupos Montoneros. (Montoneros por aquella frase de que “los pobres vienen a montones”). Cosa que su esposa, Elsa Sánchez, siempre cuestionó porque sentía –y siente– que el socialismo tampoco era una salida. Para esta versión, Oesterheld cambia a Mosca, el personaje que aligeraba la tensión con su vis cómica, y plantea abiertamente que las potencias del norte han pactado con los invasores para dejar a su suerte al sur empobrecido. Además, el dibujo poco comercial de Breccia, pero genial, todo lo cual hace que la historia sea reducida y censurada.Con la llegada de Videla al poder, Hugo Germán Oesterheld es “desaparecido”, no sin antes hacer lo mismo con sus hijas Beatriz (de diecinueve años), Diana (de veintitrés), Estela (de veinticuatro) y Marina (de dieciocho). Según los informes del Centro Nacional de Desaparecidos, la crueldad en su encierro no cesaba. Además de las torturas, lo obligaron a escribir la biografía de José de San Martín, y poco antes de que lo asesinaran le mostraron las fotos de sus hijas muertas. El viejo, a pesar de eso, no paraba de escribir, según cuentan varias de las personas que lo conocieron y sobrevivieron a la tétrica Escuela Mecánica de la Armada.
El Eternauta en Argentina tomó tal relevancia que la imagen de Juan Salvo, uno de sus más destacados protagonistas, enfundado en el improvisado traje para evitar la nevada mortal, se ha convertido en un afiche reiterativo que lo mismo es grafiteado con stencil por las calles, que utilizado en la campaña presidencial del fallecido Néstor Kirchner (quien salía vestido con el mismo traje). O como el premio especial que otorga radio y televisión argentina, que es una esculturilla del personaje hecha en bronce. Premio que han recibido la actual presidenta del país austral, Cristina Fernández de Kirchner, y destacados comunicadores. Además, una estación del Metro en la línea B de Buenos Aires tiene un dibujo de Breccia hecho sobre sus azulejos. La historieta tuvo varias continuaciones. Dos de ellas oficiales y varias realizadas con el fin de obtener algo de dinero explotando el nombre.
Por eso es motivo de fiesta que la Editorial RM edite en nuestro país una edición de lujo con El Eternauta original tomado directamente de la revista semanal Hora Cero, en donde se respetan hasta los anuncios de la época. Que Juan salvo siga viajando por las realidades reuniendo lectores ahora de manera oficial en nuestro país.

miércoles, 4 de abril de 2012

Él

Luego sale. Su papá lo tiene recluido en su negocio porque muy seguido le dan ataques violentos; sufre de esquizofrenia y está medicado a tope. O cuando menos eso dicen los que lo conocen bien. Alguna vez —platicando en la calle con él— un tipo de chamarra de cuero y cabello largo comenzó a ofendernos, cosas del alcohol. Yo me fui y cuando regresé el tipo estaba en el suelo sangrando y nuestro personaje tenía su puño salpicado del líquido rojo. Luego anda suelto, con la ropa sucia y el cabello grasoso, como si llevara mucho tiempo sin bañarse. En esos momentos trato de darle la vuelta, así que lo observo desde lejos y me voy por otro lado. A veces está sentado en el mismo café al que a veces voy y nos ponemos a platicar de algún libro o un disco. Se ve radiante, limpio y hasta podría pasar por uno de esos intelectuales de pueblo que leen en las cafeterías. La otra vez me lo encontré en un patio donde venden cerveza. Estaba sentado con cuatro o cinco adolescentes. Como sea, me guarda cierto respeto, cosa que no le prodigaba al resto de sus acompañantes. Las “victorias” ya se habían ido y él dominaba la acción con su estatura enorme y su sobrepeso. “Yo soy de esa generación del Juan Conde”, me dijo a bocajarro cuando iba pasando. Siéntate Iván, me pidió de manera amable. Me contó una truculenta historia que comienza con un viaje a Chiapas donde conoció al Sub comandante Marcos. Dice que atravesó la selva y comió carne humana con él y un viejo amigo ya muerto. Que conoció ahí mismo al líder de una agrupación de bikers “muy enferma”. Un grupo de personajes que viven en cuevas cerca de Nueva York. Ahí. Es una comuna que espera el “Final”. Que por las noches bajan a la ciudad y “roban, matan, violan, destruyen” para regresar ya de mañana a prender una enorme fogata y bailar. Según él, el líder de estos motoristas le dio un boleto para acompañarlo el día que quisiera fuera a “robar, matar, violar y destruir”. Me dijo, con humildad, que me cedía ese derecho a mí. Que si yo quería el boleto, ya era mío y podía ir a visitarlos cuando quisiera. Brindé por la distinción y me fui.