jueves, 17 de julio de 2014

Dios, bendice a los muertos


God bless the dead
2pac Shakur

La ciudad se ha convertido en una enorme fosa,
Donde conviven los muertos con los vivos
Los descabezados con los colgados
Los muertos de miedo con los baleados
La ciudad respira miedo
Jesús Marín

"Se parecen las novelas policiales a los algodones de azúcar, que no dejan nada en la boca ni en el estómago."[i] Decía Ricardo Garibay con el ninguneo habitual que la intelectualidad mexicana le prodigaba al género policial, que lo considera un arte menor de escapismo y evasión. Si bien los ánimos nacionalistas han bajado (ya nadie quiere presumir de trascendente escribiendo sobre “lo mexicano”), el desprecio de ciertos sectores literarios sigue vigente. Sin embargo el salto del narcotráfico de las páginas de la nota roja a las de cuatro columnas, ha cambiado por completo el escenario.
            El ninguneo consiste en afirmar que lo policiaco no puede suceder en México porque: “(si) en el género policiaco tradicional el crimen es la conducta anormal dentro de la sociedad, acá constituye la norma.”[ii] Lo cual revela un desconocimiento género. Si nos atuviéramos a este razonamiento las historias de George V. Higgins o Elmore Leonard, por decir dos nombres, tampoco podrían existir ya que en ellas la criminalidad es la norma. Pero como veremos, el género negro –término que me gusta usar porque va más allá del restrictivo “policiaco” o “policial”–, se da en nuestro país y tiene múltiples ramificaciones.

Desafíos al lector
             Como apunta Pablo Piccato en su ensayo “La era dorada de la novela policiaca”[iii], el género en nuestro país empieza con una camarilla de escritores, amigos entre sí, que se reúnen alrededor de la revista dirigida por Antonio Helú  Selecciones Policiacas y de Misterio y que lo hacían más por gusto (o militancia literaria) que porque les dejara algún tipo de remuneración económica.
Antonio Helú y el resto de colaboradores de su revista: la ubica y poco reconocida María Elvira Bermúdez, Leo D’Olmo, Luis Garrido, el cineasta Juan Bustillo Oro, el dramaturgo Rodolfo Usigli o Rafael Bernal, por mencionar a los más famosos, explotarían el policiaco más clásico, aquel que el padre Edgar Allan Poe y sus hijos ingleses adelantados –Arthur Conan Doyle y Agatha Christie– crearían como fórmula. Es decir, un enigma, un detective peculiar en extremo inteligente y una resolución satisfactoria para personajes y lector.  
            Sin embargo, a principios de los años veintes la aparición de Raymond Chandler y Dashiell Hammett en la revista Black Mask vendría a modificar este panorama al incluir sus vivencias personales (el primero un alcohólico y el segundo un auténtico detective privado) y con esto crear el cuento negro; donde el enigma pasa a segundo término y lo interesante es la capacidad de hablar de la criminalidad, los bajos fondos y por ello mismo de la maldad como fenómeno social.


 Un fabricante de muertecitos
            Si bien Rodolfo Usigli lograría un apreciable éxito con su novela Ensayo de un crimen[iv], —incluso llevada al cine por Luis Buñuel— sería hasta la aparición de El complot mongol [v] (1969) que la novela negra nacional tomaría carta de naturalización. Esta novela es importante porque de entrada, el personaje principal es un criminal, un excluido de la sociedad y a la vez un hijo de la Revolución Mexicana. Atrás quedan los detectives sagaces que representan a la ley. Filiberto García no es un detective privado, es un sicario a las órdenes del régimen que sin embargo trabaja solo y bajo consigna cuando los relucientes demócratas no quieren ensuciarse las manos. La época de bonanza priista se había acabado; el desarrollo estabilizador y el “milagro mexicano” ya eran cosa del pasado. El sistema hacía agua por todas partes, no por nada los movimientos de protesta estudiantiles habían sucedido un año antes de la publicación de la obra. Bernal supo conjuntar todos estos factores en una narración que funcionaba como una trama entretenida pero que buscando a fondo daba cuenta de la denuncia directa a la doble moral del régimen, que jugaba al socialismo y al capitalismo como el propio Filiberto García lo hacía con los agentes del KGB y de la CIA, además del deseo gubernamental de demostrar que ya no éramos el país violento de principios de siglo XX, sino uno moderno que, sin embargo todavía necesitaba de estos “fabricantes de muertecitos”, como García se hace llamar.
            "Bernal sigue la ruta del dinero, como sugieren los clásicos, pero sobre todo, la ruta del poder, que es más truculenta y sanguinaria"[vi] Afirma Elmer Mendoza a razón de la edición española por parte de Libros del Asteroide. Pese a todo, el libro de Bernal mereció críticas adversas que no hicieron más que volverla un objeto de culto. A un año de la aparición de El complot mongol, el prolífico escritor Luis Spota publicó una historia de género negro llamada Lo de antes. En ella, un ladrón busca rehabilitarse enfrentándose a la policía corrupta y a sus viejos socios que no le permiten seguir su vida y lo hacen volver “a lo de antes”. La historia se decanta más así hacia el drama social alejándose mucho de los preceptos del género. Arturo Ripstein incluso la adaptó al cine logrand así una de su mejores películas pero ni con eso obtuvo ni una mínima parte del culto que se le profesa a la obra de Bernal que a fin de cuentas es parte aguas.
El neo policiaco
Eran los años setenta, persistía la necedad crítica que dictaba que no puede haber género negro en un país donde no hay justicia; pese a eso en Latinoamérica y España comenzaron a menudear los escritores de género negro y policial, desde Manuel Vázquez Montalban del otro lado del océano, pasando por el argentino Roberto Walsh hasta Paco Ignacio Taibo II en México.
En Días de combate[vii], su primera novela, Taibo tuvo la audacia de incluir la imagen de un detective independiente (no privado y izquierda militante), que sufría las mismas miserias de muchos de los habitantes de la Ciudad de México. Héctor Belascoarán Shayne persigue a un asesino serial mientras comparte gastos con un plomero y un tapicero para pagar la renta, se da tiempo para visitar a su hermana y además concursa en un programa televisivo sobre asesinos famosos.
            La crítica no fue muy favorable pero los lectores respondieron comprando sus libros. La clave de la obra de Taibo –que es retomada de El Complot mongol– es no tropicalizar los moldes foráneos, lo cual a todas luces resulta falso, sino hablar de la realidad nacional y ficcionarla. Así, Belascorán se pasea por el Eje Central, tiene su despacho en un edifico de Bucareli, desayuna en cafés de chinos y se enfrenta a la delincuencia y la corrupción como lo hace cualquier capitalino. No es un experto en armas, ni un duro y torturado detective alcohólico, sino un tipo que le disgusta lo que ve y hace lo posible por cambiarlo.
            Taibo llamó a su estilo “neo policiaco”. El escritor fue más allá y fundó la Asociación Internacional de Escritores Policíacos (AIEP) en 1986 junto a al mexicano Rafael Ramírez Heredia, los cubanos Rodolfo Pérez Valero y Alberto Molina, el uruguayo Daniel Chavarría, el ruso Iulián Semiónov y el checo Jiri Prochazka. Asociación que fue la base para que en 1988 se creara la Semana Negra de Gijón (en España) sitio de encuentro para los cultivadores del género hasta.  
Paris-DF
            Por el contrario Gonzalo Martré fue condenado al ostracismo por su pluma satírica luego de que su obra mayor, Los símbolos transparentes, sufriera las penurias de la censura y de la persecución obligándolo a partir de ahí a publicar en editoriales marginales. Martré era un personaje extraño para los moldes que reinaban en los años setenta: guionista de la popular historieta Fantomas, la amenaza elegante, gustaba de utilizar referencias de la cultura pop y popular en sus obras.  En ellas caricaturizaba lo mismo a los señores del poder nacional que a dirigentes mundiales. En una recordada secuencia escrita por él para Fantomas, se ve a Margaret Thatcher, “la mujer mejor vestida de Inglaterra”, saliendo en tubos de su recamara cuando supo que Argentina le había declarado la guerra al Reino Unido. Fantomas, un ladrón con principios actuaba en un París que se parecía mucho al Distrito Federal.
Carlos Gómez Carro, tal vez quien más sabe sobre Martré dice sobre su obra: “Excelsa y obscena; reflexiva y epidérmica; compleja y mordaz; de frenética psicodelia, en ocasiones, la obra de Gonzalo Martré (1928), no obstante ser una de las más significativas de la literatura mexicana, es también una de las menos difundidas. Es, en lo que se refiere a su divulgación, lo que suele denominarse la obra de un autor de “culto”, de un heterodoxo.”[viii]
Cantinas y norteños
Otro personaje importante fue Rafael Ramírez Heredia, dueño de una prosa clara que contaba historias que se convirtieron a la larga en clásicos dentro del género. El éxito de su cuento El Rayo Macoy[ix] acabaría bautizándolo a él. El universo herediano constaba de viejos hombres trajeados que frecuentaban cantinas y se enamoraban de mujeres torpes metidas en problemas, hombres que enfrentaban la corrupción y la criminalidad con sus escuetos recursos con ecos del cine noir mexicano de los cuarentas. Ramírez Heredia además, proveniente de una casta de sindicalistas y maestros, recorrería el país dando talleres literarios creando escuela. Heredia vería traducidos y publicados sus libros a varios idiomas equiparando su éxito al de Taibo.
Francisco José Amparán, Guillermo Munrou Palacios, Gabriel Trujillo y Juan Hernández Luna son escritores de la misma hornada, provenientes de distintos puntos geográficos (Torreón, Puerto Peñasco, Mexicali, Puebla), con desarrollos narrativos diferentes pero desgraciadamente, suertes similares. Los cuatro han ahondado en la historia de sus respectivos estados, mostrando como el centralismo ha opacado la historia nacional, creando historias con personajes oriundos de sus localidades pero la repercusión nacional no les llegó. Sus libros son ilocalizables, editados por pequeñas editoriales (a excepción de Luna que fue acogido por ediciones B con similares resultados), leídos por una camarilla de investigadores y lectores asiduos de novela negra. Amparán y Hernández Luna morirían relativamente jóvenes, (52 y 47 años respectivamente) sin conocer el éxito masivo. Munro y Trujillo siguen batallando desde su patria chica, ninguneados por el centro.
            Elmer Mendoza vendría a ser como una especie de lazo de unión entre los autores antes mencionados y las nuevas generaciones que harían su aparición unos pocos años después. Mendoza crearía un estilo en el que la habla regional (en especial de esa Sicilia del norte, llamada Sinaloa), el beisbol, los corridos, el humor, el trasiego de drogas, el machismo y la situación fronteriza serían determinantes para crear un microcosmos particular. Ramón Gerónimo Olvera, periodista chihuahuense, señala en su ensayo Sólo las cruces quedaron[x], los puntos de convergencia entre la sicaresca colombiana y la obra de Mendoza: el costumbrismo (o neo costumbrismo, como señala Diana Palaversich[xi]), y el uso de historias provenientes de la prensa.
           
La irrupción del narco
Martré es señalado como el primer escritor que utilizó al narco como motor narrativo en su novela satírica El cadáver errante[xii] (1993). Sin embargo, Paco Ignacio Taibo en Sueños de frontera[xiii] de 1990, ya hacía referencia a un capo muy parecido a Caro Quintero que negociaba con drogas y era además tratante de mujeres. Incluso, el dramaturgo y novelista Victor Hugo Rascón Banda en su laureada (y poco conocida) novela Contrabando[xiv] de 1991, ya tocaba el tema. A decir de Diana Palaversich es junto con Los trabajos del reino[xv] de Yuri Herrera, el mejor acercamiento al tema.[xvi]
Con la llegada del narcotráfico como tema principal, la industria editorial vio el filón y lo explotó. ¿Pero qué es la narcoliteratura? A mi entender un género para crear un nicho de mercado donde caben lo mismo libros de periodismo serio y que oportunista, es decir, hechos exprofeso para tener acomodo rápido en la mesa de novedades. Cuya misma fórmula puede aplicarse a las novelas. El tema del narcotráfico es tan amplio que hacer un género con él como tema es incluir lo mismo a El padrino de Puzo (¿o acaso no es el detonante la negación de Don Vito a traficar con drogas?) que el teledrama colombiano de Gustavo Bolívar Moreno, Sin tetas no hay paraíso. Hablar de narconovela es tan ocioso como hacerlo de la sección de cine de arte en un Blockbuster, en donde casi cualquier película cabe en tal clasificación.
La explosión del género
Sin lugar a duda la descomposición del sistema político, que se lleva entre las patas a la sociedad, ha creado un ambiente propicio para que el género negro vea una explosión creativa. Actualmente se vive una bonanza en la cual uno pude decidir por diferentes autores y formas de tratar el tema; como uno puede apreciar en el libro Negras intenciones[xvii] compilado por Rodolfo J M.
Periodistas metidos a escritores de ficción como Omar Nieto y Alejandro Almazán, han tocado la criminalidad a manera de denuncia. Almazán, curtido cronista y reportero de la fuente policiaca (que últimas fecha es “junto con pegado” de la política) ha creado dos novelas que entran de lleno en el género policial. Entre perros[xviii] y El más buscado[xix] son historias que ahondan en las problemáticas de la criminalidad con el trasfondo del narcotráfico y la destrucción del tejido social en las que éste reina. Nieto por su parte, agrega puntos interesantes en su novela Las mujeres matan mejor[xx], como las intrigas en las campañas políticas, el avance de los cárteles en el sur del país y la inclusión del sicariato femenino, que antes ya había tocado Almazán en su reportaje, Chicas Kalashnikov[xxi]. A ambos autores les gana el afán de denuncia, la vena de reportero más que el de contar simple y llanamente. Almazán tiene en su haber el excelente reportaje Gumaro de Dios[xxii], un descenso a los infiernos de un personaje que parece de ficción.
Este afán de denuncia se nota también el trabajo de Fritz Glockner principalmente en su libro Cementerio de papel[xxiii]. La novela destaca por algunas grandes ideas, la inclusión de personajes reales (Rosario Ibarra de Piedra y Miguel Nazar Haro, antípodas) y por tocar un tema que nucna había sido mencionado en la ficción más que de manera tangencial. Sin embargo, la novela no acaba de atar todos los cabos y acaba diluyéndose. Todo lo contrario a lo que pasa con Veinte de cobre[xxiv], historia en la que cuenta de manera viva la persecución, tortura y encierro de un grupo de guerrilleros por parte del ejército y la temida DGSP en el marco de la llamada Guerra sucia. Breve pero infaltable.
El género negro se ha nutrido a últimas fechas del comic, de las novelas de terror y de la cultura pop en general. Bernardo Esquinca ha creado en su saga del periodista Casasola (La octava Plaga[xxv] y Toda la sangre[xxvi]), un díptico en que el centro de la Ciudad de México adquiere un tono fantasmal y oscuro. En sus novelas retoma lugares señeros de la urbe para hacerlos suyos: el edificio Canadá abandonado desde hace años, la catedral metropolitana, las cantinas del centro entre otros. Algo parecido sucede en Asesinato en una lavandería china[xxvii], de Juan José Rodríguez en el que unos vampiros lo mismo regentean prostíbulos que venden droga. Por su parte, Bernardo Fernández BEF, en sus novelas Cuello Blanco[xxviii] y Hielo negro[xxix], mezcla a partes iguales la lógica del comic con un realismo a veces apabullante. Si bien los villanos de sus novelas provienen directamente del comic de superhérores, su  heroína, la detective Mijangos y su comparsa El Jarcor, son completamente humanizados. La relación entre ambos policías los hace altamente entrañables.
Francisco Haghenbeck es un género en sí mismo. De entrada su personaje principal nos haría desconfiar: el detective Sunny Pascal es un beatnick surfero mitad mexicano-mitad gringo, pero una vez iniciada su lectura, este extraño mundo ambientado en los años dorados del cine adquiere carta de naturalización. Sus novelas están escritas de forma muy estructurada e investigada, son mecanismos cerrados de relojería que no admiten fugas. Su libro La primavera del mal[xxx], es una respuesta clara y la parte faltante al enorme Poder del Perro[xxxi] de Don Winslow.
Los minutos negros[xxxii] de Martín Solares se erige como una novela que poco a poco ha ido ganando lectores pero que se volvió de culto entre los aficionados del género. Solares logra conjuntar un tema poco tratado en nuestro país: el asesino serial. Pese a que la trama roza temas como el norte y el narco, sale eludir esos escoyos para salir triunfante. Sus personajes no son los caricaturescos policías mal hablados y botudos de novelas y películas fallidas, sino seres reales. Además, toma como punto de partida una leyenda que se cuenta entre los habitantes de Tampico y Ciudad Madero: algo muy malo esconde la Coca Cola.
Hilario Peña es heredero directo del cine noir y la novela negra clásica norteamericana. Peña ha creado un microcosmos en donde las influencias de Hammet, Chandler, Ed Cain y los viejos westerns se diluyen en un norte violento y desolador, donde el individualismo ha sentado sus reales. La prosa de Peña es concisa, sin artificios, telegráfica y destinada a contar no a denunciar o a hacer referencias. Peña ha creado en Mala suerte en Tijuana[xxxiii] un personaje inolvidable que sin quererlo nos habla de la pobreza, de la inmigración, de la criminalidad y la falta de posibilidades. Su novela El infierno puede esperar[xxxiv] se entrelaza con la tradición de la  femme fatales del mejor cine de la época de oro nacional y hollywoodense, la referencia a Ed Cain es clara. Es en Chinola kid[xxxv] donde puede dar rienda suelta a su otra pasión, el western, creando un híbrido bastante divertido en el que dota a su personaje principal de una moral calvinista y hasta reaccionaria.
En Acapulco el otrora puerto paradisiaco, se dan cita dos escritores que narran lo que sucede en medio del calor y los turistas. Ambos autores de Tierra adentro, Paul Medrano e iris García Cuevas comparten el gusto por el género negro. Medrano echa mano de la tradición de personajes pintorescos que ofrece la literatura nacional y su mezcla con la cultura popular (los corridos, el cine, los albures) para hacer un entramado de cuentos que tiene por nombre Flor de Capomo[xxxvi], a los que sumarían dos historias de largo aliento, Deudas de fuego[xxxvii] y Dos caminos[xxxviii] donde ahondaría en dichos temas. García Cuevas, por su parte abreva más del thriller. Su libro 36 toneladas[xxxix] es una novela rompecabezas que tiene como ambiente de fondo las tropicales tierras de Guerrero en donde un narco intentara recuperar algo que es suyo.
Al igual que Acapulco, Sonora se vuelve punto de confluencia. Imanol Caneyada ha escrito un par de novelas Espectáculo para avestruces[xl] y Tardarás un rato en Morir[xli] en los cuales la criminalidad se mezcla con una historia con profundidades psicológicas. En la primera un maestro universitario lleva una doble vida: en una aparenta ser recto y en la otra da vuelo a sus ímpetus criminales. En su segunda novela el género negro entronca con el thriller y la novela política pergeñando una de sus mejores historias, llevando más allá el género negro nacional al dotarlo de oscuridades nunca antes tratadas. La enfermiza relación de dos personajes que se detestan y se necesitan en un frío y desolador Canadá la hacen inolvidable.
El díptico Matar[xlii] y Mujeres[xliii] que matan es crónica ficcionada proveniente de experiencias carcelarias en Sonora. En el primero, Carlos Sánchez nos narra a manera de cuentos varias historias donde el fin último es un asesinato. Descarnado, cruel pero humano a la vez, el volumen nos da cuenta de las peores bajezas. Por su parte Sylvia Arvizu, encarcelada en un penal, nos cuenta el día a día dentro de una cárcel de mujeres mostrando la desazón y desesperanza que se vive al interior.
En contrapunto a estas historia dramáticas, el dramaturgo Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio conocido como LEGOM, hace una parodia acida y corrosiva del género en Chato McKenzie[xliv]. En tres historias consecutivas Mckenzie hace gala de su torpeza, misoginia y  estupidez para resolver sendos casos en los cuales el humor políticamente correcto de LEGOM se hace presente. Lo mismo se burla de los minusválidos, de los ancianos, de las mujerea adulteras, los centroamericanos, de los estudiantes de teatro y hasta de él mismo.
Un caso aparte es el escritor Guillermo Rubio que no proviene ni de la literatura ni del periodismo sino directamente de la policía. Rubio, ex agente judicial que creció en las agrestes tierras de Sinaloa y que pasó a engrosar las filas policiales del Distrito Federal, llega ya con años de experiencia a su primer libro, instigado por Carlos Payán. Guillermo Rubio cuenta en entrevista para quien esto escribe, que en los tiempos en que fue escolta y chofer los tiempos muertos los pasaba leyendo. Ahí hizo un primer cuento de donde saldría El Águila Real; personaje que sería retomado para la exitosa telenovela Nada personal. Sin embargo sería en una pequeña edición marginal (Pasito tun tun[xlv]) que Rubio debutaría como escritor. La novela derrocha a partes iguales humor, crueldad, violencia y se revela al expolicía como un gran observador de los usos y costumbres de la política y la criminalidad. El personaje principal es El Yaqui, un sicario satanista, que pese a su crueldad nos hace encariñarnos con él. Irónico, canta la canción tropical de los Billo's Caracas boys antes de torturar a sus víctimas mientras da unos pasos juguetones. Un avezado lector de la realidad política encontrará personajes que tienen su contraparte en el libro, pero si no lo hace no importa, ya que la trama no necesita de esos ecos para que siga su curso.
El Sinaloa[xlvi], su segundo libro, vendría a completar su díptico de sicarios. El personaje que da nombre al volumen es un ex policía-sicario que es reclutado por un cártel para vengar una afrenta. Rubio hace gala de una trama inteligente pero sencilla para narrarnos la guerra desatada entre los viejos narcos rurales (a la usanza de Caro Quintero) ante los narco neoliberales, es decir, inhumanos y voraces, como son los Zetas. Rubio nos cuenta de primera mano cómo la criminalidad permea todos los estratos de la sociedad, gobernados, gobernantes, y a la vez hace carnales a los capos cuando nos los muestra en fiestas, apostando en carreras de cuarto de milla o protegiéndose entre ellos como una verdadera hermandad. Rubio es amoral, no busca denunciar o poner de manifiesto ningún tipo de premisa. A lo que juega Rubio  es a contar y cómo lo que conoce es la criminalidad lo hace desde esa perspectiva.
Conclusiones
Actualmente la narrativa de género negro ha tenido un desarrollo considerable en nuestro país. Se han diversificado las voces y las temáticas, incluso autores que no son considerados dentro de él lo han cultivado: Enrique Serna, Yuri Herrera, Fernanda Melchor, Vicente Leñero, Fernando del Paso o Jorge Ibargüengoitia, por decir algunos. Ya no es una camarilla de amigos que deben avanzar juntos para desafiar la animadversión del canon literario porque ya no lo hay en el sentido monolítico. La baraja es amplia y seguirá creciendo.



[i] Garibay, Ricardo (2013), Antología, México: Cal y arena
[ii] Olvera, Ramón Gerónimo (2013), Sólo las cruces quedaron, México: Ficticia
[iii] Piccato, Pablo (2014), “La era dorada de la novela policíaca”, En: Revista nexos, No. x, Vol. X, febrero.]
[iv] Usigli, Rodolfo (2012), Ensayo de un crimen, México: De Bolsillo
[v] Bernal, Rafael (2013), El Complot Mongol, España: Libros del asteroide
[vi] El hombre que inventó la novela negra en México - Noticias de Cultura  http://bit.ly/1bxHmX4
[vii] Taibo II, Paco Ignacio (2013), Días de combate, México: Planeta
[viii] Gómez Carro, Carlos, Satírica martreana, Revista replicante, http://revistareplicante.com/satirica-martreana/
[ix] Ramírez Heredia, Rafael (1984), El rayo Macoy y otros cuentos, México: Joaquín Mortiz.
[x] Olvera, Ramón Gerónimo (2013), Sólo las cruces quedaron, México: Ficticia
[xi] Palaversich, Diana, Narcoliteratura (¿De qué más podríamos hablar?), Tierra adentro, 2012 http://www.conaculta.gob.mx/tierra_adentro/?tag=diana-palaversich
[xii] Martré, Gonzalo (2008), El cadáver errante, México: Cofradía de coyotes
[xiii] Taibo II, Paco Ignacio (2013), Sueños de Frontera, México: Planeta
[xiv] Rascón Banda, Victor Hugo (2008), Contrabando, México: Planeta
[xv] Herrera, Yuri (2010), Los trabajos del reino, España: Periférica
[xvi] Palaversich, Diana, Narcoliteratura (¿De qué más podríamos hablar?), Tierra adentro, 2012 http://www.conaculta.gob.mx/tierra_adentro/?tag=diana-palaversich
[xvii] JM,Rodolfo(2010), Negras intenciones, México: Jus
[xviii] Almazán, Alejandro (2009), Entre perros, México: Mondadori
[xix] Almazán, Alejandro (2012), El más buscado, México: Mondadori
[xx] Nieto, Omar (2013), Las mujeres matan mejor, México: Joaquin Mortiz
[xxi] Almazán, Alejandro(2013), Chicas kaláshnikov y otras crónicas,  México: Oceano
[xxii] Almazán, Aleandro (2013), Gumaro de Dios, México: Nitro Press
[xxiii] Glockner, Fritz (2004), Cementerio de papel, México: Ediciones B
[xxiv] Glockner, Fritz, Veinte de cobre(2010), México: Booket
[xxv] Esquinca, Bernardo(2011), La octava Plaga, México: Ediciones B
[xxvi] Esquinca, Bernardo(2013), Toda la sangre, México: Almadía
[xxvii] Juan José Rodríguez(1996), Asesinato en una lavandería china, México: FETA
[xxviii] Fernadez, Bernardo(2013), Cuello blanco, México: Grijalbo
[xxix] Fernadez, Bernardo(2013), Hielo negro, México: De Bolsillo
[xxx] Haghenbeck, Francisco (2013), La primavera del mal, México: suma de letras
[xxxi] Winslow, Don (2011), El poder del perro, México: De Bolsillo
[xxxii] Solares, Martín (2007), Los minutos negros, México, De Bolsillo,
[xxxiii] Peña, Hilario(2010), Mala suerte en Tijuana, México: Mondadori
[xxxiv] Peña, Hilario(2012), El infierno puede esperar, México: Mondadori
[xxxv] Peña, Hilario(2013), Chinola kid, México: Mondadori
[xxxvi] Medrano, Paul (2010), Flor de Capomo, México: FETA
[xxxvii] Medrano, Paul (2013), Deudas de fuego, México: Conaculta-ITCA
[xxxviii] Medrano, Paul (2008), Dos caminos, México: UNAM
[xxxix] García cuevas, Iris(2011), 36 toneladas, México: Ediciones B
[xl] Caneyada, Imanol(2012), Espectáculo para avestruces, México: Arlequin
[xli] Caneyada, Imanol(2013), Tardarás un rato en morir, México: Suma de letras
[xlii] Sánchez, Carlos (2013), Matar, México: Nitro/Press
[xliii] Arvizu, Sylvia(2013), Mujeres que matan, México: Nitro/Press
[xliv] Gutiérrez Ortiz Monasterio, Luis Enrique (2013), Chato McKenzie, México: Ediciones el milagro
[xlv] Rubio, Guillermo (2006), Pasito tun tun, México: Tiempo extra editores
[xlvi] Rubio, Guillermo (2013), El Sinaloa, México: Editorial Terracota