lunes, 12 de agosto de 2013

Delitos sin víctimas

Después de que Paco Ignacio Taibo II creara a mediados de los setentas el neopoliciaco, (mezcla de humor chilango malaleche, impunidad gubernamental, crítica de izquierda y sentido de la derrota pírrica), los escritores mexicanos subsecuentes se dedicaron a copiar ese formato hasta el hartazgo. No se vislumbraba ningún cambio hasta hace unos pocos años con la llegada de sangre nueva y un repunte del narcotráfico.
Bernardo Fernández mejor conocido como BEF ha saltado a la palestra de una manera inesperada. Anteriormente jefe de diseño editorial de la revista Complot Internacional en su primera época (la mejor) y dibujante de comics, se ha vuelto todo un referente luego de ser acreedor al premio “Una vuelta de tuerca” de novela negra.
 Su novela Hielo negro, donde por primera vez aparecen dos de sus personajes más entrañables, la narcotraficante de nueva escuela Lizzy Zubiaga y la gordibuena agente Mijangos, se volvió de inmediato un bestseller traducido a varios idiomas. La fórmula de BEF fue mezclar sus más íntimos gustos, es decir las referencias al cómic, el albur, el desenfado, una trama que podría parecer increíble pero que se ancla con la realidad y la crítica ácida a los artistas conceptuales; tan en boga a últimas fechas.
En Cuello Blanco BEF regresa con la misma dosis de elementos pero con una narrativa menos hiperbólica que la anterior, más anclada a la realidad y menos a la lógica del cómic. Lizzy sigue siendo la despiadada líder del cartel de Constanza pero ahora es menos parecida a los villanos de Batman y por lo tanto más carnal, más identificable en algún bar de moda de Polanco. Mijangos también se hace menos heroína hard boiled para convertirse en una mujer obsesionada con su muy particular versión de hacer justicia. Ambos personajes (¿o personajas, debería de decir?) ganan con este giro.
La trama vuelve a dar saltos en su forma de narrarse, vuelve a utilizar voces en primera personan o en tercera, nos da acceso a documentos privados, nos brinda viajes a lugares improbables del mundo (Albania, por ejemplo), y nos ofrece monólogos tan reales que uno no hace más rendirse ante su prosa.

Las referencias culteranas a lo pop no se pierden, lo mismo está presente la Comicon como gran centro de gravedad de lo nerd que personajes inolvidables de Don Gato, como el superhombre Moldoon. En suma, una novela tan disfrutable que debería ser prohibida.

Rompecabezas de un Tzompantli

Un asesino serial comienza a matar en la Ciudad de México. De inmediato llama la atención porque sus matanzas conllevan una serie de rituales que remiten a los sacrificios humanos de la época prehispánica. Al mismo tiempo el bonachón periodista de cultura metido a nota roja, Casasola intenta indagar sobre lo que sucede con los indigentes del centro de la ciudad en la llamada “Comunidad George A. Romero”. Sin embargo, el reportero tendrá que abandonar su crónica por la nota urgente y desentrañar quién se esconde detrás de las siniestras matanzas.
Toda la sangre es la segunda novela de Casasola, el periodista cultural venido a menos que al quedarse sin trabajo decide hacer sus pininos en el “Semanario Sensacional” y resolver, como es su costumbre, casos que rayan con lo sobrenatural; cosa que Bernardo Esquinca sabe contar muy bien. La primera aventura de este personaje se da en La Octava plaga, novela editada en Zeta que contaba el caso de una asesina serial peculiar. Lo cual conforma un díptico hasta hora, que nos ofrece ya un mundo muy particular creado únicamente con elementos que podríamos llamar chilangos.
La novela es además de un thriller entretenido,   —que no da pausa pese a su extensión—  una declaración de amor al centro histórico de la ciudad. Esquinca vive ahí, entre palacios y ruinas arqueológicas, así que uno obtiene un tour privilegiado a las partes secretas que esconde la urbe: su pasado indígena, los viejos pasos que servían como puertos para chinampas, las catacumbas de la Catedral, los sitios donde se asientan los indigentes, los edificios abandonados que dan vivienda al poder detrás de las sombras y toda la oscuridad que no se ve a simple vista. Toda esa mezcla va creando un sabor que lo mismo respira aires de El complot Mongol que de cuento fantástico y del fascismo mexicanista del primer priísmo.  
Esquinca es consistente con sus temas: el terror y el crimen. Con esos elementos logra hablar de muchas más cosas sin sonar pedante. Por ejemplo, pasa revista a un enorme Jack London que ha sido encasillado como autor juvenil por su obra más conocida, Colmillo Blanco (en sí misma una gran historia) pero se deja de lado lo que ahora podríamos llamar nuevo periodismo. También recupera el relato cotidiano, la crudeza de la nota roja y sus infinitas formas de contar la crueldad humana. ¿No es acaso el ficticio Semanario Sensacional el apodo bajo el que se esconde El Nuevo Alarma? ¿No es ahí donde empiezan muchas de las historias policiacas que acabaran volviéndose novelas?
Como ya hizo antes Rafael Bernal y Paco Ignacio Taibo II en su momento, Esquinca no siente ningún tipo de pudor de situar su trama en un ambiente tan conocido como lo es la Ciudad de México. Bernardo hace caminar a su personaje en esas míticas calles que antes recibieron la sangre indígena de los sacrificios ya sea a los dioses aztecas  o al dios español. Además se atreve a publicar consecuentemente terror en un país donde la crítica literaria ve a los géneros y a los escritores que maman de ellos, como un mal menor, como adolescentes que no han dejado los pantalones cortos. Esta afrenta se paga con el ninguneo. Sin embargo Esquinca ha obtenido poco a poco un lugar privilegiado y una buen andanada de lectores que le permiten dedicarse al género sin problema.

viernes, 2 de agosto de 2013

El Apocalipsis que ya fue

Herederos de los literatos rusos, los narradores norteamericanos han refinado el arte de la antología al grado que muchas de ellas son referencia obligada para encontrar joyas literarias. No existirían escritores como Raymond Chandler, Isaac Asimov, George R.R. Martin, Ray Bradbury o Ramsey Campbell sin las revistas o recopilaciones de short stories quienes les abrieron sus puertas, les pagaron algunas deudas y los dieron a conocer. Parte medular de estas antologías son los editores que deciden qué entra o no en cada una de esas publicaciones.
            Uno de ellos es John Joseph Adams, editor y crítico, quien se ha convertido en una de las personas más influyentes dentro de los subgéneros en Estados Unidos y por ende en todo el mundo. Muchas de sus antologías han sido referencia obligada y éxitos de venta; por ejemplo “Living Dead” 1 y 2 marcaron un antes y un después en la narrativa de estos seres. En la antología que nos concierne, “Paisajes del Apocalipsis, antología de relatos sobre el final de los tiempos”, editada en español por Valdemar, reunió a un grupo de escritores para que contaran cómo sería el final de los tiempos desde distintos ángulos. El resultado es desigual, como en toda recopilación de este tipo, pero rico en muchos aspectos.
            La fallecida Octavia E. Butler plantea un futuro en decadencia cuando la humanidad ya no pude hacerse entender por medio del lenguaje. La gente va perdiendo poco a poco la posibilidad de articular palabras (o de leerlas) y eso produce malentendidos y violencia. Sin embargo, todavía queda la esperanza que alguien no esté infectado. Orson Scott Card, el creador de la Saga de Ender, nos cuenta la planeación de un robo por parte de un hombre que acepta ese mundo destruido en el que nació con resignación. Este es el primer cuento en el que habla abiertamente de su religión, la mormona, para contarnos sobre su tierra sagrada y sus ritos.
Paolo Bacigalupi, pese al nombre, oriundo de Colorado, nos narra un futuro donde la humanidad es casi inmortal y solamente necesitan masticar algunas piedras para reconstruirse. El planeta está totalmente envenenado por residuos tóxicos y en medio de ese desastre un animal del siglo XX logra sobrevivir. En otro de los relatos, James Van Pelt, cuenta como las mutaciones genéticas ya son cosa corriente y eso lo aprovecha un viejo comerciante para viajar por el mundo en un peculiar circo.

Cada cuento es la posibilidad de un final y la muestra de los puntos vulnerables del ser humano.

Vidas extrañas en cuerpos extraños


A veces los elogios de presentación pueden hacer el efecto contrario en los posibles lectores. A Anna Starobinets, una moscovita que disfruta del metro de su ciudad, le han llamado la Philip K. Dick rusa o la alumna más aventajada de Stephen King y Neil Gaiman, lo cual a ella le parece gracioso pero no muy cercano a su tradición literaria que cuenta con genios como Chéjov y a Bulgakov.
Su único libro traducido al español, por intermediación de Nevsky Prospects, Una edad difícil, tiene referencias a uno de los temas que más obsesionaban a Dick, la memoria y la búsqueda de lo que nos hace ser humanos. Cosa que en estos tiempos de redes sociales y realidades virtuales nos es común a todos. Starobinets nos ofrece una serie de cuentos largos o novelles en donde se dan cita diversos tipos de sucesos extraños: revoluciones iniciadas en el metro de Moscú por oscuros habitantes de las profundidades, hormigas que intentan colonizar a la humanidad, manchas de moho que cobran vida y provocan amor en solitarias mujeres, hombres que olvidan una y otra vez su vida y agencias gubernamentales tan oscuras como la propia KGB.
Anna Starobinets comienza sus historias justo donde inician, no antes ni después. El suceso está en marcha y nos abandona a nuestra suerte sin tener de dónde detenernos, es como caminar en un túnel en el que una breve luz va iluminando sólo lo que viene delante, ni un paso más. Luego, conforme continúa el relato uno va juntando las piezas hasta terminar con toda la historia justo al poner el punto final. Sin embargo, las preguntas seguirán ahí mucho tiempo.
Sus relatos mezclan a partes iguales terror y fantasía, como si en el mundo real de un momento a otro aconteciera un suceso fuera de lo común y ya sea por pena o pereza nadie hiciera nada por hacerlo notar.

En Una edad difícil la gente parece querer obviar el daño en el otro, lo extraño que le sucede. Es como si de repente la comunicación comenzara a fallar y los personajes debieran arreglarse solos en medio del caos. En uno de los cuentos un hombre asegura recordar su vida perfectamente, sin embargo todos lo desmienten pero sin ir más allá. El hombre continuará en ese mundo que le es ajeno sin que la gente cercana a él haga algo por ayudarlo, como sucede con el personaje de la historia que le da nombre al libro. Incomunicación, soledad en una sociedad tecnologizada casi como en la nuestra.