lunes, 22 de diciembre de 2014

22 de diciembre

Dostoevsky, SAN PETERSBURGO,
PLAZA SEMENOVSK, 22 DE DICIEMBRE DE 1849
El ruido de los sables y las voces de mando a lo largo de las casamatas de la prisión han turbado su sueño a medianoche. Aparecen unas fantasmales y lúgubres sombras. Aquellas sombras le empujan por un estrecho e interminable corredor. Se oye chirriar un cerrojo. Se abre una puerta. Entonces puede contemplar el cielo, mientras un viento helado le azota el rostro. Espera un coche celular, en el que le introducen violentamente. En el coche se encuentran apretujados, cruelmente encadenados, sus nueve compañeros de infortunio. Todos callan. Saben adónde van. Saben que su viaje no tiene retorno. El coche se pone en marcha lentamente. De pronto se detiene y otra vez chirría una puerta. Al trasponer la verja, sus ojos descubren un miserable rincón de mundo: casas sombrías, sucias, bajas de techo. Luego ven una gran plaza, desierta, cubierta de enfangada nieve. Una densa niebla envuelve el patíbulo. Un templo de oro se adivina en la luz matinal. Después de apearse les hacen avanzar. Un oficial lee la tremenda sentencia: ¡condenados a muerte por traidores! ¡A muerte! Aquellas palabras se hunden como piedras en el sereno azul del cielo. Son repetidas como un eco. Todo lo que está ocurriendo a él le parece un sueño. Sólo sabe que va a morir. Se adelanta un hombre y en silencio le pone la hopa blanca. Los reos cambian en voz baja las últimas palabras de despedida. Uno de ellos, con los ojos desorbitados, lanza un grito de horror. Un pope le presenta el crucifijo y él lo besa fervorosamente. Los condenados son diez. Se les hace avanzar de tres en tres. Un cosaco se acerca para vendarle los ojos. Él entonces levanta la vista para contemplar el cielo por última vez; también puede ver la iglesia, cuya dorada cúpula resplandece en las primeras luces de la aurora. Recuerda la «Última Cena» del Señor y vislumbra que la verdadera vida, la visión beatífica de Dios, comienza después de la muerte. Le han cubierto los ojos. Ante el solo hay una tétrica oscuridad. Pero siente bullir la sangre en sus venas y, con esa ardiente sangre, nuevos torrentes de vida. Es el último segundo, y en ese instante parece concentrarse toda su existencia. Tumultuosamente aparecen las imágenes de sus recuerdos: su infancia, sus padres, sus hermanos, su esposa, las amistades rotas, las pocas horas de felicidad, los sueños de gloria. Ahora la muerte. Nota que alguien se acerca lentamente, y una mano se posa sobre su pecho. Siente frío. ¿Va a morir? El corazón apenas late. Unos momentos más y todo habrá terminado. A poca distancia, los cosacos han formado el pelotón y preparan las armas. Se oye el ruido de los gatillos. De pronto, los tambores empiezan a redoblar. Van a troncharse unas vidas. ¡Aquel instante dura un siglo! Pero entonces se oye un grito: « ¡Alto! » Llega un oficial, en cuyas manos se agita una hoja de papel, y, a la clara luz de la mañana, lee la orden, el indulto: el Zar, bondadoso, ha conmutado la pena. Aquellas sorprendentes palabras carecen de sentido. Sin embargo, la circulación de la sangre vuelve a normalizarse, y la vida, gozosa, ha empezado a cantar. La muerte huye derrotada, y los ojos, cegados por las sombras, perciben como un rayo de luz. Le quitan la venda. Le aflojan las ligaduras. Su corazón puede ya latir libremente. Ya no ve aquella horrible fosa a sus pies. La vida es mísera y dolorosa..., pero es vida. Contempla otra vez la dorada cúpula de la iglesia, que en los albores de aquella terrible mañana brilla místicamente. El cielo parece estar lleno de rosas, de gloriosos himnos.

Allá en lo alto brilla la cruz con los brazos abiertos como en oración. Aclararse cada vez más el cielo con la luz del nuevo día, que se va extendiendo hasta los montes, hasta los confines más lejanos, y poco a poco, a ras del suelo, empiezan a evaporarse las tinieblas, densas, lúgubres, engendradas por la tierra. Entonces le parece oír por primera vez el grito de todos los dolores humanos y, lleno de inmensa piedad, reza y llora. Escucha las voces de los niños y de los débiles, de las pobres mujeres hundidas en la prostitución, de los solitarios sin consuelo. Comprende que sólo el dolor nos conduce a Dios, mientras la vida alegre y fácil nos ata con lazos de barro a la tierra. Sigue oyendo el coro de los miserables, de los despreciados, de los mártires anónimos, de los que mueren en el arroyo abandonados del mundo. La luz parece cantar aquel dolor terrenal. Y él cree en la suprema y paternal bondad de Dios. Sabe que Él sólo tiene amor, piedad inmensa para los pobres. Por fin, un ángel portador de un divino rayo de luz muestra a su dolorido corazón que en la muerte comienza la gloria de la vida. Ha caído de rodillas, destrozado por el grito de dolor humano. Luego se siente abatido por un infinito estremecimiento, una especie de convulsión que disloca sus miembros; la boca se le llena de espuma y un mar de lágrimas brota de sus ojos. Está convencido de que no pudo gustar la dulzura de la vida hasta que sus labios probaron la amargura de la muerte. Su alma ha comprendido, se ha dado plena cuenta de los terribles momentos que sufrió Aquel que murió, hace dos mil años, en una cruz. Y, como nuevo Cristo, debe amar la vida iluminado por una luz nueva. Unos soldados le apartan del lugar de la ejecución. Está muy pálido, sus ojos se hallan alucinados por la horrible visión y en sus labios se inicia ya la amarilla carcajada de los Karamazov.

De Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig

viernes, 21 de noviembre de 2014

Un chango de Malasia


—Señor presidente, le dijo el hombre con la voz trémula y el nerviosismo desbordado el teléfono.
—¿Atraparon al Chapo? –preguntó el presidente poniéndose las gafas y sentándose en la cama quitándose la modorra de la media noche. Su esposa soltaba baba sobre la almohada y murmuraba algo.
—No señor. Tenemos un problema.
—Ay no, por favor no. Ahora qué, ¿una inundación?, ¿un terremoto?, ¿explotó otra plataforma petrolera? Nos declaró la guerra Argentina, ¿verdad? Dígale que era broma, que nunca dije que su presidenta estaba loca.
—No señor. Si es algo con otro país pero no con Argentina. Si no actuamos rápido podemos tener problemas con España.
—¡Mi madre! Exclamó el presidente y sintió un vahído que lo tumbó de nuevo a la cama.
—Señor, señor, se oía que decía su asesor de gabinete desde el teléfono.
La primera dama se despertó, tomó el auricular y oyó los gritos desesperados.
—Mi amor te hablan, dijo poniendo el aparato en la cabeza de su marido.
El presidente cambió de semblante. Vio su piyama verde olivo que había pedido se la hicieran en los talleres del ejército, vio su fotografía en la que llevaba puesta su gorra de cinco estrellas en la que disfrutaba del desfile militar del 16 de septiembre y sintió como la energía volvía a él. Ya no era más el niño de grandes lentes que molestaban sus compañeros en los colegios maristas a los que iba, era el Comandante Supremo y tenía al ejército junto a él para resolver cualquier situación.
—Peláez –afirmó con la voz engolada— diga, ¿cuál es la situación?
—Sí señor, me gusta cuando se escucha así de seguro. Pues la situación es un tanto delicada. La Archiduquesa de Comonfort decidió vacacionar en su isla del Caribe, pero al intentar tomar un coco de una palmera sufrió la mordida de un animal infectandose de una oscura enfermedad, que nos reporta el Director general del hospital siglo XXI, solo lo había visto antes en un caso muy aislado producido por un chango en Malasia.
—Con todo respeto Peláez para usted y para la realeza pero… ¿qué chingaos me importa que la Archiduquesa esté enferma? ¿Cómo puede eso afectarnos a nosotros? No cree que eso debería más bien reportarlo a la Hola. Ayer fue un día de muchas inauguraciones y estoy cansado. Tuve que cantar el himno nacional 17 veces.
—Señor, la archiduquesa enfermó muy rápidamente y no iba a poder soportar el viaje de doce horas hasta su mansión en Canarias, así que tomaron la decisión de traerla para acá, a la Ciudad de México.
—¿Es muy grave su situación?—, preguntó tratando de guardar la compostura y poniéndose firmes sin dejar de ver su fotografía con su gorra de cinco estrellas en el desfile. Haciendo esos ademanes marciales se llenaba de energía y aplomo.
—Pues la verdad es que la Archiduquesa no se ve mal, al contrario se ve llena de vida pero casi no habla, ruge, suelta mordidas y no entiende razones.
—Así es la realeza.
—Señor…
—Bueno, no todos. Me visto y voy para allá. ¿En dónde está?
—En el Hospital general.
—Cierren todo el piso, digan que están remodelando. En un rato más estoy allá. Háblele al General González y González.
—Ya señor, ya está hecho. No hemos avisado a la familia real. Esperaba que usted en persona lo hiciera. Podemos esperar. El rey está cazando elefantes en África.
—Y dicen que la realeza es un retroceso. Yo también podría estar cazando rinocerontes en la India y no, tengo que pasar mis vacaciones al pendiente del teléfono solo pidiéndole a Dios que no suceda algún desastre.
—Señor…
—¿Si, Peláez?
—Esto es urgente.

Descendió en el helicóptero y los guardias presidenciales le hicieron una valla. En la puerta de las escaleras de descenso lo esperaba un comité que incluía al siempre solicito y calvo Peláez, el enorme general González y González con su rostro adusto y su piel morena oaxaqueña, el doctor Menéndez, director del hospital, un nervioso secretario de Salubridad que era contador de profesión pero que se sentía obligado a resolver esa crisis llamado siempre el contador Eloarza y Nidia Restrepo, jefa de Protocolo y relaciones públicas con la cara restirada por las cirugías y un peinado de salón imposible para esa hora del día. El aire de la torreta del helicóptero le levantaba el vestido por lo que apretaba mucho los ojos e intentaba mantener la falda en su lugar sin soltar los papeles que llevaba en la mano.
El mandatario saludo a todos lo más cortésmente que pudo y de inmediato el General le informó de la situación del edificio.
—Mandamos detener a varios comuneros del norte Puebla— dijo abriendo apenas la boca y con esa mirada simiesca que lo caracterizaba—. Todos fueron detenidos sin orden de aprensión por muchachos de la zona militar número 14.
—Pasando la crisis los soltaremos sanos y salvos, dijo Peláez completando el informe del militar. —La intención es crear un distractor que lleve lejos de este edificio a los usuales alborotadores. No dejamos entrar a nadie a este piso, los teléfonos están intervenidos y hay órdenes precisas de alejar a la prensa a cualquier costo.
—Tenemos un verdadero problema diplomático, dijo Ninda que después de tantas cirugías se parecía a Lucía Méndez pero en zombi. —La archiduquesa es la más alta figura dentro de la realeza europea.  Con decirle que si se encontraran en un pasillo muy estrecho en el Palacio de Buckingham ella y la Reina madre, óigame usted, el mismísimo Palacio de Buckingham, la que se tendría que hacer a un lado para que pasara sería la Reina Victoria. Es catorce veces grande en España, doce en Italia, trece en Gales y York, once en Luxemburgo. Y tuvo algunos deslices con el emperador Hiroito. Por todo eso no se puede morir aquí.
—De eso quería hablarle –le dijo el médico con cara compungida. El grupo caminaba velozmente por un largo pasillo resguardado con gente del CISEN y militares. El secretario de salud tenía pegados los brazos al cuerpo como una mantis religiosa. Todo el personal del hospital tenía cara de desazón. Por fin llegaron a una sala con puertas dobles con dos militares que cargaban unas M16 más grandes que ellos. –Antes de que vea a la Archiduquesa debe saber cuál es su estado de salud.
El facultativo hizo una pausa dramática mientras pensaba en las palabras que utilizaría.
—Ya dígale doctor, explíquele como lo hizo conmigo –dijo Peláez tratando de sacudirse el nerviosismo.
—Bueno, al principio pensamos que era una rara enfermedad de la cual se ha tenido conocimiento en Malasia y que proviene de la mordedura de un chango. Hace algunos años se reportó que un homínido mordió a una señora de Nueva Zelanda y la infección se propagó rápidamente teniendo que sacrificar a la totalidad de los infectados.
—¿No hay cura? –dijo el Presidente tomando un bonito tono blanco leche.
—Al parecer no. Se pueden administrar calmantes y así reducir los síntomas violentos pero hasta la fecha no sabemos que es.
—¿Cuáles son los síntomas?
—Una especie de rigor mortis que dificulta la motricidad, paulatina descomposición de la carne, ataques violentos de furia, deseo antropófago y nulo raciocinio. Además, no se encuentran signos vitales. Es decir, y tómelo con mucha calma, la archiduquesa lleva muerta desde hace mucho.
—¡Chingada madre! —Soltó el presidente tomándose la poca cabellera que le queda en la cabeza y soltando un bufido de desesperación. –¿Cómo que muerta, doctor?
—Se lo digo como facultativo. La paciente muestra todos los síntomas de la muerte. No hay pulso, no hay respiración, no hay respuesta al dolor. En uno de sus ataques violentos se levantó y al intentar atacar a uno de mis ayudantes se clavó un escalpelo en el brazo sin siquiera sentirlo. Salió un chorro de sangre coagulada. La sangre dejó de fluir al poco rato. Lo que sí es que cada vez los ataques son más agresivos. La mujer tiene hambre pero no ha querido comer nada de lo que le ponemos. Además, ha sido imposible conectarle el suero. No encontramos ninguna vena.
—¿Y ahora que le voy a decir al rey?
—La casa real va estar muy enojada si su miembro más destacado muere en nuestro país sin saber la razón. –Dijo la jefa de protocolo. El tono de lo expresado parecía de preocupación pero la sonrisa lo desmentía.
—Ya lo sé, ya lo sé. Primero inundaciones, tornados, huracanes, ejecuciones y ahora esto. Me hubiera quedado de senador a dormir y cobrar sin problema.
—Tiene que verla, dijo Peláez recuperando la cordura.
El doctor empujo una de las dos hojas de la puerta y ahí amarrada  a una silla de ruedas estaba la más grande entre las grandes, con el maquillaje corrido, el cabello rubio canoso alborotado, las medias rotas y el bellísimo vestido de percal verde, diseño exclusivo de Adolfo Dominguez, hecho una ruina. Junto a ella, un hombre grueso, alto y de unos sesenta años lloraba tirado en un sillón. Tres enfermeras veían a los lejos a la Archiduquesa y preparaban sendas jeringas con tranquilizantes suficientes como para dormir a todos en la sala.
—Archiduquesa, a nombre del pueblo de México, le damos la más grande bienvenida, soltó el presidente separando las manos como si esperara un abrazo.
La mujer respondió con un sonoro gruñido que le recordó a aquellas entrevistas que ofrecía en los programas del corazón emitidos por la Uno y que el presidente veía obligado por su esposa quien era una gran entusiasta de salir en el Hola y ser reseñada en las revistas del cotilleo. El regalo de cumpleaños para su mujer fue la compra de la portada de Hola mientras hacían la visita a la catedral de San Pedro y besaban la mano del Papa. Habían salido ya en varias ocasiones en la Hola versión México pero su esposa quería salir en la primera plana de la original. Cuando por fin lo lograron ella mando comprar cientos para repartirlas en todas las oficinas de gobierno, embajadas y entre sus amigas-enemigas más acérrimas.
—Esperemos que haya sido tratada muy bien, completó el presidente.
—No la escucha, acotó el hombre que lloraba en el sillón.
La jefa de protocolo hizo los honores.
—Déjenme hacer los honores. El Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, el señor Ricardo Palencia Mestes, ahora Duque de Alcazar y esposo legal de la Archiduquesa. El hombre se levantó de su sillón y estrechó la mano del mandatario y luego le dio un abrazo que acompañó de más llanto.
—Se nos murió, se nos murió, —decía en su marcado acento ibérico.
—¿La amaba mucho?— preguntó. Por toda respuesta recibió un sollozo ahogado.
La jefa de protocolo miró al presidente y luego pidió con la mirada a Peláez lo separa del doliente. El secretario de salud hacía cara de asco nada más de estar en presencia de la Archiduquesa.
—En realidad la boda de ellos sucedió hace muy poco, informó la jefa de protocolo con su impertérrita sonrisa en uno de los rincones de la sala. —Los hijos se oponían a la unión pero luego de un acuerdo prenupcial y la repartición de títulos nobiliarios la negociación, digo, el matrimonio fue terso. Sin embargo el Duque de Alcazar no puede alegar ningún derecho sobre propiedades… Su esposa todavía no le ha dejado nada en firme.
El deudo se soltó del abrazo de Peláez y comenzó un monólogo muy estudiado
—Le dije, mi amor, vamos mejor a las Canarias no hay que ir a las Américas, allá están muy atrasados, pero quería visitar su isla. Le expliqué, allá no hay butifarras, ni chorizos más que cocos y bananas pero se sentía joven de nuevo a sus 104 años de edad. Bajó del avión y cuando quiso tocar al chango el animal bajó y la mordió. Luego, luego se puso así como loca. Y de repente se quedó quieta, quieta, quieta. Cuando despertó estaba en el hospital y apenas abrió los ojos se lanzó contra el pobre médico, un negro dominicano que hizo lo que pudo pero no aguanto la tarascada que le puso en la garganta. El podre doctor se arrastró como pudo lejos de ella mientras nosotros se la quitábamos de encima. Desgraciadamente la tuvimos que amarrar. Lo más difícil fue vestirla. Una Archiduquesa no puede llegar con vestidos floreados a un aeropuerto de una colonia tan hermosa como lo es México. Entre tres enfermeras le pusimos su vestido que más le gustaba y nos embarcamos para acá. Ustedes saben el resto. Mi pobre bomboncito sigue ahí, gruñendo y ni la virgen de la Macarena le ha podido hacer el milagro.
—Fue una buena decisión pero dudo mucho que su padecimiento tenga solución. —Dijo el doctor Menéndez.
—Si ella muere acá perderemos una buena parte del turismo europeo que viene en navidad. —Dijo Peláez sacando su I-pad como dando datos —Con la influenza quedamos muy mal parados. La gente cree que tenemos un sistema hospitalario de una república bananera.
—Joder, eso es cierto, —agregó el deudo —Lo primero que nos ofrecieron fue paracetamol.
—No fue recibida como la personalidad que es. Merecía cuando menos un mariachi en el hangar presidencial. —Dijo Nidia indignadísima.
—La seguridad nacional está en riesgo, —escupió González y González.
­—Debemos de pensar, debemos de pensar. —El presidente decía esa frase como si de un mantra se tratara.
En ese momento, con un gorrito azul en la cabeza como el de Jackelin Kennedy, un vestido muy sencillo del mismo tono, guantes blancos y una pequeña bolsa Gucci entró la primera echa un huracán.
—¡José de Jesús!, me tienes que explicar porque no fui avisada del arribo de la Archiduquesa. Soltó apenas empujó las puertas de la sala. El equipo de seguridad se hacía bolas en la entrada meditando entre pasar o no.
—Mi amor, no estás autorizada para entrar acá.
—Señora, por favor. —Pedía Peláez.
—La seguridad nacional, señora. —Rumió González y González.
Pero la primera dama tomó vuelo y estrelló la bolsita en la cara del presidente.
—Nada más eso me faltaba, que me hicieras un lado también con la realeza.
—Nos dan cinco minutos, pidió el mandatario sobándose la mejilla y aguantando el enojo.
Los funcionarios salieron de ahí contrariados. El marido-viudo de la archiduquesa se fue al sillón sin hacer ruido.
—Tú no entiendes mi amor. La señora está enferma y debemos resolver esto.
—Lo que sé es que hasta de esas cosas me quieres excluir. Como yo no soy militar. —Y al momento de darle la espalda a su marido vio en la silla de ruedas a la mujer. —Archiduquesa, que vergüenza. Yo acá haciendo un sainete y usted presenciado todo. —La mujer soltó un gruñido y mostros una hilera de dientes putrefactos. —No le entendí. Pero, sea bienvenida a México. Me dice Chucho que está enfermita. Seguro se vino a Cancún a retomar energías, ¿verdad?
La primera dama se acercó a la silla de ruedas y la mujer comenzó a soltar gruñidos cada vez más fuertes. Se hincó frente a ella y al tratar de darle la mano se dio cuenta que estaba amarrada.
—José de Jesús me podrías explicar qué forma es esta de tratar a las visitas.
—La señora está enferma. Es por su protección.
—No hables de ella como si n estuviera. Es una falta de respeto.
—Ella no nos oye. Está enferma.
—Enferma  o no. No la puedes tener amarrada.
—Mi amor, si la desatas no me hago responsable.
—Es una falta a tus deberes cristianos y de respeto a los invitados tener a una anciana amarrada de esa forma.
—Señora, no se lo recomiendo, dijo el deudo desde el sillón sentado en el filo y viendo con curiosidad la escena.
—No lo hagas, te lo ordena el presidente—insistió el mandatario dándose la vuelta y haciendo cara de dignidad. Su esposa ya había desatado las piernas y ahora solo quedaban las manos. La Archiduquesa comenzó a gruñir más fuerte. Su esposo-viudo se paró del sillón.
Entonces, apenas estuvo libre se lanzó contra la primera dama que apenas la vio venir. La primera dentellada le cayó en el cuello arrebatándole una buena parte de carne.
—¡Archiduquesa!, alcanzó a gritar tomándose lo mejor que pudo su sombrerito Kennedy para que no cayera al suelo.
Cuando entró la guardia ya era demasiado tarde. La primera dama ya había perdido el cuello, el cachete, gran parte del pecho pero su coqueto sombrerito seguía en su lugar. La Archiduquesa se veía tranquila degustando un buen pedazo de carne. Se calmó a tal grado que de buena gana subió a su silla de ruedas, se dejó poner las amarras y hasta la enfermera le limpió la boca llena de sangre sin emitir ningún gruñido.
El presidente se quedó en silencio. Peláez entonces rompió el momento diciendo: Ya sé. Nidia llama a la televisión.

En la pantalla se vio descender a la Archiduquesa en su silla de ruedas capitaneada por su esposo. El hombre saludaba frenético a la concurrencia. Se veía feliz, lleno de vida. La conductora del programa de cotilleo decía con voz en off mientras de fondo seguían las imágenes del aeropuerto: Que detalle el de la Archiduquesa, mira que asistir al funeral de su gran amiga luego de ese desafortunado accidente.
—Así es, suspender su luna de miel para demostrarle su amistad y cariño es un símbolo de su nobleza, de su buena cuna. —completó su acompañante con tono bobo.
—Lina, ¿estás ahí? Dinos algo tú que estás cerca de la Archiduquesa. Le podrías pedir un par de impresiones.
En la pantalla se vio a una guapa reportera en un traje sastre hecho a la medida. La mujer se encontraba a pocos pasos de la silla de Ruedas. Las banderas de España y México ondeaban por todos lados, lo mismo en las manos de los niños que hacían una pequeña valla, que en la puerta de acceso o en las guardias de militares. Un fino confeti rojo y dorado se mezclaba con el tricolor que caía del otro lado del cielo.
—Si Pati. Nos acercaremos para escuchar sus palabras.
La silla de ruedas de la homenajeada se acercó a dónde estaba la reportera y esta al paso alargó el micrófono saltándose a un par de militares. El marido vio a la periodista y no tuvo más opción que detenerse.
—Señora, ¿suspende su luna de miel por el deceso de una amiga? —La reportera le acercó lo más que pudo el micrófono. Un sonoro gruñido se escucho al aire acompañado de algunas dentelladas y algo que sonaba a “carne”.
—Sencillamente increíble. —respondió la reportera. —Pero, para usted que significa estar por primera vez en nuestro país. —El micrófono volvió a estar cerca de la Archiduquesa a lo que respondió con un par de dentelladas y otra tanda de gruñidos sólo que más enfurecidos.
—Maravilloso. Su amor por México se hace patente.
—Discúlpela, viene cansada del viaje, —cortó el esposo quien empujó la silla de ruedas lo más rápido que pudo.
—Breve pero concisa, la Archiduquesa nos ha dejado un par de perlas de su nobleza y bonhomía. —Remató la conductora con la voz exaltada.

El presidente llegó a su dormitorio, abrió una botella de Whisky regalo del embajador de Escocia,  y le dio varios tragos. Se quitó el saco, luego los zapatos y cuando se disponía a quitarse el pantalón oyó que alguien tocaba a la puerta.
—¿Quién? —gritó con resignación y enojo.
—Soy yo, Peláez, tenemos una situación—respondieron.
—¿Y ahora que chingaos? —Se puso sus pantuflas de dinosaurio y caminó rumbo a la puerta. —La Archiduquesa ya está en un vuelo de Iberia y mi esposa está enterrada. Que sucede ahora. ¿Otra guerrilla?
—Es su esposa. —soltó apenas abrieron la puerta.
—Mi esposa ya está bien enterrado, si venimos de su funeral.

Peláez por toda respuesta señaló al par de militares que custodiaban la silla de ruedas en la que el cadáver de la primera dama soltaba gruñidos y murmuraba algo parecido a “carne”.Un chango de Malasia

Iván Farías
—Señor presidente, le dijo el hombre con la voz trémula y el nerviosismo desbordado el teléfono.
—¿Atraparon al Chapo? –preguntó el presidente poniéndose las gafas y sentándose en la cama quitándose la modorra de la media noche. Su esposa soltaba baba sobre la almohada y murmuraba algo.
—No señor. Tenemos un problema.
—Ay no, por favor no. Ahora qué, ¿una inundación?, ¿un terremoto?, ¿explotó otra plataforma petrolera? Nos declaró la guerra Argentina, ¿verdad? Dígale que era broma, que nunca dije que su presidenta estaba loca.
—No señor. Si es algo con otro país pero no con Argentina. Si no actuamos rápido podemos tener problemas con España.
—¡Mi madre! Exclamó el presidente y sintió un vahído que lo tumbó de nuevo a la cama.
—Señor, señor, se oía que decía su asesor de gabinete desde el teléfono.
La primera dama se despertó, tomó el auricular y oyó los gritos desesperados.
—Mi amor te hablan, dijo poniendo el aparato en la cabeza de su marido.
El presidente cambió de semblante. Vio su piyama verde olivo que había pedido se la hicieran en los talleres del ejército, vio su fotografía en la que llevaba puesta su gorra de cinco estrellas en la que disfrutaba del desfile militar del 16 de septiembre y sintió como la energía volvía a él. Ya no era más el niño de grandes lentes que molestaban sus compañeros en los colegios maristas a los que iba, era el Comandante Supremo y tenía al ejército junto a él para resolver cualquier situación.
—Peláez –afirmó con la voz engolada— diga, ¿cuál es la situación?
—Sí señor, me gusta cuando se escucha así de seguro. Pues la situación es un tanto delicada. La Archiduquesa de Comonfort decidió vacacionar en su isla del Caribe, pero al intentar tomar un coco de una palmera sufrió la mordida de un animal infectandose de una oscura enfermedad, que nos reporta el Director general del hospital siglo XXI, solo lo había visto antes en un caso muy aislado producido por un chango en Malasia.
—Con todo respeto Peláez para usted y para la realeza pero… ¿qué chingaos me importa que la Archiduquesa esté enferma? ¿Cómo puede eso afectarnos a nosotros? No cree que eso debería más bien reportarlo a la Hola. Ayer fue un día de muchas inauguraciones y estoy cansado. Tuve que cantar el himno nacional 17 veces.
—Señor, la archiduquesa enfermó muy rápidamente y no iba a poder soportar el viaje de doce horas hasta su mansión en Canarias, así que tomaron la decisión de traerla para acá, a la Ciudad de México.
—¿Es muy grave su situación?—, preguntó tratando de guardar la compostura y poniéndose firmes sin dejar de ver su fotografía con su gorra de cinco estrellas en el desfile. Haciendo esos ademanes marciales se llenaba de energía y aplomo.
—Pues la verdad es que la Archiduquesa no se ve mal, al contrario se ve llena de vida pero casi no habla, ruge, suelta mordidas y no entiende razones.
—Así es la realeza.
—Señor…
—Bueno, no todos. Me visto y voy para allá. ¿En dónde está?
—En el Hospital general.
—Cierren todo el piso, digan que están remodelando. En un rato más estoy allá. Háblele al General González y González.
—Ya señor, ya está hecho. No hemos avisado a la familia real. Esperaba que usted en persona lo hiciera. Podemos esperar. El rey está cazando elefantes en África.
—Y dicen que la realeza es un retroceso. Yo también podría estar cazando rinocerontes en la India y no, tengo que pasar mis vacaciones al pendiente del teléfono solo pidiéndole a Dios que no suceda algún desastre.
—Señor…
—¿Si, Peláez?
—Esto es urgente.

Descendió en el helicóptero y los guardias presidenciales le hicieron una valla. En la puerta de las escaleras de descenso lo esperaba un comité que incluía al siempre solicito y calvo Peláez, el enorme general González y González con su rostro adusto y su piel morena oaxaqueña, el doctor Menéndez, director del hospital, un nervioso secretario de Salubridad que era contador de profesión pero que se sentía obligado a resolver esa crisis llamado siempre el contador Eloarza y Nidia Restrepo, jefa de Protocolo y relaciones públicas con la cara restirada por las cirugías y un peinado de salón imposible para esa hora del día. El aire de la torreta del helicóptero le levantaba el vestido por lo que apretaba mucho los ojos e intentaba mantener la falda en su lugar sin soltar los papeles que llevaba en la mano.
El mandatario saludo a todos lo más cortésmente que pudo y de inmediato el General le informó de la situación del edificio.
—Mandamos detener a varios comuneros del norte Puebla— dijo abriendo apenas la boca y con esa mirada simiesca que lo caracterizaba—. Todos fueron detenidos sin orden de aprensión por muchachos de la zona militar número 14.
—Pasando la crisis los soltaremos sanos y salvos, dijo Peláez completando el informe del militar. —La intención es crear un distractor que lleve lejos de este edificio a los usuales alborotadores. No dejamos entrar a nadie a este piso, los teléfonos están intervenidos y hay órdenes precisas de alejar a la prensa a cualquier costo.
—Tenemos un verdadero problema diplomático, dijo Ninda que después de tantas cirugías se parecía a Lucía Méndez pero en zombi. —La archiduquesa es la más alta figura dentro de la realeza europea.  Con decirle que si se encontraran en un pasillo muy estrecho en el Palacio de Buckingham ella y la Reina madre, óigame usted, el mismísimo Palacio de Buckingham, la que se tendría que hacer a un lado para que pasara sería la Reina Victoria. Es catorce veces grande en España, doce en Italia, trece en Gales y York, once en Luxemburgo. Y tuvo algunos deslices con el emperador Hiroito. Por todo eso no se puede morir aquí.
—De eso quería hablarle –le dijo el médico con cara compungida. El grupo caminaba velozmente por un largo pasillo resguardado con gente del CISEN y militares. El secretario de salud tenía pegados los brazos al cuerpo como una mantis religiosa. Todo el personal del hospital tenía cara de desazón. Por fin llegaron a una sala con puertas dobles con dos militares que cargaban unas M16 más grandes que ellos. –Antes de que vea a la Archiduquesa debe saber cuál es su estado de salud.
El facultativo hizo una pausa dramática mientras pensaba en las palabras que utilizaría.
—Ya dígale doctor, explíquele como lo hizo conmigo –dijo Peláez tratando de sacudirse el nerviosismo.
—Bueno, al principio pensamos que era una rara enfermedad de la cual se ha tenido conocimiento en Malasia y que proviene de la mordedura de un chango. Hace algunos años se reportó que un homínido mordió a una señora de Nueva Zelanda y la infección se propagó rápidamente teniendo que sacrificar a la totalidad de los infectados.
—¿No hay cura? –dijo el Presidente tomando un bonito tono blanco leche.
—Al parecer no. Se pueden administrar calmantes y así reducir los síntomas violentos pero hasta la fecha no sabemos que es.
—¿Cuáles son los síntomas?
—Una especie de rigor mortis que dificulta la motricidad, paulatina descomposición de la carne, ataques violentos de furia, deseo antropófago y nulo raciocinio. Además, no se encuentran signos vitales. Es decir, y tómelo con mucha calma, la archiduquesa lleva muerta desde hace mucho.
—¡Chingada madre! —Soltó el presidente tomándose la poca cabellera que le queda en la cabeza y soltando un bufido de desesperación. –¿Cómo que muerta, doctor?
—Se lo digo como facultativo. La paciente muestra todos los síntomas de la muerte. No hay pulso, no hay respiración, no hay respuesta al dolor. En uno de sus ataques violentos se levantó y al intentar atacar a uno de mis ayudantes se clavó un escalpelo en el brazo sin siquiera sentirlo. Salió un chorro de sangre coagulada. La sangre dejó de fluir al poco rato. Lo que sí es que cada vez los ataques son más agresivos. La mujer tiene hambre pero no ha querido comer nada de lo que le ponemos. Además, ha sido imposible conectarle el suero. No encontramos ninguna vena.
—¿Y ahora que le voy a decir al rey?
—La casa real va estar muy enojada si su miembro más destacado muere en nuestro país sin saber la razón. –Dijo la jefa de protocolo. El tono de lo expresado parecía de preocupación pero la sonrisa lo desmentía.
—Ya lo sé, ya lo sé. Primero inundaciones, tornados, huracanes, ejecuciones y ahora esto. Me hubiera quedado de senador a dormir y cobrar sin problema.
—Tiene que verla, dijo Peláez recuperando la cordura.
El doctor empujo una de las dos hojas de la puerta y ahí amarrada  a una silla de ruedas estaba la más grande entre las grandes, con el maquillaje corrido, el cabello rubio canoso alborotado, las medias rotas y el bellísimo vestido de percal verde, diseño exclusivo de Adolfo Dominguez, hecho una ruina. Junto a ella, un hombre grueso, alto y de unos sesenta años lloraba tirado en un sillón. Tres enfermeras veían a los lejos a la Archiduquesa y preparaban sendas jeringas con tranquilizantes suficientes como para dormir a todos en la sala.
—Archiduquesa, a nombre del pueblo de México, le damos la más grande bienvenida, soltó el presidente separando las manos como si esperara un abrazo.
La mujer respondió con un sonoro gruñido que le recordó a aquellas entrevistas que ofrecía en los programas del corazón emitidos por la Uno y que el presidente veía obligado por su esposa quien era una gran entusiasta de salir en el Hola y ser reseñada en las revistas del cotilleo. El regalo de cumpleaños para su mujer fue la compra de la portada de Hola mientras hacían la visita a la catedral de San Pedro y besaban la mano del Papa. Habían salido ya en varias ocasiones en la Hola versión México pero su esposa quería salir en la primera plana de la original. Cuando por fin lo lograron ella mando comprar cientos para repartirlas en todas las oficinas de gobierno, embajadas y entre sus amigas-enemigas más acérrimas.
—Esperemos que haya sido tratada muy bien, completó el presidente.
—No la escucha, acotó el hombre que lloraba en el sillón.
La jefa de protocolo hizo los honores.
—Déjenme hacer los honores. El Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, el señor Ricardo Palencia Mestes, ahora Duque de Alcazar y esposo legal de la Archiduquesa. El hombre se levantó de su sillón y estrechó la mano del mandatario y luego le dio un abrazo que acompañó de más llanto.
—Se nos murió, se nos murió, —decía en su marcado acento ibérico.
—¿La amaba mucho?— preguntó. Por toda respuesta recibió un sollozo ahogado.
La jefa de protocolo miró al presidente y luego pidió con la mirada a Peláez lo separa del doliente. El secretario de salud hacía cara de asco nada más de estar en presencia de la Archiduquesa.
—En realidad la boda de ellos sucedió hace muy poco, informó la jefa de protocolo con su impertérrita sonrisa en uno de los rincones de la sala. —Los hijos se oponían a la unión pero luego de un acuerdo prenupcial y la repartición de títulos nobiliarios la negociación, digo, el matrimonio fue terso. Sin embargo el Duque de Alcazar no puede alegar ningún derecho sobre propiedades… Su esposa todavía no le ha dejado nada en firme.
El deudo se soltó del abrazo de Peláez y comenzó un monólogo muy estudiado
—Le dije, mi amor, vamos mejor a las Canarias no hay que ir a las Américas, allá están muy atrasados, pero quería visitar su isla. Le expliqué, allá no hay butifarras, ni chorizos más que cocos y bananas pero se sentía joven de nuevo a sus 104 años de edad. Bajó del avión y cuando quiso tocar al chango el animal bajó y la mordió. Luego, luego se puso así como loca. Y de repente se quedó quieta, quieta, quieta. Cuando despertó estaba en el hospital y apenas abrió los ojos se lanzó contra el pobre médico, un negro dominicano que hizo lo que pudo pero no aguanto la tarascada que le puso en la garganta. El podre doctor se arrastró como pudo lejos de ella mientras nosotros se la quitábamos de encima. Desgraciadamente la tuvimos que amarrar. Lo más difícil fue vestirla. Una Archiduquesa no puede llegar con vestidos floreados a un aeropuerto de una colonia tan hermosa como lo es México. Entre tres enfermeras le pusimos su vestido que más le gustaba y nos embarcamos para acá. Ustedes saben el resto. Mi pobre bomboncito sigue ahí, gruñendo y ni la virgen de la Macarena le ha podido hacer el milagro.
—Fue una buena decisión pero dudo mucho que su padecimiento tenga solución. —Dijo el doctor Menéndez.
—Si ella muere acá perderemos una buena parte del turismo europeo que viene en navidad. —Dijo Peláez sacando su I-pad como dando datos —Con la influenza quedamos muy mal parados. La gente cree que tenemos un sistema hospitalario de una república bananera.
—Joder, eso es cierto, —agregó el deudo —Lo primero que nos ofrecieron fue paracetamol.
—No fue recibida como la personalidad que es. Merecía cuando menos un mariachi en el hangar presidencial. —Dijo Nidia indignadísima.
—La seguridad nacional está en riesgo, —escupió González y González.
­—Debemos de pensar, debemos de pensar. —El presidente decía esa frase como si de un mantra se tratara.
En ese momento, con un gorrito azul en la cabeza como el de Jackelin Kennedy, un vestido muy sencillo del mismo tono, guantes blancos y una pequeña bolsa Gucci entró la primera echa un huracán.
—¡José de Jesús!, me tienes que explicar porque no fui avisada del arribo de la Archiduquesa. Soltó apenas empujó las puertas de la sala. El equipo de seguridad se hacía bolas en la entrada meditando entre pasar o no.
—Mi amor, no estás autorizada para entrar acá.
—Señora, por favor. —Pedía Peláez.
—La seguridad nacional, señora. —Rumió González y González.
Pero la primera dama tomó vuelo y estrelló la bolsita en la cara del presidente.
—Nada más eso me faltaba, que me hicieras un lado también con la realeza.
—Nos dan cinco minutos, pidió el mandatario sobándose la mejilla y aguantando el enojo.
Los funcionarios salieron de ahí contrariados. El marido-viudo de la archiduquesa se fue al sillón sin hacer ruido.
—Tú no entiendes mi amor. La señora está enferma y debemos resolver esto.
—Lo que sé es que hasta de esas cosas me quieres excluir. Como yo no soy militar. —Y al momento de darle la espalda a su marido vio en la silla de ruedas a la mujer. —Archiduquesa, que vergüenza. Yo acá haciendo un sainete y usted presenciado todo. —La mujer soltó un gruñido y mostros una hilera de dientes putrefactos. —No le entendí. Pero, sea bienvenida a México. Me dice Chucho que está enfermita. Seguro se vino a Cancún a retomar energías, ¿verdad?
La primera dama se acercó a la silla de ruedas y la mujer comenzó a soltar gruñidos cada vez más fuertes. Se hincó frente a ella y al tratar de darle la mano se dio cuenta que estaba amarrada.
—José de Jesús me podrías explicar qué forma es esta de tratar a las visitas.
—La señora está enferma. Es por su protección.
—No hables de ella como si n estuviera. Es una falta de respeto.
—Ella no nos oye. Está enferma.
—Enferma  o no. No la puedes tener amarrada.
—Mi amor, si la desatas no me hago responsable.
—Es una falta a tus deberes cristianos y de respeto a los invitados tener a una anciana amarrada de esa forma.
—Señora, no se lo recomiendo, dijo el deudo desde el sillón sentado en el filo y viendo con curiosidad la escena.
—No lo hagas, te lo ordena el presidente—insistió el mandatario dándose la vuelta y haciendo cara de dignidad. Su esposa ya había desatado las piernas y ahora solo quedaban las manos. La Archiduquesa comenzó a gruñir más fuerte. Su esposo-viudo se paró del sillón.
Entonces, apenas estuvo libre se lanzó contra la primera dama que apenas la vio venir. La primera dentellada le cayó en el cuello arrebatándole una buena parte de carne.
—¡Archiduquesa!, alcanzó a gritar tomándose lo mejor que pudo su sombrerito Kennedy para que no cayera al suelo.
Cuando entró la guardia ya era demasiado tarde. La primera dama ya había perdido el cuello, el cachete, gran parte del pecho pero su coqueto sombrerito seguía en su lugar. La Archiduquesa se veía tranquila degustando un buen pedazo de carne. Se calmó a tal grado que de buena gana subió a su silla de ruedas, se dejó poner las amarras y hasta la enfermera le limpió la boca llena de sangre sin emitir ningún gruñido.
El presidente se quedó en silencio. Peláez entonces rompió el momento diciendo: Ya sé. Nidia llama a la televisión.

En la pantalla se vio descender a la Archiduquesa en su silla de ruedas capitaneada por su esposo. El hombre saludaba frenético a la concurrencia. Se veía feliz, lleno de vida. La conductora del programa de cotilleo decía con voz en off mientras de fondo seguían las imágenes del aeropuerto: Que detalle el de la Archiduquesa, mira que asistir al funeral de su gran amiga luego de ese desafortunado accidente.
—Así es, suspender su luna de miel para demostrarle su amistad y cariño es un símbolo de su nobleza, de su buena cuna. —completó su acompañante con tono bobo.
—Lina, ¿estás ahí? Dinos algo tú que estás cerca de la Archiduquesa. Le podrías pedir un par de impresiones.
En la pantalla se vio a una guapa reportera en un traje sastre hecho a la medida. La mujer se encontraba a pocos pasos de la silla de Ruedas. Las banderas de España y México ondeaban por todos lados, lo mismo en las manos de los niños que hacían una pequeña valla, que en la puerta de acceso o en las guardias de militares. Un fino confeti rojo y dorado se mezclaba con el tricolor que caía del otro lado del cielo.
—Si Pati. Nos acercaremos para escuchar sus palabras.
La silla de ruedas de la homenajeada se acercó a dónde estaba la reportera y esta al paso alargó el micrófono saltándose a un par de militares. El marido vio a la periodista y no tuvo más opción que detenerse.
—Señora, ¿suspende su luna de miel por el deceso de una amiga? —La reportera le acercó lo más que pudo el micrófono. Un sonoro gruñido se escucho al aire acompañado de algunas dentelladas y algo que sonaba a “carne”.
—Sencillamente increíble. —respondió la reportera. —Pero, para usted que significa estar por primera vez en nuestro país. —El micrófono volvió a estar cerca de la Archiduquesa a lo que respondió con un par de dentelladas y otra tanda de gruñidos sólo que más enfurecidos.
—Maravilloso. Su amor por México se hace patente.
—Discúlpela, viene cansada del viaje, —cortó el esposo quien empujó la silla de ruedas lo más rápido que pudo.
—Breve pero concisa, la Archiduquesa nos ha dejado un par de perlas de su nobleza y bonhomía. —Remató la conductora con la voz exaltada.

El presidente llegó a su dormitorio, abrió una botella de Whisky regalo del embajador de Escocia,  y le dio varios tragos. Se quitó el saco, luego los zapatos y cuando se disponía a quitarse el pantalón oyó que alguien tocaba a la puerta.
—¿Quién? —gritó con resignación y enojo.
—Soy yo, Peláez, tenemos una situación—respondieron.
—¿Y ahora que chingaos? —Se puso sus pantuflas de dinosaurio y caminó rumbo a la puerta. —La Archiduquesa ya está en un vuelo de Iberia y mi esposa está enterrada. Que sucede ahora. ¿Otra guerrilla?
—Es su esposa. —soltó apenas abrieron la puerta.
—Mi esposa ya está bien enterrado, si venimos de su funeral.
Peláez por toda respuesta señaló al par de militares que custodiaban la silla de ruedas en la que el cadáver de la primera dama soltaba gruñidos y murmuraba algo parecido a “carne”.

jueves, 13 de noviembre de 2014

La casa verde

La casa se veía a lo lejos. En un barrio como aquel, caído en desgracia, una casa de dos pisos rodeada de jardín, con un ático enorme y pintada de un verde descascarado llamaba mucho la atención. La gente la veía a lo lejos y se imaginaba cosas. Algún tiempo perteneció a una familia rica y de abolengo que se remontaba a más de cinco generaciones. Nadie de los vecinos los conoció nunca. Se contaban historias de ella. Que si estaba intestada y los herederos se peleaban desde hace décadas; que si los dueños se habían vuelto locos y ahora sólo salían por la noche; que se oían risas en la noche y se celebraban misas satánicas.
            Uno de los rumores más comunes es que ahí vieron unos europeos (la gente cambiaba la nacionalidad de ingleses a franceses, de españoles a italianos) que vivían una vida de lujos. Que dentro escondían joyas, collares enormes de oro y objetos tallados que representaban una enorme fortuna para cualquiera que quisiera entrar por ellos. Que un día, la pareja con sus rubios hijos, habían tomado un avión privado y este, atravesando el océano, sufrió una avería yéndose a perder al mar matando a toda la familia y dejando sin dueño la fortuna de la casa verde.
            Esa fue la historia que escucho Darío y la misma que lo llevó a decidirse esa noche a meterse en la casa para poder encontrar el tesoro. ¿Y porque nadie se ha metido a buscar las joyas si ya llevaba mucho tiempo cerrada? Porque está embrujada, le contestó la voz del rumor que tiene respuesta para todo.
            Decidió utilizar una lámpara de minero, una mochila y llevar una pistola pequeña que utilizaba para sus atracos diarios. Saltó la verja de hierro fundido y cayó dentro de un jardín de por fuera se veía descuidado pero por dentro era como si un dedicado trabajador lo hubiera dejado listo para una fiesta. Darío se encontró con que la vieja fuente en medio del jardín coronada por un ángel rechoncho funcionaba a media noche y que una lámpara iluminaba desde abajo la figura de piedra.

            Entonces llegó a la puerta principal y cuando intentó forzarla se abrió. Pasa, le dijo un hombre sonriente. Dentro se celebraba una fiesta. Darío dejó en el piso su lámpara, su mochila y la pistola. Tomó el vaso que le ofrecían y saludó a todos los asistentes a la fiesta sintiendo de inmediato la bienvenida.

martes, 11 de noviembre de 2014

Una azotea, unas hojas y una pluma

Cuando comencé a escribir no conocía gran cosa de la literatura sólo que me gustaban las historias y que me gustaba contarlas. Tampoco sabía que se presentaban los libros y mucho menos que existía algo llamado talleres literarios donde uno iba y destripaba lo que había mecanografiado en hojas blancas. Acaba de salir de la preparatoria y era un escritor que tenía un par de cuentos que pensaba eran lo más alto de la literatura mexicana. Alguien me dijo que por qué no iba al taller de la maestra Beatriz Espejo. No la conocía, no sabía que había que pagar y mucho menos que asistir ahí cambiaría mi vida.
            El taller se ofrecía los sábados a la nueve de la mañana y hasta la una de la tarde. Con media hora para descansar. En el auditorio habían puesto una mesa larga, varias sillas, una cafetera, galletas y un enorme garrafón de agua. Al entrar a ese sito, con el piso alfombrado, la luz de la mañana entrando por los ventanales, el olor del café recién hecho y el rostro sonriente de la maestra Espejo me hicieron sentir tan cómodo.
            Los asistentes eran muchachos que estudiaban letras hispánicas en la universidad, aunque había otros que venían a corregir la extensa novela que habían escrito en el espacio que les dejaba su trabajo burocrático. Había un abogado que llevaba una historia de un hombre que se volvía drogadicto por trabajar en una carpintería; otro tipo escribía cuentos de ángeles, a la postre se volvería político, tres soberbios e imberbes escritores que pronto se volverían funcionarios culturales, un tipo llamado Nachito, que llevaba los más enfebrecidos cuentos, un servidor y Efrén Minero, que sería el primer tlaxcalteca en publicar en Tierra Adentro.

            En ese tiempo no tenía dinero (apenas si me alcanzaba para el Tonayan), así que tomaba el taller a escondidas. Cuando la encargada venía a verificar que estuviéramos solo los que habían pagado yo me subía con mis hojas y mi pluma a la azotea a esperar que se fuera. El aire frío de la mañana en mi cara mientras veía desde lo alto la ciudad es algo que nunca se me olvida.

jueves, 30 de octubre de 2014

VHS- Tu pirata soy yo

Algunos estudios revelan que después de China, Rusia e Italia, México es el país que más consume (y produce) piratería. Lo mismo ropa de “marca”, que películas y CDs de audio. Mucha gente ve en la piratería una forma de vida. Para nosotros no es extraño encontrar en cada esquina gente que vende a mansalva cientos de dvds piratas en mercados, esquinas o directamente en las oficinas de gobierno. Nadie ve nada raro o que sea ilícito la venta y la compra de ellas.
            A mí la piratería me parece terrible para el espectador y para el creador de contenidos audiovisuales. La calidad es mala, el subtitulaje es malo y lo que es peor, contribuye a que no se sigan produciendo películas. Esas cintas grabadas con cámara en mano dentro de los cines (cam screen) y luego subtituladas por medio de un programa que convierte lo escrito en inglés a algo cercano al español me parecen lo más bajo en la apreciación del cine.
Comprar esa piratería equivale a llegar a un restaurant, pedir un sirlón y que te den a cambio un pedazo de soya frita. Cualquiera en su sano juicio le aventaría el plato al mesero y se iría indignado de ahí. Nosotros no, le agradecemos al conspicuo vendedor que nos permita tener una semana antes un estreno que no disfrutaremos en una sala con un audio especial y con un subtitulaje adecuado. Y todavía le decimos: avíseme si le llegan nuevas.
            La piratería ha crecido gracias a la complicidad con las autoridades y productores. Las versiones en Blue ray o DVD no llegan solas a los torrens. Alguien de dentro las debe de sacar. Esto aunado al precio elevado del cine. Otro estudio revela que México es de los países en donde más se paga por boleto, un 70% del salario mínimo. Sacando cuentas, una película pirata de 10 pesos divierte a toda una familia.
            Otro aspecto es las series y películas que nunca llegaran legalmente. Quien esto escribe hace mea culpa. He descargado torrens porque ningún canal de cable o distribuidora trae, en este mundo globalizado, nada que no venga de Estados Unidos.
Columna aparecida en Playboy de Octubre.

domingo, 31 de agosto de 2014

Un año en las calles, David Simons y sus libros.



Cuando uno ve a David Simon a los ojos, entiende que estamos ante un hombre que ha vivido muchas cosas, pero también que es un sujeto sincero. Simon fue en primera instancia un reportero de la fuente de “sucesos”, algo así como la nota roja en nuestro país. Es periodista de los de antes, de esos hombres que se quedaban en las calles y perseguían la noticia yendo de un lado para otro. Eran tiempos donde las notas tenían que ir más allá de los tres mil caracteres y la imagen no era lo principal. Tal vez por eso sus dos títulos de no fiction sean enormes ladrillos de casi 700 páginas; investigaciones donde se hizo necesario salir a las calles, acampar en la estación de policía y hacer un trabajo de calle hasta ganarse la confianza de sus confidentes.
En su primer libro, Homicidio, un año en las calles de la muerte, Simon se adentra en el asfalto de Portland atraído por el asesinato y violación de una niña de once años. Como cualquier novela policíaca el reportero comienza a seguir las pesquisas de los hombres de la ley para darse cuenta que ese asesinato tiene más implicaciones de las normales. Simon cartografía la miseria de los habitantes de su querida ciudad, incluyendo de manera importante al departamento de policía, sus trabas burocráticas y las frustraciones con las que se encuentran regularmente sus integrantes. El policía, los criminales, los habitantes dejan de jugar su papel acartonado dentro de la historia y se vuelven un mosaico de lo que hace el racismo aunado una política equivocada en el uso de las drogas.
La esquina, su segunda novela, escrita a cuatro manos con Ed Burns, un ex policía metido a maestro, es un recorrido por uno de esos barrios marginales de Portland en donde viven negros hacinados y donde la droga ha sentado sus reales. En esta historia podemos conocer de primera mano cómo las mafias criminales que son dueñas de las calles, se dedican a tener bajo control el negocio de manera violenta; por lo que la muerte ya sea por adicción o por plomo, son cosas de todos los días. El sueño americano se encuentra muerto y enterrado. No hay manera de escapar de ahí porque el futuro parece que se desvaneció. La esquina es la continuación natural de un trabajo a ras de cancha que comenzará en Homicidio, un año en las calles de la muerte y que lo llevaría a la televisión.
Ambos títulos, inéditos en español, son publicados recientemente por una pequeña editorial española llamada “El Principal de los libros”. Independientemente del valor propio de estas dos investigaciones noveladas, fueron el punto de partida para dos miniseries homónimas transmitidas por HBO exclusivamente para Estados Unidos.
Las miniseries, inconseguibles de manera legal en nuestro país ya marcan el tono y la forma que vendría a desembocar en la serie de culto The Wire. En ambos trabajos reconocemos historias y personajes que acabarían puliéndose en los posteriores capítulos de la serie. En estas historias encontramos la burocracia de la policía, las trabas políticas que buscan perpetrarse en el poder dejando de lado las carencias sociales, la escuela como una forma de aprendizaje para saberse en qué lugar debemos colocarnos y cómo la vida criminal no tiene nada de glamoroso. Simon, sin mencionar a ningún teórico social llega a las mismas conclusiones que ellos: la pobreza y la delincuencia es un estado que se aprende y se perpetúa y que está acotado por la economía.
Con la lectura de estos títulos uno se da cuenta que no todas las situaciones planteadas en The Wire fueron producto de la cabeza de su creador, sino que las aportaciones de George Pelecanos, Rafael Alvarez (así, sin acentos), Richard Price y Ed Burns fueron cruciales para brindar ese realismo en el cual podemos oler las calles.
Simon comenzó con estos libros-reportajes un largo trabajo de acercarse lo más posible al fenómeno delictivo de hoy: el narcotráfico, pero desde un punto de vista social. Simon olvida al héroe individualista de los hardboiles para brindarnos un mosaico de vidas entretejidas en donde no hay buenos ni malos y donde la justicia es más complicada que “hacer lo correcto”.
Discreto y sobrio como es David Simons, cuenta que entró a un restaurante de Los Ángeles acompañado de George Pelecanos, en pleno apogeo de su serie. El mesero luego de 45 minutos los hizo pasar gritándoles desde lejos: Los del pelícano.

jueves, 17 de julio de 2014

Dios, bendice a los muertos


God bless the dead
2pac Shakur

La ciudad se ha convertido en una enorme fosa,
Donde conviven los muertos con los vivos
Los descabezados con los colgados
Los muertos de miedo con los baleados
La ciudad respira miedo
Jesús Marín

"Se parecen las novelas policiales a los algodones de azúcar, que no dejan nada en la boca ni en el estómago."[i] Decía Ricardo Garibay con el ninguneo habitual que la intelectualidad mexicana le prodigaba al género policial, que lo considera un arte menor de escapismo y evasión. Si bien los ánimos nacionalistas han bajado (ya nadie quiere presumir de trascendente escribiendo sobre “lo mexicano”), el desprecio de ciertos sectores literarios sigue vigente. Sin embargo el salto del narcotráfico de las páginas de la nota roja a las de cuatro columnas, ha cambiado por completo el escenario.
            El ninguneo consiste en afirmar que lo policiaco no puede suceder en México porque: “(si) en el género policiaco tradicional el crimen es la conducta anormal dentro de la sociedad, acá constituye la norma.”[ii] Lo cual revela un desconocimiento género. Si nos atuviéramos a este razonamiento las historias de George V. Higgins o Elmore Leonard, por decir dos nombres, tampoco podrían existir ya que en ellas la criminalidad es la norma. Pero como veremos, el género negro –término que me gusta usar porque va más allá del restrictivo “policiaco” o “policial”–, se da en nuestro país y tiene múltiples ramificaciones.

Desafíos al lector
             Como apunta Pablo Piccato en su ensayo “La era dorada de la novela policiaca”[iii], el género en nuestro país empieza con una camarilla de escritores, amigos entre sí, que se reúnen alrededor de la revista dirigida por Antonio Helú  Selecciones Policiacas y de Misterio y que lo hacían más por gusto (o militancia literaria) que porque les dejara algún tipo de remuneración económica.
Antonio Helú y el resto de colaboradores de su revista: la ubica y poco reconocida María Elvira Bermúdez, Leo D’Olmo, Luis Garrido, el cineasta Juan Bustillo Oro, el dramaturgo Rodolfo Usigli o Rafael Bernal, por mencionar a los más famosos, explotarían el policiaco más clásico, aquel que el padre Edgar Allan Poe y sus hijos ingleses adelantados –Arthur Conan Doyle y Agatha Christie– crearían como fórmula. Es decir, un enigma, un detective peculiar en extremo inteligente y una resolución satisfactoria para personajes y lector.  
            Sin embargo, a principios de los años veintes la aparición de Raymond Chandler y Dashiell Hammett en la revista Black Mask vendría a modificar este panorama al incluir sus vivencias personales (el primero un alcohólico y el segundo un auténtico detective privado) y con esto crear el cuento negro; donde el enigma pasa a segundo término y lo interesante es la capacidad de hablar de la criminalidad, los bajos fondos y por ello mismo de la maldad como fenómeno social.


 Un fabricante de muertecitos
            Si bien Rodolfo Usigli lograría un apreciable éxito con su novela Ensayo de un crimen[iv], —incluso llevada al cine por Luis Buñuel— sería hasta la aparición de El complot mongol [v] (1969) que la novela negra nacional tomaría carta de naturalización. Esta novela es importante porque de entrada, el personaje principal es un criminal, un excluido de la sociedad y a la vez un hijo de la Revolución Mexicana. Atrás quedan los detectives sagaces que representan a la ley. Filiberto García no es un detective privado, es un sicario a las órdenes del régimen que sin embargo trabaja solo y bajo consigna cuando los relucientes demócratas no quieren ensuciarse las manos. La época de bonanza priista se había acabado; el desarrollo estabilizador y el “milagro mexicano” ya eran cosa del pasado. El sistema hacía agua por todas partes, no por nada los movimientos de protesta estudiantiles habían sucedido un año antes de la publicación de la obra. Bernal supo conjuntar todos estos factores en una narración que funcionaba como una trama entretenida pero que buscando a fondo daba cuenta de la denuncia directa a la doble moral del régimen, que jugaba al socialismo y al capitalismo como el propio Filiberto García lo hacía con los agentes del KGB y de la CIA, además del deseo gubernamental de demostrar que ya no éramos el país violento de principios de siglo XX, sino uno moderno que, sin embargo todavía necesitaba de estos “fabricantes de muertecitos”, como García se hace llamar.
            "Bernal sigue la ruta del dinero, como sugieren los clásicos, pero sobre todo, la ruta del poder, que es más truculenta y sanguinaria"[vi] Afirma Elmer Mendoza a razón de la edición española por parte de Libros del Asteroide. Pese a todo, el libro de Bernal mereció críticas adversas que no hicieron más que volverla un objeto de culto. A un año de la aparición de El complot mongol, el prolífico escritor Luis Spota publicó una historia de género negro llamada Lo de antes. En ella, un ladrón busca rehabilitarse enfrentándose a la policía corrupta y a sus viejos socios que no le permiten seguir su vida y lo hacen volver “a lo de antes”. La historia se decanta más así hacia el drama social alejándose mucho de los preceptos del género. Arturo Ripstein incluso la adaptó al cine logrand así una de su mejores películas pero ni con eso obtuvo ni una mínima parte del culto que se le profesa a la obra de Bernal que a fin de cuentas es parte aguas.
El neo policiaco
Eran los años setenta, persistía la necedad crítica que dictaba que no puede haber género negro en un país donde no hay justicia; pese a eso en Latinoamérica y España comenzaron a menudear los escritores de género negro y policial, desde Manuel Vázquez Montalban del otro lado del océano, pasando por el argentino Roberto Walsh hasta Paco Ignacio Taibo II en México.
En Días de combate[vii], su primera novela, Taibo tuvo la audacia de incluir la imagen de un detective independiente (no privado y izquierda militante), que sufría las mismas miserias de muchos de los habitantes de la Ciudad de México. Héctor Belascoarán Shayne persigue a un asesino serial mientras comparte gastos con un plomero y un tapicero para pagar la renta, se da tiempo para visitar a su hermana y además concursa en un programa televisivo sobre asesinos famosos.
            La crítica no fue muy favorable pero los lectores respondieron comprando sus libros. La clave de la obra de Taibo –que es retomada de El Complot mongol– es no tropicalizar los moldes foráneos, lo cual a todas luces resulta falso, sino hablar de la realidad nacional y ficcionarla. Así, Belascorán se pasea por el Eje Central, tiene su despacho en un edifico de Bucareli, desayuna en cafés de chinos y se enfrenta a la delincuencia y la corrupción como lo hace cualquier capitalino. No es un experto en armas, ni un duro y torturado detective alcohólico, sino un tipo que le disgusta lo que ve y hace lo posible por cambiarlo.
            Taibo llamó a su estilo “neo policiaco”. El escritor fue más allá y fundó la Asociación Internacional de Escritores Policíacos (AIEP) en 1986 junto a al mexicano Rafael Ramírez Heredia, los cubanos Rodolfo Pérez Valero y Alberto Molina, el uruguayo Daniel Chavarría, el ruso Iulián Semiónov y el checo Jiri Prochazka. Asociación que fue la base para que en 1988 se creara la Semana Negra de Gijón (en España) sitio de encuentro para los cultivadores del género hasta.  
Paris-DF
            Por el contrario Gonzalo Martré fue condenado al ostracismo por su pluma satírica luego de que su obra mayor, Los símbolos transparentes, sufriera las penurias de la censura y de la persecución obligándolo a partir de ahí a publicar en editoriales marginales. Martré era un personaje extraño para los moldes que reinaban en los años setenta: guionista de la popular historieta Fantomas, la amenaza elegante, gustaba de utilizar referencias de la cultura pop y popular en sus obras.  En ellas caricaturizaba lo mismo a los señores del poder nacional que a dirigentes mundiales. En una recordada secuencia escrita por él para Fantomas, se ve a Margaret Thatcher, “la mujer mejor vestida de Inglaterra”, saliendo en tubos de su recamara cuando supo que Argentina le había declarado la guerra al Reino Unido. Fantomas, un ladrón con principios actuaba en un París que se parecía mucho al Distrito Federal.
Carlos Gómez Carro, tal vez quien más sabe sobre Martré dice sobre su obra: “Excelsa y obscena; reflexiva y epidérmica; compleja y mordaz; de frenética psicodelia, en ocasiones, la obra de Gonzalo Martré (1928), no obstante ser una de las más significativas de la literatura mexicana, es también una de las menos difundidas. Es, en lo que se refiere a su divulgación, lo que suele denominarse la obra de un autor de “culto”, de un heterodoxo.”[viii]
Cantinas y norteños
Otro personaje importante fue Rafael Ramírez Heredia, dueño de una prosa clara que contaba historias que se convirtieron a la larga en clásicos dentro del género. El éxito de su cuento El Rayo Macoy[ix] acabaría bautizándolo a él. El universo herediano constaba de viejos hombres trajeados que frecuentaban cantinas y se enamoraban de mujeres torpes metidas en problemas, hombres que enfrentaban la corrupción y la criminalidad con sus escuetos recursos con ecos del cine noir mexicano de los cuarentas. Ramírez Heredia además, proveniente de una casta de sindicalistas y maestros, recorrería el país dando talleres literarios creando escuela. Heredia vería traducidos y publicados sus libros a varios idiomas equiparando su éxito al de Taibo.
Francisco José Amparán, Guillermo Munrou Palacios, Gabriel Trujillo y Juan Hernández Luna son escritores de la misma hornada, provenientes de distintos puntos geográficos (Torreón, Puerto Peñasco, Mexicali, Puebla), con desarrollos narrativos diferentes pero desgraciadamente, suertes similares. Los cuatro han ahondado en la historia de sus respectivos estados, mostrando como el centralismo ha opacado la historia nacional, creando historias con personajes oriundos de sus localidades pero la repercusión nacional no les llegó. Sus libros son ilocalizables, editados por pequeñas editoriales (a excepción de Luna que fue acogido por ediciones B con similares resultados), leídos por una camarilla de investigadores y lectores asiduos de novela negra. Amparán y Hernández Luna morirían relativamente jóvenes, (52 y 47 años respectivamente) sin conocer el éxito masivo. Munro y Trujillo siguen batallando desde su patria chica, ninguneados por el centro.
            Elmer Mendoza vendría a ser como una especie de lazo de unión entre los autores antes mencionados y las nuevas generaciones que harían su aparición unos pocos años después. Mendoza crearía un estilo en el que la habla regional (en especial de esa Sicilia del norte, llamada Sinaloa), el beisbol, los corridos, el humor, el trasiego de drogas, el machismo y la situación fronteriza serían determinantes para crear un microcosmos particular. Ramón Gerónimo Olvera, periodista chihuahuense, señala en su ensayo Sólo las cruces quedaron[x], los puntos de convergencia entre la sicaresca colombiana y la obra de Mendoza: el costumbrismo (o neo costumbrismo, como señala Diana Palaversich[xi]), y el uso de historias provenientes de la prensa.
           
La irrupción del narco
Martré es señalado como el primer escritor que utilizó al narco como motor narrativo en su novela satírica El cadáver errante[xii] (1993). Sin embargo, Paco Ignacio Taibo en Sueños de frontera[xiii] de 1990, ya hacía referencia a un capo muy parecido a Caro Quintero que negociaba con drogas y era además tratante de mujeres. Incluso, el dramaturgo y novelista Victor Hugo Rascón Banda en su laureada (y poco conocida) novela Contrabando[xiv] de 1991, ya tocaba el tema. A decir de Diana Palaversich es junto con Los trabajos del reino[xv] de Yuri Herrera, el mejor acercamiento al tema.[xvi]
Con la llegada del narcotráfico como tema principal, la industria editorial vio el filón y lo explotó. ¿Pero qué es la narcoliteratura? A mi entender un género para crear un nicho de mercado donde caben lo mismo libros de periodismo serio y que oportunista, es decir, hechos exprofeso para tener acomodo rápido en la mesa de novedades. Cuya misma fórmula puede aplicarse a las novelas. El tema del narcotráfico es tan amplio que hacer un género con él como tema es incluir lo mismo a El padrino de Puzo (¿o acaso no es el detonante la negación de Don Vito a traficar con drogas?) que el teledrama colombiano de Gustavo Bolívar Moreno, Sin tetas no hay paraíso. Hablar de narconovela es tan ocioso como hacerlo de la sección de cine de arte en un Blockbuster, en donde casi cualquier película cabe en tal clasificación.
La explosión del género
Sin lugar a duda la descomposición del sistema político, que se lleva entre las patas a la sociedad, ha creado un ambiente propicio para que el género negro vea una explosión creativa. Actualmente se vive una bonanza en la cual uno pude decidir por diferentes autores y formas de tratar el tema; como uno puede apreciar en el libro Negras intenciones[xvii] compilado por Rodolfo J M.
Periodistas metidos a escritores de ficción como Omar Nieto y Alejandro Almazán, han tocado la criminalidad a manera de denuncia. Almazán, curtido cronista y reportero de la fuente policiaca (que últimas fecha es “junto con pegado” de la política) ha creado dos novelas que entran de lleno en el género policial. Entre perros[xviii] y El más buscado[xix] son historias que ahondan en las problemáticas de la criminalidad con el trasfondo del narcotráfico y la destrucción del tejido social en las que éste reina. Nieto por su parte, agrega puntos interesantes en su novela Las mujeres matan mejor[xx], como las intrigas en las campañas políticas, el avance de los cárteles en el sur del país y la inclusión del sicariato femenino, que antes ya había tocado Almazán en su reportaje, Chicas Kalashnikov[xxi]. A ambos autores les gana el afán de denuncia, la vena de reportero más que el de contar simple y llanamente. Almazán tiene en su haber el excelente reportaje Gumaro de Dios[xxii], un descenso a los infiernos de un personaje que parece de ficción.
Este afán de denuncia se nota también el trabajo de Fritz Glockner principalmente en su libro Cementerio de papel[xxiii]. La novela destaca por algunas grandes ideas, la inclusión de personajes reales (Rosario Ibarra de Piedra y Miguel Nazar Haro, antípodas) y por tocar un tema que nucna había sido mencionado en la ficción más que de manera tangencial. Sin embargo, la novela no acaba de atar todos los cabos y acaba diluyéndose. Todo lo contrario a lo que pasa con Veinte de cobre[xxiv], historia en la que cuenta de manera viva la persecución, tortura y encierro de un grupo de guerrilleros por parte del ejército y la temida DGSP en el marco de la llamada Guerra sucia. Breve pero infaltable.
El género negro se ha nutrido a últimas fechas del comic, de las novelas de terror y de la cultura pop en general. Bernardo Esquinca ha creado en su saga del periodista Casasola (La octava Plaga[xxv] y Toda la sangre[xxvi]), un díptico en que el centro de la Ciudad de México adquiere un tono fantasmal y oscuro. En sus novelas retoma lugares señeros de la urbe para hacerlos suyos: el edificio Canadá abandonado desde hace años, la catedral metropolitana, las cantinas del centro entre otros. Algo parecido sucede en Asesinato en una lavandería china[xxvii], de Juan José Rodríguez en el que unos vampiros lo mismo regentean prostíbulos que venden droga. Por su parte, Bernardo Fernández BEF, en sus novelas Cuello Blanco[xxviii] y Hielo negro[xxix], mezcla a partes iguales la lógica del comic con un realismo a veces apabullante. Si bien los villanos de sus novelas provienen directamente del comic de superhérores, su  heroína, la detective Mijangos y su comparsa El Jarcor, son completamente humanizados. La relación entre ambos policías los hace altamente entrañables.
Francisco Haghenbeck es un género en sí mismo. De entrada su personaje principal nos haría desconfiar: el detective Sunny Pascal es un beatnick surfero mitad mexicano-mitad gringo, pero una vez iniciada su lectura, este extraño mundo ambientado en los años dorados del cine adquiere carta de naturalización. Sus novelas están escritas de forma muy estructurada e investigada, son mecanismos cerrados de relojería que no admiten fugas. Su libro La primavera del mal[xxx], es una respuesta clara y la parte faltante al enorme Poder del Perro[xxxi] de Don Winslow.
Los minutos negros[xxxii] de Martín Solares se erige como una novela que poco a poco ha ido ganando lectores pero que se volvió de culto entre los aficionados del género. Solares logra conjuntar un tema poco tratado en nuestro país: el asesino serial. Pese a que la trama roza temas como el norte y el narco, sale eludir esos escoyos para salir triunfante. Sus personajes no son los caricaturescos policías mal hablados y botudos de novelas y películas fallidas, sino seres reales. Además, toma como punto de partida una leyenda que se cuenta entre los habitantes de Tampico y Ciudad Madero: algo muy malo esconde la Coca Cola.
Hilario Peña es heredero directo del cine noir y la novela negra clásica norteamericana. Peña ha creado un microcosmos en donde las influencias de Hammet, Chandler, Ed Cain y los viejos westerns se diluyen en un norte violento y desolador, donde el individualismo ha sentado sus reales. La prosa de Peña es concisa, sin artificios, telegráfica y destinada a contar no a denunciar o a hacer referencias. Peña ha creado en Mala suerte en Tijuana[xxxiii] un personaje inolvidable que sin quererlo nos habla de la pobreza, de la inmigración, de la criminalidad y la falta de posibilidades. Su novela El infierno puede esperar[xxxiv] se entrelaza con la tradición de la  femme fatales del mejor cine de la época de oro nacional y hollywoodense, la referencia a Ed Cain es clara. Es en Chinola kid[xxxv] donde puede dar rienda suelta a su otra pasión, el western, creando un híbrido bastante divertido en el que dota a su personaje principal de una moral calvinista y hasta reaccionaria.
En Acapulco el otrora puerto paradisiaco, se dan cita dos escritores que narran lo que sucede en medio del calor y los turistas. Ambos autores de Tierra adentro, Paul Medrano e iris García Cuevas comparten el gusto por el género negro. Medrano echa mano de la tradición de personajes pintorescos que ofrece la literatura nacional y su mezcla con la cultura popular (los corridos, el cine, los albures) para hacer un entramado de cuentos que tiene por nombre Flor de Capomo[xxxvi], a los que sumarían dos historias de largo aliento, Deudas de fuego[xxxvii] y Dos caminos[xxxviii] donde ahondaría en dichos temas. García Cuevas, por su parte abreva más del thriller. Su libro 36 toneladas[xxxix] es una novela rompecabezas que tiene como ambiente de fondo las tropicales tierras de Guerrero en donde un narco intentara recuperar algo que es suyo.
Al igual que Acapulco, Sonora se vuelve punto de confluencia. Imanol Caneyada ha escrito un par de novelas Espectáculo para avestruces[xl] y Tardarás un rato en Morir[xli] en los cuales la criminalidad se mezcla con una historia con profundidades psicológicas. En la primera un maestro universitario lleva una doble vida: en una aparenta ser recto y en la otra da vuelo a sus ímpetus criminales. En su segunda novela el género negro entronca con el thriller y la novela política pergeñando una de sus mejores historias, llevando más allá el género negro nacional al dotarlo de oscuridades nunca antes tratadas. La enfermiza relación de dos personajes que se detestan y se necesitan en un frío y desolador Canadá la hacen inolvidable.
El díptico Matar[xlii] y Mujeres[xliii] que matan es crónica ficcionada proveniente de experiencias carcelarias en Sonora. En el primero, Carlos Sánchez nos narra a manera de cuentos varias historias donde el fin último es un asesinato. Descarnado, cruel pero humano a la vez, el volumen nos da cuenta de las peores bajezas. Por su parte Sylvia Arvizu, encarcelada en un penal, nos cuenta el día a día dentro de una cárcel de mujeres mostrando la desazón y desesperanza que se vive al interior.
En contrapunto a estas historia dramáticas, el dramaturgo Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio conocido como LEGOM, hace una parodia acida y corrosiva del género en Chato McKenzie[xliv]. En tres historias consecutivas Mckenzie hace gala de su torpeza, misoginia y  estupidez para resolver sendos casos en los cuales el humor políticamente correcto de LEGOM se hace presente. Lo mismo se burla de los minusválidos, de los ancianos, de las mujerea adulteras, los centroamericanos, de los estudiantes de teatro y hasta de él mismo.
Un caso aparte es el escritor Guillermo Rubio que no proviene ni de la literatura ni del periodismo sino directamente de la policía. Rubio, ex agente judicial que creció en las agrestes tierras de Sinaloa y que pasó a engrosar las filas policiales del Distrito Federal, llega ya con años de experiencia a su primer libro, instigado por Carlos Payán. Guillermo Rubio cuenta en entrevista para quien esto escribe, que en los tiempos en que fue escolta y chofer los tiempos muertos los pasaba leyendo. Ahí hizo un primer cuento de donde saldría El Águila Real; personaje que sería retomado para la exitosa telenovela Nada personal. Sin embargo sería en una pequeña edición marginal (Pasito tun tun[xlv]) que Rubio debutaría como escritor. La novela derrocha a partes iguales humor, crueldad, violencia y se revela al expolicía como un gran observador de los usos y costumbres de la política y la criminalidad. El personaje principal es El Yaqui, un sicario satanista, que pese a su crueldad nos hace encariñarnos con él. Irónico, canta la canción tropical de los Billo's Caracas boys antes de torturar a sus víctimas mientras da unos pasos juguetones. Un avezado lector de la realidad política encontrará personajes que tienen su contraparte en el libro, pero si no lo hace no importa, ya que la trama no necesita de esos ecos para que siga su curso.
El Sinaloa[xlvi], su segundo libro, vendría a completar su díptico de sicarios. El personaje que da nombre al volumen es un ex policía-sicario que es reclutado por un cártel para vengar una afrenta. Rubio hace gala de una trama inteligente pero sencilla para narrarnos la guerra desatada entre los viejos narcos rurales (a la usanza de Caro Quintero) ante los narco neoliberales, es decir, inhumanos y voraces, como son los Zetas. Rubio nos cuenta de primera mano cómo la criminalidad permea todos los estratos de la sociedad, gobernados, gobernantes, y a la vez hace carnales a los capos cuando nos los muestra en fiestas, apostando en carreras de cuarto de milla o protegiéndose entre ellos como una verdadera hermandad. Rubio es amoral, no busca denunciar o poner de manifiesto ningún tipo de premisa. A lo que juega Rubio  es a contar y cómo lo que conoce es la criminalidad lo hace desde esa perspectiva.
Conclusiones
Actualmente la narrativa de género negro ha tenido un desarrollo considerable en nuestro país. Se han diversificado las voces y las temáticas, incluso autores que no son considerados dentro de él lo han cultivado: Enrique Serna, Yuri Herrera, Fernanda Melchor, Vicente Leñero, Fernando del Paso o Jorge Ibargüengoitia, por decir algunos. Ya no es una camarilla de amigos que deben avanzar juntos para desafiar la animadversión del canon literario porque ya no lo hay en el sentido monolítico. La baraja es amplia y seguirá creciendo.



[i] Garibay, Ricardo (2013), Antología, México: Cal y arena
[ii] Olvera, Ramón Gerónimo (2013), Sólo las cruces quedaron, México: Ficticia
[iii] Piccato, Pablo (2014), “La era dorada de la novela policíaca”, En: Revista nexos, No. x, Vol. X, febrero.]
[iv] Usigli, Rodolfo (2012), Ensayo de un crimen, México: De Bolsillo
[v] Bernal, Rafael (2013), El Complot Mongol, España: Libros del asteroide
[vi] El hombre que inventó la novela negra en México - Noticias de Cultura  http://bit.ly/1bxHmX4
[vii] Taibo II, Paco Ignacio (2013), Días de combate, México: Planeta
[viii] Gómez Carro, Carlos, Satírica martreana, Revista replicante, http://revistareplicante.com/satirica-martreana/
[ix] Ramírez Heredia, Rafael (1984), El rayo Macoy y otros cuentos, México: Joaquín Mortiz.
[x] Olvera, Ramón Gerónimo (2013), Sólo las cruces quedaron, México: Ficticia
[xi] Palaversich, Diana, Narcoliteratura (¿De qué más podríamos hablar?), Tierra adentro, 2012 http://www.conaculta.gob.mx/tierra_adentro/?tag=diana-palaversich
[xii] Martré, Gonzalo (2008), El cadáver errante, México: Cofradía de coyotes
[xiii] Taibo II, Paco Ignacio (2013), Sueños de Frontera, México: Planeta
[xiv] Rascón Banda, Victor Hugo (2008), Contrabando, México: Planeta
[xv] Herrera, Yuri (2010), Los trabajos del reino, España: Periférica
[xvi] Palaversich, Diana, Narcoliteratura (¿De qué más podríamos hablar?), Tierra adentro, 2012 http://www.conaculta.gob.mx/tierra_adentro/?tag=diana-palaversich
[xvii] JM,Rodolfo(2010), Negras intenciones, México: Jus
[xviii] Almazán, Alejandro (2009), Entre perros, México: Mondadori
[xix] Almazán, Alejandro (2012), El más buscado, México: Mondadori
[xx] Nieto, Omar (2013), Las mujeres matan mejor, México: Joaquin Mortiz
[xxi] Almazán, Alejandro(2013), Chicas kaláshnikov y otras crónicas,  México: Oceano
[xxii] Almazán, Aleandro (2013), Gumaro de Dios, México: Nitro Press
[xxiii] Glockner, Fritz (2004), Cementerio de papel, México: Ediciones B
[xxiv] Glockner, Fritz, Veinte de cobre(2010), México: Booket
[xxv] Esquinca, Bernardo(2011), La octava Plaga, México: Ediciones B
[xxvi] Esquinca, Bernardo(2013), Toda la sangre, México: Almadía
[xxvii] Juan José Rodríguez(1996), Asesinato en una lavandería china, México: FETA
[xxviii] Fernadez, Bernardo(2013), Cuello blanco, México: Grijalbo
[xxix] Fernadez, Bernardo(2013), Hielo negro, México: De Bolsillo
[xxx] Haghenbeck, Francisco (2013), La primavera del mal, México: suma de letras
[xxxi] Winslow, Don (2011), El poder del perro, México: De Bolsillo
[xxxii] Solares, Martín (2007), Los minutos negros, México, De Bolsillo,
[xxxiii] Peña, Hilario(2010), Mala suerte en Tijuana, México: Mondadori
[xxxiv] Peña, Hilario(2012), El infierno puede esperar, México: Mondadori
[xxxv] Peña, Hilario(2013), Chinola kid, México: Mondadori
[xxxvi] Medrano, Paul (2010), Flor de Capomo, México: FETA
[xxxvii] Medrano, Paul (2013), Deudas de fuego, México: Conaculta-ITCA
[xxxviii] Medrano, Paul (2008), Dos caminos, México: UNAM
[xxxix] García cuevas, Iris(2011), 36 toneladas, México: Ediciones B
[xl] Caneyada, Imanol(2012), Espectáculo para avestruces, México: Arlequin
[xli] Caneyada, Imanol(2013), Tardarás un rato en morir, México: Suma de letras
[xlii] Sánchez, Carlos (2013), Matar, México: Nitro/Press
[xliii] Arvizu, Sylvia(2013), Mujeres que matan, México: Nitro/Press
[xliv] Gutiérrez Ortiz Monasterio, Luis Enrique (2013), Chato McKenzie, México: Ediciones el milagro
[xlv] Rubio, Guillermo (2006), Pasito tun tun, México: Tiempo extra editores
[xlvi] Rubio, Guillermo (2013), El Sinaloa, México: Editorial Terracota