lunes, 28 de diciembre de 2015

Millennials vs el mundo



Platicaba con un amigo, que tiene 22 años, y me decía muy emocionado que “Los Juegos del hambre” le parecían una increíble película de acción. Yo siempre he pensado que esta generación, los llamados “millennials”, se ahogan con muy poco, pero por paradójico que parezca, necesitan mucha información para ahogarse.
            Es decir, son un poco ignorantes, aunque presuman que son “la generación más informada”. Es decir, pueden recitar toda la información de wikipedia sobre el tema pero no tiene la experiencia sobre el hecho. Así son sus héroes. Pongamos como ejemplo a Jennifer Lawrence. Ella ha necesitado cuatro películas para destruir un gobierno totalitario, en la película de la saga de “los juegos del hambre”. Al querido Arnold Schwarzenegger le bastó una simple carrera por un pedazo de ciudad destruida para acabar con una tele dictadura en “The running man”.
Pongamos otro ejemplo, a Kurt Russel le bastó uno solo de sus ojos para rescatar al presidente de los Estados Unidos en “Escape de Nueva York” de la apocalíptica isla de Manhattan. Mientras que se necesitaron varios adolescentes para escapar de un chafa laberinto en “Maze runner” y eso que apenas comienza la saga.
            Los “millennials” se ponen felices de ver los saltos temporales en las historias de los Hombres X, cuando uno, que pasa de los treinta, las había disfrutado hace décadas en los cómics. Está bien, está bien, sueno ya a viejito necio, de esos que pregonan que todo tiempo pasado fue mejor, pero ¿cómo que la apuesta les está quedando grande a los  “millennials”? Es decir, como que no han dejado nada. Quitemos a Harry Potter, y en cuanta a películas se están quedando con la sopa ramen de siempre, solo con un colorante diferente.
Es como el síndrome Stacy Malibú, le ponen un sombrero nuevo al viejo muñeco y se lo tragan creyendo que es nuevo. Y no busco el hilo negro, la mayoría de las películas que disfruto siguen estructuras muy viejas. Por ejemplo, me gusta mucho el cliché del detective torturado que da todo por resolver el caso. ¿En qué consiste el chiste? En que tiene miedo, en que no toman riesgos, prefieren el copy past y el “homenaje”. Prefieren seguir usando los mismos nombres a inventarse uno nuevo. El jodido y aburrido “universo expandido”.
La película “más terrorífica de esta época”, “It Follows”, es casi escena por escena, un remake de “Halloween”. Se van a lo seguro, no quieren arriesgarse en buscar una nueva forma de contar, no quieren darnos un nuevo héroe, un nuevo villano. Y cuando lo encuentran, lo llenan de todos los problemas morales de los animal lovers. Espero que la siguiente generación si nos regale locura. No seguridad.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Piensa en un número (cuento navideño)

Dos santacloses, cada uno por su lado, entraron al centro comercial. Uno de ellos, el más gordo, llevaba lentes de pasta y una pistola escondida entre las ropas. La pistola se le había comprado a un tipo hace mucho, cuando iba de cacería. John Smith, se llamaba el gringo que se la vendió. Estaban en Sonora y ahí, el gringo con nombre de novio de Pocahontas, se la enseñó. En aquel tiempo el Santa Claus gordo, que se llamaba Armando García, tenía dinero, tanto que podía costearse año con año pagar el permiso del venado. Luego, invirtió mal, y acabó perdiéndolo todo.
            Ese día, 24 de noviembre, no tenía dinero. O cuando menos no él que presumía tener. Ni familia con quién cenar. Su mujer lo había abandonado llevándose a sus dos hijos, en la desesperada, justo antes de verlo caer.
            Armando estaba desesperado. Tendría que dejar el cuchitril que había rentado y pasar la Nochebuena en la calle. Como uno de los muchos indigentes que había despreciado en su otra vida, en la de rico.
            El otro Santa Claus que llegó se llamaba Rodrigo y no era particularmente inteligente. Había conseguido el trabajo en la plaza comercial de junto, luego de estar buscando empleo durante dos meses. Pidió de mesero en una pizzería y acabó vestido de papá Noel sacándose fotos con niños ricos. El problema no era el mercado laboral, el problema es que no tenía muchas luces. De alguna manera había acabado hasta la preparatoria y por alguna razón, que ninguno de sus compinches lograban comprender, nunca había pisado la cárcel. Tenía suerte.
            Tenía suerte, porque había atracado una joyería hacía casi un año y lo más que hizo fue ponerse una máscara de Freddy Krugger y cargar un marro para asestarlo en unas vitrinas con vidrios blindados. Eso fue todo. Nunca fue a las juntas de planeación, ni supo nada más que lo que le dijeron: “tú te pones está máscara, cargas el marro y lo utilizas cuando te digamos”.
            Funcionó. Se compró una motoneta que acabó destruida bajó un tráiler, con el cual choco, salvando la vida de milagro. Con el dinero las mujeres no le faltaron, hasta que acabó quemándolo todo en tonterías. Así que debió buscar un trabajo porque, pese a que obedecía las indicaciones, todo mundo sabía que podía ocasionar un problema en un momento dado. Y nadie, en un robo, quiere tener a un idiota a su lado cuando la posibilidad de ir a la cárcel o morir está en juego.
            Pero ese día, estaba harto de escuchar a niños llorando en sus piernas, y a los papás diciéndole que sonriera, mientras el niño se retorcía como serpiente en sus brazos y le movía la barba y le jalaba las pestañas. Estaba harto. Y quería comprarse un pavo como el de las películas y mucha cerveza y una botella champaña y llegar con su madre y sorprenderla, ("mira madre, me lo dieron en el trabajo") y pasar una buena navidad.
            Así que ese día salió temprano, tomó un viejo revolver que le heredó el padre y fue a trabajar con la convicción que asaltaría el banco de la plaza de junto. Ese era todo su plan: llegar al trabajo y en su descanso ir a asaltar el banco de junto (una pequeña sucursal con dos cajas) y regresar a soportar a los niños. ¿Quién podría desconfiar de un Santa Claus?
            Y así lo hicieron. Rodrigo y Armando entraron casi al mismo tiempo al banco, dos segundos antes y hubieran chocado en la puerta de entrada. Armando se formó detrás de un pelón. Había visto en una película que un Papá Noel ladrón escribía en una ficha de depósito: “The thing in my pocket is a gun. Gime all the cash”. Así que como ahora ya no había fichas de depósito, pego recortes de periódico en una hoja de papel con la frase: “Dame el dinero” y la foto de una Beretta. Quería poner algo más largo pero la verdad es que se había aburrido y no le veía caso a escribir perfectamente: "¡Hijo de puta!, dame todo el dinero o te mato. Voy armado".
Rodrigo veía películas, pero en todas las que robaban bancos los atracadores sacaban una pistola y gritaban: "Estos es un asalto, ¡hijos de su pinche madre!" Así que entró con esa idea en la cabeza. Armando se acercó candorosamente a una caja, en la que atendía una chica y se formó tranquilamente. En ese momento Rodrigo sacó su pistola y gritó: Esto es un asalto, ¡hijosdesuputamadre!
Todos en el banco gritaron y se asustaron. Rodrigo se había equivocado. En unos minutos los guardias de seguridad se darían cuenta y llamarían a la policía. Como dije antes, Rodrigo no tenía muchas luces. El problema es que Armando, bajo presión, tampoco, así que interpeló al otro santaclos.
—Óyeme, pendejo —Gritó sacando su arma, —este es mi robo. Lárgate.
—¿Tú robo? Yo llegué primero.
—Yo llegué primero y me formé. ¿Verdad? —Le dijo al pelón que estaba delante de él en la fila. El pelón afirmó sin saber si era cierto lo que le preguntaban. —¿Ves? Es mi robo y te largas. Ahora señorita, lea esto. —Pistola en mano le acercó su papela la cajera. Ella lo leyó. —Haga lo que le digo.
—Ni madres, es mi robo. —Rodrigo se acercó a la caja siguiente. —A ver, cabrón dame todo el dinero. —El cajero miró sin inmutarse al ladrón. —Que me des el dinero.
—El cristal es a prueba de balas. Si me disparas no me va a pasar nada. —Dijo el cajero. Rodrigo pegó con la punta de la pistola en el vidrio y constató lo que este decía. —Vale madres.
—Eres un pendejo, seguro tenías todo planeado. —Dijo Armando, socarrón.
—No me digas pendejo.
—Pendejo.
—No me digas pendejo que te voy a meter un tiro.
—Bueno, bueno dejemos de perder el tiempo. Tenemos que hacer juntos el asalto. Nos dividimos el dinero y cada quién se va por su lado. ¿Te parece?
—Me parece.
—Bueno, entonces, agarra un rehén.
—Porque voy a agarrar un rehén, agárralo tú. No eres mi jefe. Somos compañeros.
—Pero alguien tiene que dar las órdenes.
—Yo las voy a dar.
—No, no, ya te has equivocado mucho.
—Echemos un volado.
—No podemos echar un volado. Ya sé, piensa un número.
—Está bien. 6
—10. Te gané. Yo doy las órdenes. Agarra un rehén.
Rodrigo tomó a una anciana que estaba a punto del desmayo.
—A ver cabrón, —le dijo al cajero burlón. —Me das el dinero o comienzo a matar gente.
Dos cajeros echaron el dinero a través del pequeño espacio que permitía la caja. Lo absurdo, es que ninguno de los dos santacloses traía una bolsa para echar los fajos, así que utilizaron sus gorros rojos para guardarlos. Cuando se dieron cuenta que no podían cargar más sin perder la pistola y que se habían tardado demasiado, salieron corriendo de la sucursal.

No llegaron lejos. La policía había cerrado las salidas hacía tiempo. Apenas cruzaron la salida los detuvieron. Oficialmente el robo fue de 5 millones. El banco, en realidad, perdió solo cuatro. millones.  Un millón desapareció en el traslado policiaco y el banco se lo cobró al seguro. El Banco creyó que los policías se habían quedado con dos y la policía que el banco.
El millón faltante, por el que nadie preguntó, estuvo guardado en un ligero fajo de billetes de mil, que estuvo en los calzones elásticos del cajero desde que el robo inició. 
Cuento de Iván Farías. La foto es en Nueva York, en 1968. "Santa leaving bar." de Bruce Gilden

sábado, 19 de diciembre de 2015

Los tantísimos libros

Cuando uno es escritor lo que más te regalan son libros. Uno puede llegar con la maleta vacía a un encuentro y regresar con bolsas repletas de ediciones locales de poetas, cronistas, novelistas y fotógrafos. Una vez, en un festival en Campeche, una señora llevaba pilas de sus obras acomodadas en cinco tantos por cada título. El encuentro se decía nacional, pero la mayoría eran de estados del sur. Las charlas se hacían en un auditorio con una única entrada. La señora acomodó en una mesa sus libros y a todo aquel se escapaba de la conferencia le endilgaba un tomo de su obra, previamente firmado. Si le decías, “ya me dio”, te preguntaba por cuál y te daba otro.
            Cuando trabajaba en el instituto de la cultura de mi estado, descubrimos una bodega llena de libros viejos, editados en los ochenta. El director dio la orden de hacer paquetes y regalarlos al por mayor. Así, todo aquel visitante que llegaba se iba con un tomo de la enciclopedia del Estado, un volumen mohoso de "Jean Charlotte en Tlaxcala" y algún poemario de un escritor que nunca más volvió a las andadas.
            Las bolsas de regalo que te hacen los municipios, estados o institutos de cultura son las más grandes contribuidoras al peso muerto en tu maleta. Alguna vez recibí un enorme libro de pasta dura y papel de alto gramaje de “Los sentimientos de la nación”. El libro tenía un prólogo de 15 páginas del gobernador constitucional del estado, un estudio introductorio de un magistrado local, otro tanto de un historiador y texto de un cronista local y al final, en una fotografía borrosa, el documento de marras. Como me daba pena dejarlo sobre la cama y que el botones corriera hasta mi taxi para decirme que lo había olvidado, lo escondí bajo el colchón. Espero que no le haya jodido la espalda a nadie.          
  Antes me daba pena rechazar libros cuando, en la borrachera, todos nos volvemos hermanos de letras. Regresaba a casa con decenas de volúmenes firmados y los guardaba en una caja. Un día, cuando decidí donarlos a la biblioteca pública, me di cuenta que no podía seguir acumulando. Así que ideé varias formas para rechazar los libros antes de llegar a casa. Si me daban el ejemplar en un bar, lo acomodaba en el respaldo de mi asiento y dejaba que se quedara ahí. “Lo olvidé, lo siento”. Decía cuando íbamos ya en taxi de regreso.
           Otra buena técnica era guardarlos en la cómoda del hotel, junto a la biblia. Tal vez la que arreglara el cuarto, o el siguiente huésped, pudiera interesarse en ellos y con eso evitar una tarde de aburrimiento. O, por el contrario, lograr conciliar el sueño a algún pobre que leyera la crónica de porqué su estado o colonia es crucial en la historia del país.
            “La novia de Bolaño” me ha regalado tres veces su novela y tres veces ha ido a dar a las manos de un mesero o algún transeúnte en el parque.
            Ahora, como reseño libros, las editoriales me mandan paquetes de sus novedades. La cosa es que las jefas de prensa creen que un título es igual a cualquier otro. Alguna vez me mandaron uno de Martha Carrillo y Andrea Legarreta, el cual les devolví amablemente.

            Me voy a cambiar y debo decidir qué libro donar y cuáles quedarme. Tengo un amigo que solo deja los verdaderamente indispensables, pero a mí me cuesta trabajo. No tengo su decisión de mandar al carajo lo superfluo. Soy un cumulador nato. Pero solo de pensar en el peso de la cajas sé que acabaré haciendo una gran purga.
Actualización. La cual hice. Cuatro cajas de libros que no necesito.

martes, 8 de diciembre de 2015

VHS- Toma chocolate

La primera mujer que recuerdo despertó algo que no era simple disfrute de su belleza, fue la cubana María Antonieta Pons. Tendría yo escasos 11 años y ella apareció en la sala de mi casa a través de la televisión. La película era El teatro del crimen, una suerte de película policiaca donde un hombre es asesinado y un investigador, durante el inauguración del reciento investiga al culpable, descubriendo al final del show que el asesino era el payaso Pancholín (Manuel Medel), quien enamorado de la vedette Rosa Montejo (la Pons), había matado a su rival.
            La película era una sucesión de sketches musicales que iban hilando la historia. En el acto que recuerdo, Pons salía con un enorme saco de pieles al escenario, que simulaba ser una sala de juicios al estilo inglés, con un malgeniudo juez y un jurado vestido con pelucas blancas y togas del mismo color. La cubana le explicaba al magistrado que su delito se debía por bailar el cha cha cha. Al parecer era un asesinato incidental. En un momento dado un par de policías, nuevamente al estilo inglés, la despojaban del saco dejándola en un breve traje plateado que permitía  al espectador observar la buena figura de aquella mujer de cabello  corto y piel blanca como la leche.
            La bailarina, libre de esa pesada prenda, daba rienda suelta al baile, haciendo que el jurado se levantara a acompañarla. Mientras tanto, el juez la reprendía por no haber ayudado al muerto. En un momento dado todo se resuelve con una ligera multa y un “toma chocolate, paga lo que debes”.
            Recuerdo que en más de una ocasión corrí al baño para vaciarla la tensión que levantaba en mí esa escena. Que, en la soledad de mi cuarto por la noche, recordaba esos muslos duros y musculosos de la Pons, su cara de inocencia al explicarle al juez su culpa y  como aquella decena de hombres del jurado bailaban alrededor de ella siempre con mirada lasciva. Años después entendía que la escena era una suerte de gang bang y que la cara de niña inocente, pero sexual de la Pons hacía que todo aquella no fuera tan inocuo como se creía. Yo, como Pancholín, también hubiera matado por esa mujer.

            Hace unos años mi hermano, un par de primos y yo veíamos la película mientras echábamos una cerveza. A manera de confesión les dije que a la Pons le había dedicado parte de mis ensoñaciones de adolescencia. La respuesta fue unánime. Todos lo habían hecho.
Columna aparecida en Playboy México de Septiembre.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Ricardo Piglia "Sobre el género policial"


Los relatos de la serie negra deben ser pensados en el interior de cierta tradición típica de la literatura norteamericana antes que en relación con las reglas clásicas del relato policial. En la historia del surgimiento y la definición del género, el cuento de Hemingway Los asesinos tiene la misma importancia que Los crímenes de la Rue Morgue, el cuento de Poe que funda las reglas del relato de enigma. En esos dos matones profesionales que llegan a Chicago para asesinar a un ex boxeador al que no conocen, en ese crimen “por encargo” que no se explica ni se intenta descifrar están ya las formas de la policial dura, en el mismo sentido en que las deducciones del caballero Dupin de Poe preanuncian la historia de la novela de enigma.
Durante años los mejores escritores del género (Hammett, Chandler, Cain, Goodis, McBain) fueron leídos entre nosotros con las pautas y los criterios de valor impuestos por la novela de enigma. Visto desde esa óptica, Al morir quedamos solos o La maldición de los Dain eran malas novelas policiales: confusas, informes, caóticas, parecían la versión degradada de un género refinado y armónico.
La novela policial inglesa había sido difundida con gran eficacia con Borges, que por un lado buscaba crear una recepción adecuada para sus propios textos y trataba de hacer conocer un tipo de relato y de manejo de la intriga que estaba en el centro de su propia poética y que por otro lado hizo un uso excelente del género: La muerte y la brújula es el Ulysses del relato policial. La forma llega a su culminación y se desintegra.
Las reglas del policial clásico se afirman sobre todo en el fetiche de la inteligencia pura. Se valora antes que nada la omnipotencia del pensamiento y la lógica imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa. A partir de esa forma, construida sobre la figura del investigador como el razonador puro, como el gran racionalista que defiende la ley y descifra los enigmas (porque descifra los enigmas es el defensor de la ley), está claro que las novelas de la serie negra eran ilegibles: quiero decir eran relatos salvajes, primitivos, sin lógica, irracionales. Porque mientras en la policial inglesa todo se resuelve a partir de una secuencia lógica de presupuestos, hipótesis, deducciones, con el detective quieto y analítico (por supuesto el caso límite y paródico resuelve los enigmas sin moverse de su celda en la penitenciaría), que en la novela negra no parece haber otro criterio de vedad que la experiencia: el investigador se lanza, ciegamente, al encuentro de los hechos, se deja llevar por los acontecimientos y su investigación produce fatalmente nuevos crímenes; una cadena de acontecimientos cuyo efecto es el descubrimiento, el desciframiento.

Son dos lógicas, puestas una a cada lado de los hechos. En el medio, entre la novela de enigma y la novela dura, está el relato periodístico, la página de crímenes, los hechos reales. Auden decía que el género policial había venido a compensar las deficiencias del género narrativo no ficcional (la noticia policial) que fundaba el conocimiento de la realidad en la pura narración de los hechos. Me parece una idea muy buena. Porque en un sentido Poe está en los dos lados: se separa de los hechos reales con el álgebra pura de la forma analítica y abre paso a la narración como reconstrucción y deducción, que construye la trama sobre las huellas vacías de lo real. La pura ficción digamos, que trabaja la realidad como huella, como rastro, la sinécdoque criminal. Pero también abre paso a la línea de la non-fiction, a la novela tipo A sangre fría de Capote. En El caso de Mari Roger que es casi simultáneo a Los crímenes de la rue Morgue, el uso y la lectura de las noticias periodísticas es la base de la trama; los diarios son un mapa de la realidad que es preciso descifrar. Poe está en el medio, entre la pura deducción y el reino puro de los facts, de la non-fiction. 
El policial norteamericano se mueve entre el relato periodístico y la novela de enigma. La figura que define la forma del investigador privado viene directamente de lo real; es una figura histórica que duplica y niega al detective como científico de la vida cotidiana. Maurice Dobb cita varios documentos sobre al situación social en EE.UU. en los años 20 que permiten ver surgir al investigador privado en las grandes ciudades industriales como una policía privada contratada por los empresarios para espiar y vigilar a los huelguistas y a los agitadores sociales.
(El confidente de la ley: en un sentido desde Dupin, el detective es un confidente, el hombre de confianza de la policía.)
Pero al mismo tiempo hay un modo de narrar en la serie negra que está ligado a un manejo de la realidad que yo llamaría materialista. Basta pensar en el lugar que tiene el dinero en estos relatos. Quiero decir, basta pensar en la compleja relación que establecen entre el dinero y la ley: en primer lugar, el que representa la ley sólo está motivado por el interés, el detective es un profesional, alguien que hace su trabajo y recibe un sueldo (mientras que en la novela de intriga el detective es generalmente un aficionado que se ofrece “desinteresadamente” a descifrar el enigma); en segundo lugar, el crimen, el delito, está siempre sostenido por el dinero: asesinato, robos, estafas, extorsiones, secuestros, la cadena es siempre económica (a diferencia, otra vez, de la novela de enigma, donde en general las relaciones materiales aparecen sublimadas: los crímenes son “gratuitos”, justamente porque la gratuidad del móvil fortalece la complejidad del enigma.


En última instancia (pienso en Cosecha roja de Hammett, en El pequeño César de Burnett, en ¿Acaso no matan a los caballos? De McCoy) el único enigma que proponen —y nunca resuelven— las novelas de la serie negra es el de las relaciones capitalistas: el dinero que legisla la moral y sostiene la ley es la única “razón” de estos relatos donde todo se paga. En este sentido, yo diría que son novelas capitalistas en el sentido más literal de la palabra: deben ser leídas, pienso, ante todo como síntomas. Relatos llenos de contradicciones, ambiguos, que a menudo fluctúan entre el cinismo (ejemplo: James Hadley Chase) y el moralismo (en Chandler todo está corrompido menos Marlowe, profesional honesto que hace bien su trabajo y no se contamina; en verdad, parece una realización urbana del cowboy). Creo que justamente porque estos relatos son ambiguos se producen entre nosotros lecturas ambiguas, o, mejor, contradicciones; están quienes a partir de una lectura moralista condenan el cinismo de estos relatos; y están también quienes les dan a estos escritores un grado de conciencia que jamás tuvieron, y hacen de ellos una especie de versión entretenida de Bertolt Brecht . Sin tener nada de Brecht —salvo, quizás, Hammett— estos autores deben, creo, ser sometidos, sí, a una lectura brechtiana. En ese sentido hay una frase que puede ser un punto de partida para esa lectura: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”, decía Brecht, y en esa pregunta está —si no me engaño— la mejor definición de la serie negra que conozco.

De "Asesinos de papel: ensayos sobre narrativa policial" autores:  Jorge Lafforge y Jorge B. Rivera

viernes, 30 de octubre de 2015

Mi amigo Hank



En homenaje a Crevenna
La mujer salió al escenario precedida de una andanada de aplausos. Llevaba unas zapatillas doradas y un tocado de plumas enorme. Parecía imposible que pudiera llevar el ritmo de los tambores de aquellos cubanos, compatriotas suyos, que marcaban un ritmo feroz, casi de trance.
            En medio del acto Alfredo hizo su aparición. Sombrero Stetson verde hoja, saco del mismo color y pantalones negros. Parecía un perico con las patas oscuras. Llevaba pegado al labio un pedazo de cigarro que sacaba humo, pero no fumaba. Tenía ojeras en los ojos y la mirada perdida. Nunca había entrado a ese cabaret y no parecía que fuera muy seguro. Buscó con la mirada una mesa, pero todas estaban ocupadas. El maitre se le acercó para decirle al oído que podía sentarse en la barra.
            La mayoría de los que estaban ahí eran cinturitas de medio pelo, rateros ocasionales, borrachos de barriada que babeaban viendo a la cubana moviendo el culo rítmicamente. Había algunas ficheras entre las mesas, con sus vestidos sencillos y sus zapatos sucios del lodo de afuera. Una de ellas lo vio de reojo y pareció reconocerlo de algún lado.
            Alfredo caminó a la barra y pidió un ron con cola. El cantinero se lo sirvió en un vaso alto, de higthball. Le dio un trago y comprobó que no era tan corriente como pensaba. La mujer se acercó a él candorosamente, con una peineta en la cabeza un lápiz de labios tan rojo que la boca le sangraba.
            —Yo a usted lo conozco.
            —No, no creo. No soy de por acá.
            —Eso ya lo sé. Usted es toda una personalidad. He visto todas sus películas.
            —Me confunde.
            La mujer sonrió coquetamente y tocándole la mejilla se le acercó al oído.
            —Usted es Alfredo B. Amsel, el director de cine.
            El hombre tomó de su ron, luego volteó ver a la mujer y la observó con curiosidad.
            —Y si le digo que sí, alguien más sabrá que estoy acá.
            —No, cómo cree. Me imagino qué pasaría si se enteraran. Habría tumultos.
            —No creo que tan así, pero si me gustaría estar, digamos, de incognito. ¿Cómo me reconoció?
            —Si quiere les pido una mesa y seguimos platicando.
            —No, solo venía por un rato.
            La mujer le llamó a un mesero, este se acercó y le dijo algo que no pudo oír Alfredo, pero que suponía. En dos segundos estaban en una pequeña mesa en la parte más oscura del cabaret.
            —Me llamo Clara, aunque aquí me conocen como Bertha. –Le estiró la mano, él la estrechó con la suya, huesuda, oliendo a nicotina, amarilla de los dedos— Lo reconocí porque compro el Cine Mundial. Ha salido su foto ahí, pero no pensé que fuera tan guapo y distinguido. Es cierto, ¿es usted alemán?
            —Lo era, ahora soy mexicano. Como usted, o el “Indio”.
            —Ay no, como el “Indio” no, tan solemne, tan malo. De usted me gustan sus películas porque siempre habla de cosas interesantes. Tal vez si le contara mi vida haría una interesante. Yo he visto seres de otros mundos.
            —¿En verdad? –dijo Alfredo sorprendido.
            —Claro, los he visto por Chalco, ahí, en la laguna salada. Naves espaciales dando vueltas. Íbamos a Puebla, junto con unas amigas, unos clientes y nos bajamos a verlos. Daban vueltas en el cielo. Se lo juro. ¿Cree que vinieran de ese planeta de mujeres?
            —Lo que sucede en mis películas es fantasía, no es real del todo.
            —Pero puede pasar ¿o no cree en esas cosas? Claro, que sí, lo hace para que no siga preguntando. Que le parece si vamos a su casa y ahí me platica lo que quiera. No le cobraría nada. Hoy soy gratis para el gran Alfredo B. Amsel.
            —No, no vine por una mujer, cuando menos no para mí.
            —¿Y por qué no? Preguntó ella intentando meter la mano entre la camisa del hombre. Alfredo se la quito de inmediato en un movimiento brusco.
            —Vine aquí para llevarle compañía a mi amigo Hank.
            —Otro alemán, ¿pues cuantos llegaron?
            —Usted quisiera ser la mujer para Hank.
            —Depende, ¿después podría acostarme con usted? Sabe, me he acostado con escritores, pintores, músicos, hasta actores, pero nunca un director de cine.
            —Está bien, pero háblame de tú. –De repente el hombre soltó un grito de dolor y se agarró el estómago. La mujer intento auxiliarlo, pero él la separó ayudado por su mano libre. –Mejor vamos a ver a Hank.
            Ambos salieron del cabaret dejando atrás el ruido y a los cubanos tamborileros. La calle estaba sin pavimentar. Pronto llegaron al Ford de Alfredo, una mole de acero que soltaba un ¡clap! muy fuerte al cerrarse las puertas. La mujer tocó el vehículo como si se tratase de un templo.
            —El Profesor Durán, de “La maldición de Drácula”, tenía un auto igualito, ¿verdad?
            —No es igualito, es el mismo, lo presté. —La mujer se llenó de alegría. Le dio un beso en la boca a Alfredo y luego siguió tocando el auto.
            —Aquí es donde el Profesor acomoda a la chica luego de que la salva del vampiro, ¿verdad? —dijo señalando el asiento trasero.
            —Sí, en mi departamento tengo más cosas. El brazalete de la momia azteca, el kalpe de Zacek, allá te regalaré un cartel de “Gigantes planetarios”.
            —No, no puede ser. Su cara se quedó sin gestos. Estaba anonadada.

El lugar era pequeño. Alfredo le pidió que pasara, se quitó el sombrero, el saco y lo puso sobre un perchero. Todo estaba lleno de parafernalia de sus películas: carteles, máscaras, guantes peludos, artefactos futuristas. La mujer estaba enfebrecida viendo todo.
            —Uy, este es Gigantes planetarios, es uno de los cascos sin vidrio. Este es el bastón con el que matan al vampiro en …
            El estómago de Alfredo sonó muy fuerte y el dolor lo hizo caer de rodillas. La mujer corrió a verlo. Alfredo estaba sudoroso y parecía a punto del desmayo.
            —¿Que le pasa?
            —Vamos a ver a Hank.
            —¿A Hank?
            —Sí, a mi amigo. Me ha acompañado desde que llegué de Alemania. Hemos pasado por cosas terribles y siempre hemos estado juntos.
            —Está bien. –Alfredo se levantó con lentitud sin dejar de agarrarse el estómago, dirigió a la mujer a una puerta y le dijo que pasara. El minimalismo de la habitación contrastaba con lo barroco de afuera. Las paredes parecían salpicadas de algo café, vacías de cualquier adorno, un catre desvencijado y con un colchón maloliente era lo único que había.
            —Aquí no hay nadie, soltó ella temblorosa. Alfredo cerró la puerta, interponiéndose entre la salida y la mujer.
            —Sí, aquí está Hank. Alfredo se desabotonó la camisa. Su pecho y estómago eran una masa de carne que parecía cobrar vida de su letargo, se arremolinaba y soltaba chillidos.
            La mujer la vio y dentro de ella reconoció un par de ojos carmesís inyectados de furia. Es… dijo, es… tartamudeo… es Hank, el monstruo que aparece en… Pero no pudo acabar la frase, porque tres tentáculos se le incrustaron en la garganta, el pecho y el vientre. Pronto su sangre comenzó a salpicar las paredes.

            Alfredo cayó al suelo desmayado y Hank comenzó su festín.
(Cento publicado en la antología "Asesinos" editada por La Sangre de las musas. Imagen de Gary Pulin)



martes, 13 de octubre de 2015

VHS ¡Larga vida a John Carpenter!




En los sesenta, Carpenter utilizaba bigote espeso y una larga cabellera, vestía pantalones acampanados y chamarras de cuero a la rodilla. Se veía alegre y feliz con su primera esposa, Debra Hill, coproductora de algunos de sus éxitos. Luego se casó con una de sus actrices, Adrienne Barbeau, quien fuera la protagonista de The Fog y la voz de Gatúbela en Batman: The Animated Series y The New Batman Adventures.
            Carpenter siempre  ha sido un héroe solitario, un hombre de convicciones fuertes, un director de cine en toda la extensión de la palabra y un gran creador. Uno que con pocos recursos ha realizado grandes películas. Carpenter es un genio, un hombre que ha impreso su muy particular forma de ver el mundo en todo lo que hace pese a hacer muchas veces trabajos por encargo. Es el más grande ejemplo de cómo uno pude hacer productos comerciales exitosos con una gran carga de cine de autor.
Halloween de 1978 es en realidad el encargo del productor de Irwin Yablan que le pidió hacer una película de un asesino de niñeras y que estuviera ambientada en Halloween. Carpenter, para abaratar costos, la produjo, escribió, dirigió y musicalizó. El resto del crew eran amigos suyos. La cinta fue durante décadas la película de bajo presupuesto con más ganancias en del mundo.
            Estudió en la UCLA y sus maestros eran, entre otros, Orson Wells y Howard Hawks. Y tal vez sea de Hawks de quién más aprendió. Sus películas, aunque de terror o futuristas siempre son westerns, con héroes de westerns y donde el hombre solitario acaba por vencer al mal.
            En octubre y noviembre yo siempre le brindo un humilde homenaje solitario a su persona. Hago un recorrido por su filmografía selecta. Compro cervezas, preparo tacos y me siento a ver sus películas. Pongo Halloween y sigo paso por paso el regreso de Michael Mayer; disfruto el escape de Snake Plissken de Nueva york; gozo con La cosa de otro mundo mientras Kurt Russell sufre; veo la imitación de John Wayne del mismo Russell en Masacre en el barrio Chino y enloquezco con el cabrón de Sam Neill en esa joya poco valorada llamada En la boca de la locura.
¡Larga vida a John Carpenter!
Columna aparecida en Playboy MéxicoOctbre 2015