miércoles, 19 de febrero de 2014

Fuera de sí misma

La verdad es que Doña Sara (no es su nombre real) me caía mal. Me molestaba su aire altivo acompañado de su forma imperativa de pedir las cosas. Ella pequeña, delgada, de cabello platinado de canas y unos ojos azules profundos y nerviosos entraba a la librería con sus pasos cortos y firmes, alzaba la vista y buscaba a quién pedirle informes siempre enfundada en un pantalón sastre muy holgado y unos zapatitos pequeños de diseño italiano. Me molestaba que se refiriera mí como “Gordo” y a mi compañero como “Pelón”, así que siempre que podía me le escapaba. Llegó un momento que apenas la veía parecer en el dintel de la puerta huía a la parte de arriba para no tener que atenderla.
            A eso le agregamos que sus aficiones literarias son completamente distintas a las mías. Es lectora de los autores judíos y de Europa del este. Lo hace por afinidad, ella misma es una migrante de aquellos lugares. Nunca se lo he preguntado pero al parecer es austriaca o belga. ¿Qué tiene de Grossman? ¿Ya llegó María Antonieta de Stefan Zweig? Soltaba como si fuesen balazos. Y yo le tenía que decir que ya había leído todo lo de Grossman que teníamos y que Acantilado retrasaba mucho el embarque con sus importaciones.
            Lo peor era el sábado cuando llegaba con El País en mano a buscar las novedades aparecidas en las librerías de Cataluña. Es que tardan en llegar acá mínimo dos meses, le respondía. ¿Y por qué? Porque vienen en barco. Que las manden en avión. En avión es más caro. Y luego se iba enojada y arrugando el periódico porque no podía leer esa novela que se ve muy interesante y ese ensayo sobre el Holocausto.
Un día se encontró con otro de mis clientes, un inmigrante ruso pequeñito, que para nada es el estereotipo que tenemos de ellos. Pensé se harían amigos al ser de la misma edad y compartir los mismos gustos literarios. El problema fue el Holocausto y el Gulag. Comenzaron a platicar sobre la segunda Guerra mundial en medio de las mesas de novedades. El señor le dijo que estaba bien recordar pero que haciendo cuentas había muerto más gente en el Gulag que bajo el régimen nazi. Doña Sara se puso roja y se fue de ahí sin contestarle nada. Esa fue la primera vez que la vi perder la compostura.
Un día de Diciembre dejó de llamarme “Gordo” y me dijo “Gordito” mientras me tomaba del brazo y me llevaba lejos del módulo de libros. Todos me han recomendado libros menos tú, me soltó. Le respondí que lo que yo leía era muy diferente a sus gustos. Como sea me pidió de buena manera que le recomendara tres. Lo hice y fue pura novela negra norteamericana y La broma infinita de David Foster Wallace. No me comentó nada sobre ellos pero en Navidad llegó muy temprano y nos regaló a todos un enorme panqué (muffin dicen ahora) de almendras que se deshacía en la boca.
La noté diferente, estaba triste. Sus ojos azules estaban enrojecidos. Nos dio un abrazo y se fue. Al poco tiempo llegó una señora a preguntarnos sobre un libro que le pudiéramos regalar a Doña Sara ya que dentro de poco sería su cumpleaños y que no sabía qué regalarle porque casi no conocía de libros. Es mi prima, confesó. Es mi prima y a pesar de que hemos estado juntas muchos años ella es impredecible. Y así como que no queriendo la cosa fue evocando la infancia de Doña Sara en Europa, un novio de juventud que era pintor, lo bonito que bailaba, lo bella que era, lo difícil que fue que se casara porque era “ingobernable” y la soledad de la vejez. Le gusta venir acá porque puede platicar con ustedes.
Un día hace poco llegó y me echó en cara que Wallace era un loco y que Bunker escribía bien pero que los dramas criminales no le interesaban. A toda respuesta le dije: ¡Feliz cumpleaños! Sus ojos azules se volvieron a poner rojos. Nos dimos un abrazo y puede ver que detrás de sus canas y de esa ropa holgada de colores pardos se escondía el dolor de sus enamorados de antaño.
Me contó que tuvo que ponerse falda para su cumpleaños porque su hijo le regaló unas botas que solo podían lucirse si se ponía medias. Yo con falda y a estos años, me dijo riéndose. Entonces me pidió que le hiciera un favor: Consígueme un poco de marihuana, es que estoy un poco fuera de mi misma. Me reí. Me reí mucho mientras ella me daba pellizcos en los brazos para que me callara. Eres un loco, gordito. Eres un loco decía mientras me pellizcaba.

sábado, 15 de febrero de 2014

Sátira Martreana


Si hay una novela maldita en la literatura mexicana es sin duda “Los símbolos transparentes”; la obra más ambiciosa de Gonzalo Martré. En ella hace uso de la sátira y de las claves de la novela policiaca para hacer un retrato de la decadencia del régimen priista luego del llamado “milagro mexicano”. La primera parte es narrada desde las sombras de un pantagruélico banquete en el que se entrecruzan distintas historias, lo mismo el auge de un corrupto funcionario otrora líder marxista y popular, que las tristezas y decepciones de tres personajes venidos a menos.
           En la trama van apareciendo, a manera de enorme polifonía, lo mismo agentes de la CIA, que del FBI, líderes guerrilleros, ofuscados estudiantes que apenas si alcanzan a distinguir muy bien hacia dónde ir políticamente, que soldados engañados, reporteros en busca de su chayote e incluso el propio presidente y su tapado, todo inundado de una prosa clara, perfectamente construida, con el barroquismo y culteranismo del que hace gala el narrador.
Martré escribía guiones para la historieta “Fantomas, la amenaza elegante”, editada por Novaro, así que cuando su empresa decidió convocar para el segundo “Concurso de Novela México” fue natural que enviara el enorme libro que acaba de terminar (“Los símbolos transparentes”) en el año de 1973. El narrador la entregó para participar, en 1974, pero desde un principio todo fue a mal. La novela hacía referencias veladas a personajes de la policía y la prensa y debido a eso, a que incomodaba al régimen, a que tocaba al muy reciente evento de Tlatelolco en el 68 mexicano, Novaro y posteriormente Grijalbo escamotearon su publicación. Posteriormente fue sacada a la luz pero siempre en editoriales marginales que desaparecían al poco tiempo.
En esta nueva (y al parecer) definitiva edición Alfaguara decide hacer de ella algo memorable; para empezar limpia de erratas el texto, incluye las últimas revisiones de Martré y agrega un enorme postfacio de Carlos Gómez Carro, quien sin duda es el hombre que más conoce la obra del escritor hidalguense. El texto de Gómez Carro viene a darnos claridad en cuanto al contexto en el que se desarrolla la novela con una ardua investigación que incluye críticas de la época y declaraciones de muchos de los involucrados.

“Los símbolos transparentes” (en alusión a Postdata, de Octavio Paz), es una novela que por su envergadura debería estar entre las mejores de la literatura nacional. Tal vez con esta nueva edición deje de su estela de autor maldito y se convierta en referencia.