viernes, 29 de junio de 2012

Gasolina, de Daniel Espartaco Sánchez.


Gasolina arde. Pero qué es Gasolina, ¿Un cuento largo? ¿Una novela corta? Dejémoslo en novelle, que suena bien apantallador el término. Gasolina es un chihuas esperando con un bidón de nafta quemarlo todo, pero también Gasolina es un balde de sardónica crítica a los escritores post Salinas de Gortari, esos mismos que comenzaron a cobrar sus cheques en los bancos privatizados con religiosidad, a la generación menor de 35 y mayor de 18, a la generación funkitown, es la misma que presume de sus “contactos” y de lo underground, pedotes y viejeros que son, igualitos que los undergrounds, pedotes y viejeros que los señores de pueblo o los oficinistas del centro.
            Yo conocí a Daniel Espartaco a través del facebook en el momento en que mi adicción era tal que la basura se iba acumulando alrededor de mi escritorio. Daniel ponía el comentario ácido necesario cada tanto en el aburrido tagline. Me gustaba su obsesión por la añoranza comunista, de esos términos como camarada o pueblo. Se burlaba veladamente de muchas cosas y me enganché.
            Al poco tiempo leí su blog, todavía sin cruzar palabra con él. Mi acercamiento era meramente por bits. Daniel me cae bien porque aceptaba la medianía de los que se hacen llamar escritores, que por azares del destino acaba perteneciendo a la clase educada con esfuerzos. Pero se burlaba de eso, de la militancia comunista de sus padres, de su condición fronteriza y de sus gustos rancheros gringos.
            Así fue cuando di con el manuscrito de gasolina en su blog. Lo copié, pegue, imprimí y me senté en mi apestoso sofá de mueblería de barrio a reírme como loco. De improviso, en Gasolina encontré poco a poco los personajes que se repiten en los talleres literarios y en los encuentros-excursiones a los que el Hermano Estado nos convida. Ahí está el norteño coco que escribe balazos y viejas, con mucho éxito, la mujer sensual poeta, que tiene voz chillona, el núbil y siempre caliente narrador que espera encontrar el amor de su vida en el siguiente encuentro.
            Gasolina es extraña en la literatura mexicana, porque tiene humor, pero está bien escrito. Es decir, se aleja de la solemnidad soporífera de un Volpi, pero también de los chistes largos de muchos escritores jóvenes. Espartaco es un narrador acucioso, obsesivo (es cosa de ver sus originales) y que comienza a tomar vuelo en una carrera que espero sea llena de éxitos.
            Pero Gasolina también es importante porque es editado por NitroPress. Esta editorial que con pocos títulos ha comenzado a marca pauta con sus diseños y arriesgados manejos promocionales en la red. El formato del libro de marras es una chulada, por decir menos. Sea pues. Qué esperan para comprarlo.

miércoles, 20 de junio de 2012

Prometeo



La imagen es poderosa. Luego de un recorrido a vuelo de pájaro por idílicos y virginales parajes aparece la sombra de una enorme nave espacial  de forma circular. Luego, a la orilla de un risco, con una cascada a pocos metros está un hombre de piel blanca y de cuerpo musculoso quien se suicida luego de beberse un líquido negro. Ridley Scott siempre ha sido un esteta que tiene altibajos en sus historias y esta obra no es la excepción. Prometheus comienza muy bien pero acaba por dejarnos con una sensación de vacio, de que acabamos de comer algo de una belleza enorme pero insípido.
Scott jugó durante toda la filmación de la película a que era y no era la precuela de la saga Alien. En algunas entrevistas llegó hasta denostar este nuevo artilugio de Hollywood para rescatar productos exitosos, y en otras decía abiertamente que regresaba a la historia del alienígena asesino. La verdad es que sí, Prometheus es la historia previa a su Alien o, parafraseando a Burton, una revisitación.
Pero todo lo bello que aporta visualmente la película, el buen ritmo que mantiene su casi dos horas y media, el buen casting y hasta los aportes de Noomi Rapace, Charlize Theron y Michael Fassbender en el ámbito actoral, se van por la borda en un guión que hace agua, para seguir con la metáfora naviera. Tal vez esta indefinición de ser y no ser es lo que lleva a presentar personajes estereotipados, de cartón, de sombrero y bigote falso.
El capitán de la nave y los dos oficiales cumplen simplemente con la cuota de multiculturalidad que requiere el Hollywood actual: un negro (que parece salido de la cabina de un tráiler), aunado a un oriental y a un latino aparecen solo para tener su registro racial. Al igual que el científico miedoso y el salvaje avaricioso. Todos son prescindibles desde el principio. Tiene la marca del orden en que morirán apenas aparecen.
Los guionistas parece que quisieron agradar al director inglés y saquearon muchos de los planteamientos de sus películas previas. Lo mismo hay el enfrentamiento de los replicantes con su creador, que los personajes femeninos empoderados, el juego de la maternidad violentada, la corporación inhumana, los extraterrestres amorales pero perfectos y los androides. Lo único malo es que nunca pudieron conjuntar un discurso coherente, un desarrollo que sustentara el suicidio del personaje del principio, jamás logramos entender bien a bien que desea la película. ¿Quiere ser un discurso metafísico, filosófico? ¿Quiso satisfacer a los fans de la saga? ¿Quiere comenzar algo nuevo? ¿Quiere actualizar temas?
Tal vez lo que más ha hecho enojar de la cinta es que tenía muchos elementos interesantes que podrían dar jugosas historias a desarrollar. El personaje del androide personificado por Fassbender ofrecía ser el villano perfecto, al igual que la relación del personaje de Charlize Theron con su padre, del cual nunca sabemos bien a bien que es lo que sucede entre ellos.
Insisto, Ridley Scott ofrece un bellísimo platillo que no sabe a nada.

viernes, 1 de junio de 2012

Crónicas de un subempleado 1



Cerca de donde vivo hay cuando menos tres personajes interesantes. Uno de ellos es una chica de no más de 20 años. Para poder definirla, mi chica y yo compartimos un término me parece la define, a ella y muchas que comparten esa moda y situación. Les decimos “poligoneras”. Mi chica dice que así es como le dicen en Madrid a las mujeres que viven en los polígonos industriales fuera de la ciudad. “Esas que se visten como Amy Whinehouse”. Por lo cual, con sus debidas adaptaciones al contexto chilango, la define muy bien. Es delgada, morena, pero con un peinado muy característico. Largo de algunas partes y cortado a rape de otros. La forma en que usa el corrector hace que sus ojos negros se vean más grandes. Es bonita y a pesar de eso hace cara dura, que le sirve para sobrevivir en al calle. Vende películas y discos piratas en un puesto y en otro, agujetas y demás cosas como pinzas, bilés y pulseras en otro. Siempre esta sentada en medio de sus negocios. A veces come de un plato de unicel, en otras escuchando música de su celular. Nunca había escuchado su voz hasta que hace unos días que le compramos unas agujetas. Su rostro duro se aflojó un poco para hacer la transacción. El sábado pasado la vi con su novio. Él tendría como 24 años, rapado, con la ceja delineada, pantalones tumbados, un tatuaje de San Judas Tadeo. Su cara era de cínico era total. Ella estaba recargada contra una pared y veía con dulzura al hombre. No quedaba ni rastro de la cara fiera. Lo besaba con devoción y dejaba ir a los clientes por estar con él.
El segundo de esta trilogía es un homeless de raza negra. Tal vez norteamericano, tal vez de alguna isla inglesa. ¿Por qué tengo esa certeza? Ni yo mismo sé. Todos los días está sentado en la banqueta a pocos metros de al chica, con una bolsa negra y sin camisa. Su cabello es un atajo de rastas muy apretadas. Murmura algo entre dientes y nunca para este murmullo. Lo que me parece extraño es su cara triste, como si esperara eternamente a que viniera alguien a  recogerlo. No huele ni a alcohol, ni tan mal, o cuando menos lo que se espera de un pordiosero. Al principio, pensaba que era un extranjero perdido, como uno de los miles de braceros que se quedan en la línea luego de ser deportados. He pensado en hablarle, en decirle hola, ¿cómo te llamas? Pero temo su respuesta. Paso cerca de él y una y otra vez pienso en preguntarle su nombre y confirmar si es verdad que sigue esperando a que vengan por él.
Hoy, en la tarde, luego de despertarme, fui a hacer el recorrido habitual para comprar el agua: Don tacos, señora de los dulces, señora de las flores, poligonera, señor de los libros y homeless. El señor de los libros es un sujeto al que el calculo sesenta años. Todos los días invariablemente, incluso domingo, llega con una lona en donde pone cerca de 60 volúmenes usados. Entre los bestseller que algún día levantaron ámpula, de vez en vez tiene cosas interesantes. No se acerca a los posibles compradores. Los ve a lo lejos con desdén, sentado cómodamente en una protuberancia del asfalto, cubierto del sol por su gorra deslavada. La vez anterior, hace una semana, pregunté por cinco libros de La biblioteca del terror que tenía ahí arrumbados. No los compré. Eran los cinco primeros y esos son los que aún conservo de una larga colección de 100 títulos.
Esta ocasión, el hombre se me adelantó y me dijo que me tenía varios títulos para mí. Me acercó dos de Peter Straub, uno prologado por Hitchcock y uno más de Patricia Highsmith. Los levantó de la lona, los sacudió contra su muslo y me los entregó como un gran tesoro. El de la Highsmith me convenció de inmediato. Le pagué y me dijo: ahí le guardo los que vayan saliendo.
Regresé a casa con el garrafón vacío y 4 libros en la mano.