lunes, 25 de febrero de 2013

La letra con sangre entra


Uno de los temas favoritos de los creadores es el escritor mismo. Las páginas de novelas y cuentos están pobladas por infinidad de escritores-asesinos, escritores-viajeros, escritores-galanes, escritores-exitosos y demás transformaciones de ejecutantes del oficio. El escritor y la escritura son un tema fundamental lo mismo en autores como Jorge Luis Borges que Stephen King. Luis Jorge Boone agrega su particular visón en un divertido libro de relatos llamado Largas filas de gente rara.
            Boone, principalmente poeta, pero últimamente vertido a la prosa ha creado una serie de cuentos donde “pasa cuchillo” a infinidad de personajes que se dedican a la escritura. Hace uso de la primera persona para contar, a manera de mito, el desarrollo de un terrorista literario que piensa sólo un puñado de escritores deberían de sobrevivir y quemar el resto de libros que se han escrito; mezcla los tiempos para narrarnos la historia de un exitoso plagiario que viaja a Cuba para obtener cuadernos repletos de obras maestras a cambio de una maleta de ropa; o el ensayo descriptivo para mostrarnos, con precisión científica, la fauna de escritores que crece como hongos por toda esta hermosa República de las Letras. Algunos de los que disecciona  son narradores que hacen de la queja un arte, los imparables e insufribles polígrafos o los que su principal obra es su semblanza en las solapas.
            Uno se asoma al mundillo literario mexicano y latinoamericano de la mano de un excelente guía. Boone, nos lleva a conocer la fauna de editores que destruyen con sus dictámenes las obras de incipientes autores, la de los iluminados que creen tener la razón en cuanto a gustos literarios se refiere y la del escritor presionado por la sádica cortesía de sus pares que no puede/quiere escribir más que obras maestras.
            Boone, echa mano de su humor para desgranarnos un mundo que a muchos les podría parecer intoxicante y poco propicio para la creación y que a otros apasiona. Su prosa es clara, amena, atrapante, sin florituras verbales para demostrar su uso del español. Se permite utilizar el caló chilango y burlarse de su patria chica, Coahuila, escondiendo sus personajes en aquellas áridas y ríspidas tierras.
Además, los epígrafes no tienen desperdicio. Casi todos son reflexiones varias sobre el oficio sin caer en la pedantería. Lo que hace Luis Jorge Boone con este libro es crearnos la necesidad de buscar más de su prosa.

jueves, 21 de febrero de 2013

Una era de fanzines y dillers



Los noventa no eran tan malos, es más, a la distancia puedo decir que me gustaron mucho. Fueron intensos y tremendamente depresivos. Los noventas fueron como los sesenta pero al revés, decía Mark Dery. Redescubrimos las drogas sicotrópicas y utilizamos el sexo para paliar la soledad. Caminábamos por la vida como si el mundo se fuera acabar. El socialismo había muerto (o cuando menos eso nos dijeron los neoliberales); los religiosos violaban a los niños, como había sido durante siglos, sólo que ahora salían en las noticias y el Tratado de Libre Comercio inició justo con el levantamiento en Chiapas. La resaca de los ochentas nos había dejado cansados y sin muchos sueños a cuales atarnos. Por eso las drogas duras, el crack en botes de tkt, los ácidos venidos de Canadá y el sexo desganado se volvieron cosa de todos los días.
            En aquel entonces tomaba un taller de cuento en un instituto de cultura. Perdonen que me torne autobiográfico pero es necesario. Mis compañeros, los que asistían con más regularidad, provenían de la carrera de letras, así que sus lecturas consistían principalmente  en el boom latinoamericano y los clásicos europeos. Yo, hijo de la televisión y el cine leía mucho, pero novelas editadas por Roca. Era el bicho raro que hablaba de drogas y sexo a partes iguales. Me sentía extraño entre esos proto intelectuales que después se pondrían el uniforme consistente en saco de pana y bufanda.
            Un día, en la casa de un amigo fanzineroso, refugio dónde podías fumar mariguana y meterte de vez en vez algún ácido, encontré un libro que le habían mandado por correo postal desde Tijuana. Este amigo se carteaba con gente de varias partes del mundo. Ya me había platicado de Rafa Saavedra y de su fanzine, El Centro de la rabia y el más reciente, por esas fechas, Velocet. Este amigo, lo primero que hizo al recibirme, fue mostrarme un libro pequeño con un diseño innovador, que tenía varios cuentos breves. Los textos rompían con todas las reglas que me habían mostrado en el taller: mezclaba el inglés con el español, utilizaba slang ibérico procedente directamente del pop y de las traducciones de Anagrama; no tenían un inicio, clímax y desenlace y peor aún, no estaba enraizado en la larga tradición de esta gran República de las letras.
Ese pequeño libro fue un bombazo. Esto no es una salida, postcards de ocio y odio cambió mi forma de escribir. Lo debí releer unas 12 veces en el transcurso de un año y aprendí de esa forma muchos de los trucos y técnicas que utilizaba. La “caja de herramientas” de Rafa eran breves descripciones para mostrar un mundo en constante cambio, onomatopeyas, palabras en inglés que en determinado momento, decían más que las utilizadas en español. Sus escenarios eran carretas, supermercados, bares, callejuelas. Sus tramas, sin un final rotundo, estaban poblados por seres insignificantes, pubertas punks, adolescentes borrachos, jóvenes que trabajaban de lunes a viernes para reventarse el fin de semana en San Diego. La depresión por saber que los grandes sueños se habían acabado salpicaba todos los textos. Además, sus textos tenían soundtrack: el pop de marcha de la movida española y el techno que en Tijuana había llegado para no irse.
Era un hecho que su influencia más directa eran los escritores y artistas norteamericanos que tenía a la mano. Dos nombres sobresalían: Andy Warhol y Charles Bukowsky, cosa que confirmé en los “Special features” de esta edición especial editada por Nitro Pres, cuando declara su admiración por el artista ruso-norteamericano y la inspiración para “Han atrapado a Dios” del cuento de “Cristo en patines” del Buck.
Algunos libros te invitan a viajar, otros a leer más sobre el autor, otros te hacen llorar, pero el de Rafa te exigía escribir. Estaba hecho con una aparente facilidad que creías poder hacerlo tú también. El amigo que me mostro al libro (y que debo confesar se lo robé para luego perderlo en una fiesta, cinco años después), hizo un plagio homenaje a varios de los cuentos, utilizando el estilo de Rafa sin mucha gracia.
Celebro que una editorial todavía pequeña como lo es Nitro Press y a la cual me une amistad y respeto, se tome el trabajo de reeditar esta joya de la literatura fronteriza. Fronteriza en las dos acepciones de la palabra, por darse en la border con nuestro vecino y por mezclar a partes iguales la cultura pop y la literatura.
La edición, como es costumbre en Nitro press, es de lujo, con fotografías de aquellos noventas, con textos de Guillermo Fadanelli, el propio Mauricio Bares, Karla Martínez y una especie de detrás de cámaras de Rafa Saavedra.
Los noventas terminaron y dejaron algunos libros hermanos de espíritu al de Rafa, como Streamline de Bares, Metropop de Fran Ilich, El gran pretender de Luis Humberto Crosthwaite y Yonke de Pepe Rojo.
Gracias.
Viaducto-Piedad Febrero 2013

(Texto  leído en la presentación en la Feria de Minería el jueves 22 de febrero)

lunes, 18 de febrero de 2013

Telerealidad


¿Lo que pasa en la pantalla es real? ¿Lo que pasa en la vida es real? Se acaba uno preguntado mientras leemos Punto cero, novela de Pepe Rojo. En ella cuatro personajes, con sus vidas entrelazadas, comienzan a sufrir experiencias límite que los llevarán a un final, que como mínimo, le podríamos llamar aterrador.
            En la historia Ray, trama principal del libro, nos encontramos a un recién mudado muchacho que se entera en el noticiero que ha sido secuestrado por un comando. Las imágenes en la televisión son claras y no pueden ser negadas: la realidad de la pantalla es irrefutable. El único problema es que el secuestrado está viéndolas en “plena libertad”. Ahí comienza un largo peregrinar, en el que se da cuenta que lo ocurre en los medios le afecta sobremanera a él y a sus amigos.
            La novela juega con varios géneros empezando con la narrativa cut and past inaugurada por William Burroughs, el terror, el relato psicológico y la ciencia ficción dura a la manera de Philip K. Dick. El espíritu de este autor se respira en muchas páginas, pero también el de los situacionistas seguidos por Lacan y Žižek.
            Sin ser un pastiche teórico, Rojo echa mano de preceptos filosóficos sobre la realidad. De Lacan retoma la clásica fórmula "el deseo es ilusión" y origen de sufrimiento, y la ilusión es percepción de no-realidad. Con esto en mente la realidad de los personajes se ve intervenida por sus deseos y esto les produce angustia y miedo.
            Pero no pensemos que la novela es pesada, por el contrario, Rojo recrea imágenes que no se nos olvidarán: camas repletas de tentáculos nudosos, una jauría de incontrolables perros atacando a una hermosa modelo, una muñeca inflable que está dispuesta a matar con tal de tener a su pareja junto a ella y comerciales de televisión que cobran vida.
            Poco a poco los cuatro personajes de Punto Cero comenzarán a enfrentarse a sus deseos más profundos, o perder su identidad o simplemente comenzar a tener otra vida. Punto Cero es una novela que soporta la lectura sencilla de principio a fin, disfrutando una historia llena de giros y posteriores relecturas para adentrarse en lo que el ojo no ve y la realidad no muestra.

lunes, 4 de febrero de 2013

Paria Z



Esta segunda oleada de zombis, ya en franca picada, ha tenido la característica de ser multiplataforma. En la primera oleada, el cine había sido el principal promotor de los no-muertos y para muestra el aluvión de películas italianas que explotaron el subgénero. Ahora el concepto se ha ampliado con tal de satisfacer el hambre zombi del público, así que tenemos cintas como “28 Días Después”, comics como “The Last Zombie”, juegos de video como “Resident Evil” e infinidad de novelas.        
Muchos de los productos aparecidos con esta moda han pecado de vacuos y desechables. Novelas hechas al vapor y publicadas con premura para evitar que la moda   se fuera y acabaran embodegando miles de libros. Uno de esos garbanzos de a libra es “Paria Z”, escrita por Bob Fingerman quién nos entrega una historia alejada del gore fácil y de la lógica de videojuego que tanto han explotado. La historia se desarrolla en un bloque de departamentos en la parte más exclusiva de Manhattan, el Upper east side. Ahí un grupo variopinto de sobrevivientes (un negro pobre, un par de ancianos judíos, entre otros) esperan a que los muertos vivientes comiencen a desfallecer, cosa que no parece muy probable. Desesperados por la monotonía, la falta de esperanza y el hambre que los tiene ya en los huesos, comienzan a tener constantes problemas que hacen la convivencia cada vez más difícil. El fantasma de la inanición se hace presente hasta que de la nada aparece una adolescente que tiene la particularidad de ser repelida por los zombis.
            La paria entre esos monstruos da un giro a la vida del grupo. En algunos catapultará deseos carnales inesperados, en otros miedos religiosos, antipatía o franca confusión, sin embargo están atados a ella por conveniencia. Pronto el grupo comenzará a conspirar contra ella.
Fingerman es un veterano creador de comics alternativos que publica con regularidad en la señera editorial Fantagraphics de Seattle. No es su primera incursión literaria, “Bottomfeeder” fue una novela de vampiros salpicada de su humor caustico, de su crítica a la clase media y alta norteamericana. Dosis que con gusto repite también en “Paria Z”. Lo mismo cuestiona la liturgia judía merced un personaje que reniega del Talmud, que a través de un adolescente calenturiento que acaba por no entender nada de la Biblia. Ponen en duda la masculinidad de un macho de origen italiano, que en sus buenos tiempos fue una estrella del hockey, y hace dudar de su maternidad a una mujer liberada.
Fingerman sabe crear personajes tridimensionales y creíbles además de narrar una historia que atrapa y avanza por sus poco más de trescientas páginas cosa que, desgraciadamente, no pasa muy seguido en una novela de terror.