martes, 30 de octubre de 2012

Cruz diablo

Dos que se quieren se dicen cualquier cosa
El indio Solari

Me gustaba su culo argentino, por eso me acerqué a ella. Disfrutaba verla desnuda en mi cama fingiendo que dormía. Mi mundo se ceñía a ella, a verla, a rendirle adoración al templo del culo perfecto. Nuestro encuentro no fue nada semejante a una aparición fantasmal o un rayo de luz que caía del cielo para avisarme que aquella mujer era para mí. Simplemente, en un momento de la reunión ella estaba en la mesa buscando una cerveza y la vi ahí, con el pantalón apretado y su cabello lacio, del cual se enorgullecía. Pero no recuerdo si con una remera de greenpace.
                    Cómo acabamos bebiendo en una banca de una botella de tinto no tengo la menor idea. Lo que recuerdo es que le canté una canción de Los redondos, Cruz Diablo, la única que me sabía completa, porque no me creía que me gustaban. Entonces, aquel pantalón que le apretaba la fresa de su vagina calentó mis piernas.
                    Ah, que delicioso fue entrar al hotel y luego de tapar los espejos con cobijas, por su pinche paranoia, disfrutar de aquel cuerpo que había deseado toda la noche. El sabor de su piel en mi boca se mezclaba con el del vino. Le quité el jean y comencé a besar su cola con dedicación, con paciencia. No podía quedar un solo sitio sin haberlo tocado con mis labios.
                    Al otro día todo se hizo humo. Quiso irse cuando despertó acompañada en aquella habitación. Se levantó de la cama y me dijo que si no hubiera sido porque estaba borracha no hubiéramos acabado juntos. Le respondía que no, mientras buscaba un cigarro en los dormidos pantalones tirados en la alfombra. Si no hubiera sido por Los Redondos no te hubieras acostado conmigo. Ella era bajita, con el cabello lacio y una mirada nerviosa que se movía constantemente.
                    ¿Tenés coca? Preguntó quitándose la blusa que se había dejado para meterse a bañar. Los pibes con los que cojo siempre tienen coca. Yo no, no me gusta andar todo nervioso, contesté. Pues sos un gil… o un pendejo. No el pendejo nuestro, sino el suyo, gordo.
                    Nos fuimos a mi casa con la promesa de que allá tendría más alcohol (un JB) y discos de Los Redondos. No te creo, gordito, no vas a tener nada. Si querés probar mi lengua de sable, será mejor que tengas lo que prometes. Con lo poco que me importaba su lengua pero cumplí. La mañana se hizo tarde, la tarde noche y así se acumularon uno tras otro los días, hasta que llegó uno en que simplemente se paró y se fue.
                    Me dediqué a limpiar, a trapear el piso, a tirar la comida podrida del refrigerador y a reponerme de la borrachera enorme que significaba tenerla ahí. Avisé en mi trabajo que me había enfermado y me fui a conseguir mate, porque berreaba desesperada por beber uno.
                     Conseguí un Taraguí con palo y me aprendí algunas canciones más de Los Redondos. Solari es un capo, lo repetía hasta el cansancio. Los Redondos son inigualables, che, no hay nada como Los Redondos. Le platicaba como había conseguido algunos casetes en Buenos Aires y me decía que nunca entendería bien a bien lo que significaban Los Redondos. Ser ricotero es todo, gordito, es todo. Es una forma de vida, es acostumbrase a vivir en la calle, a no vivir de pavadas como la fama y la plata. ¿Entendés? ¿Sabés quienes son Los Redondos? Me preguntó una noche. No, le contesté sinceramente. Los redondos soy yo, se hicieron carne en mí, yo soy Los redondos.
                    Una noche alguien tocó a mi puerta y resultó ser ella, la ricotera, la que no se callaba y me jodía por no tener mate, la argentina del culo hermoso. ¿Me extrañabas gordito?, me dijo dándome de besos. Volví a enférmame, a desconectarme del mundo porque el puerto del Buen aire volvía a desembarcar en la laguna del águila y la serpiente.
                    Mi jefe llamó enojado al cuarto día y no me quedó más que decir que estaba enamorado. ¿Y tú de que vives?, le pregunté luego de hacerme a la idea que tal vez perdería mi trabajo. De mi culo, ¿de que más? Nunca supe hacer nada. Cómo crees que entré al último concierto en Obras sanitarias. Con el culo che, con el culo.
                     Me persiguen, sabés, me dijo. Me persiguen porque envenene a mucha gente. Era limón, vendía mi cola y coca. Cuántos no habré matado siendo limón. Por eso me muevo, por eso voy de aquí para allá. Así que disfrutame porque soy tu lujo. Le contesté que su ego era tal cual reza el lugar común en los porteños. Me voy a ir gordito, esta ricotera se va a ir.
                    Una tarde me mandó al descenso robándome algo de mis ahorros y un par de casetes. Me hice un mate, me senté en un sillón y me convencí que era un iluso (siempre un iluso). Nuestra estrella se agotó, canté y ella nunca volvió.

viernes, 19 de octubre de 2012

Resistencia y sueño (crónica de un encuentro literario en MTY)

Primera parte.
Jueves 12:30 AM La casa está sola. Bere, mi mujer, viaja ahora rumbo a la región de los volcanes. Yo estoy sentado frente a la computadora intentando cambiar la ponencia que de última hora y según vi en el programa, era ya otro el tema. No he dormido bien en la última semana. Un par de horas cada noche y ahora, con lo obsesivo que soy, no quiero ni acercarme a la cama por miedo a perder el vuelo. Después de un rato mi cerebro se desconecta y mi mirada se queda fija en un punto entre la televisión, el reproductor de DVD y un pequeño insecto que da giros en el piso. La alarma de mi celular me saca de ese semi sueño. Enciendo la televisión y los Eagle eyes se ofrecen como la última revolución para deportistas y policías gringos. Tomo la maleta, el boleto impreso y reviso, como buen obseso, el gas, las llaves del agua, las ventanas y salgo corriendo.
En el metro los indigentes, cual muertos vivientes, despiertan de la fría noche sacudiendo sus cobijas o saliendo del sistema de ventilación. Son casi 20 que esperan abran para refugiarse dentro. Los taxistas juegan cartas en la cajuela de un Tsuru y algunos desesperados trabajadores no ven la hora en que el policía abra la reja. En poco tiempo estoy en Pantitlán. Cuando uno cambia de estación ahí es como si atravesara una película postapocaliptica donde en cualquier momento hordas de seres semisalvajes cruzan aquellos pasillos de hormigón armado en busca de tus pertenencias. Esos clanes usan la ceja delineada y se operan la nariz, se hacen llamar reguetoneros y deambulan por los pasillos y vagones con poderosas armas sónicas en la espalda.
En el aeropuerto la gente se arremolina frente a las pocas aerolíneas que sobreviven. Interjet y Volaris son las más cotizadas. Para ese momento el sueño empieza pedirme que lo deje llegar. Veo mi desalineado aspecto en la puerta del Oxxo. Pido un café y unas donas que son el desayuno-basura más caro que he tenido en mi vida. Tiro la mitad cuando en la entrada a las salas me lo piden de buena manera las vigilantes en sillas de ruedas.
En la banda de revisión de equipaje una chica abre su maleta y de ahí salen docenas de pastas de dientes Colgate. La chica me ve con lo que ella sabe son ojos bellos y me pide que le ayude a pasar unas de ellas. Me acuerdo del Lazca, de las telenovelas colombianas. Con mi sonrisa oliendo a café capuchino de polvo le digo que no.
En la sala de espera hay un grupo de músicos con el rostro destruido por las desveladas. Me consuelo un poco por lo que vi apenas hace unos minutos como mi reflejo. A lo lejos, una sonrisa sincera me saluda. Es Alicia de Milenio, y se convierte en la primera buena noticia del día. Se sienta a mi lado y comenzamos a platicar. Luego se parece Hernán y ella salta a sus brazos con notable gusto. “Licha”, le dice Hernán y yo le brindo un abrazo un poco menos efusivo al que ellos se dieron. Tonteamos buscando plática hasta que la voz de Dios, convertida en sobrecargo que nos pide nuestra identificación en el sonido, nos llama a abordar.
Quiero dormir pero la plática con Alicia se alarga mientras el avión alza el vuelo. En algún momento me desconecto del mundo cosa que aprovecha Alicia para dormir. Yo me vuelvo a quedar en ese semi sueño en el que el mínimo detalle cobra relevancia.
La sobrecargo me ofrece café y el subidón de cafeína es suficiente como para borrar completamente mi ponencia y escribirla de corrido como si alguien me la dictara. Sé que Zizek está en mis palabras.
Monterrey 9:02 AM El celular suena en el estacionamiento. Al grupo se ha integrado Orva, dramaturga y alegre carnalita y que sería parte de más historias en el encuentro. Cuando contesto, esperando que sea algo importante. Resulta ser un sujeto que leyó mi columna contra Chávez en la Jornada de Oriente. Me dice que revise mis datos porque el venezolano no llegó por medio de un golpe de estado Creo que no entendió bien lo que escribí. Le digo que estoy lejos y que de dónde sacó mi número. Soy… dice pero no escucho ya. La conexión se perdió.
10:33 AM No oigo a María Baranda pero si llego bañado y con mi camisa arrugada. Es mi camisa favorita, la de padrote, la de la suerte. Mis compañeros ya están en el pódium y entonces soy la primera ponencia que se lee ahí. Me digo a mi mismo, no habrás el hocico de más Iván, resérvate tus comentarios; pero el duende maldito siempre quiere salir a flote.
La siguiente mesa es igual de consistente que la nuestra. Espartaco brinda su punto y no habla de Elvis. Hernán se me revela como un ensayista muy cabrón y como mi “roomie”. Cada uno hace lo que puede con los temas. El duende dentro de mí comienza a brotar. Estoy muy cansado como para controlarlo así que hace uso de mi cuerpo y comienza a opinar.
            Afuera me espera un grupo de estudiantes que quieren hablar conmigo porque leyeron “Extraños” y les gustó. Cintermex con todo y sus techos altos es imposible de contener mi ego que se eleva hasta límites inconmensurables. Busco a Javier Raya, con el cual desayuné, pero se volverá solamente una referencia cruzada en las charlas posteriores. Me gusta su poesía y su sarcasmo. Lo leo en el FB y en su blog.
            Como en todo encuentro, que es como excursión de prepa, se comienzan a hacer las parejitas, los grupos de amigos. Allá los (auto)excluidos, los exitosos, los busca-chelas, las lindas, los densos, los quierointegrarme y los crudos, como yo. El sueño vuelve a tocar por medio de ligeras alucinaciones y dolores en los brazos. Tengo ya casi 35 horas sin dormir. Subo a la habitación y me pierdo.
6:20 Le digo a mis compañeros que no tengo ganas de beber. Pero apenas localizo una Carta Blanca me dio cuenta que las energías regresan a mí. La gente de MTY habla sobe la violencia, sobre lo peligrosa que se ha vuelto la ciduad, sobre la cantidad de negocios que han cerrado. Nos dicen que no vayamos a ningún antro. Raya me dijo que el se regresó caminando sin ningún problema del centro la noche pasada.
            Vaca-Espartaco, el grupo tú y yo somos amigos, se adelantan para localizar el lugar de expendio de cervezas. Atrás voy con un vario pinto grupo de escritores y escritoras.  Alicia y yo nos cooperamos para un cartón de Indio. Toño Salinas arma otro, ofrezco mi mochila para meterlas ahí. Gilma y Paulet sus bolsas. Al rato una incipiente fiesta en donde nadie quiere hablar comienza en el 104.
            Corte directo a varias botellas de Whisky en la mesita de centro, una computadora intentando suplir a un buen sonido que pudiera encender más, de por si los ánimos. La habitación está a tope. Somos escritores así que hablamos no de literatura, sino de los otros. Para eso son los encuentros para hablar de otros encuentros y estar al día de la vida amorosa-sentimental de los compañeros. Bodas, divorcios, publicaciones y premios todo se mezcla con las obsesiones literarias de cada uno. Los poetas siempre son molestados, pero los verdaderos excluidos son los dramaturgos. Los que ejercemos el acoso somos los narradores. El centro reina y manda, siempre somos más del DF, los norteños hacen frente común para defender su territorio dentro de la república de las letras. Los del sur saben la batalla perdida. La literatura parece aparejarnos a todos pero los recursos dentro de municipios y estados hacen la diferencia. En Campeche me hospedaron en un hotel de paso, en Monterrey tengo tina y buffet de desayuno.
Sábado 4:12 AM En algún momento el sueño vuelve a tocar a mi cabeza. Guardo mis cosas y me voy a buscar a Toño Salinas. Le toco y le pido posada. Entren santos peregrinos, me dice. Su compañero de cuarto, un evangelista o algo así, no se mezcla con nosotros por cuestiones religiosas inentendibles. Yo tomo tres almohadas, las acomodo cerca de la cortina en el piso. Me quito los tenis y mi cerebro manda la orden para desconectarme. Mañana será otro día.
Continua.